La Corrupcion del Poder

Quienes no creen en la versión del suicidio del Subsecretario de Comercio no conocieron, no imaginaron siquiera la verdadera naturaleza del sexenio del doctor Zedillo.
Sin este contexto, sin el marco de referencia de la personalidad del todavía Presidente de la República, resulta fuera de toda proporción la conducta seguida por el señor Raúl Ramos Tercero. Incluso llevaría a la duda permanente, a la disposición para aceptar cualquier otra versión.
¿A quién se le ocurre matarse por no querer enfrentar un supuesto, porque eso era, linchamiento público? A cualquiera que haya trabajado tantos años con Ernesto Zedillo, que venga de su mano, que pertenezca al sector público con idéntica deformación, que esté enfermo de perfeccionismo a su imagen y semejanza.
A lo que debe agregarse la soberbia.
Porque a final de cuentas eso fue. El suicidio a navajazos, utilizando un instrumento de papelería, de escritorio, del funcionario refleja en primer lugar la inmensa soberbia, ese sentimiento de estar por encima de todo lo humano (que en este caso era esposa e hijos) que tanto hemos padecido millones de mexicanos.
Lo que no pudo remontar, aceptar en su yo interno el señor Ramos fue haberse equivocado. De manera tan grande que no había disculpa alguna, que no tenía cómo justificarlo ante él mismo, que era preferible castigarse con tanta saña, sangre, dolor y muerte. En un ejercicio que, al mismo tiempo, lo volvía a colocar por encima del resto de funcionarios públicos, de seres de carne y hueso que son vilipendiados en los medios de comunicación como parte de su trabajo.
No se trataba de una campaña periodística en su contra, lo que no toleró, si se lee con cuidado su carta al diario Reforma, fue la inmensa magnificación de un programa, un proyecto que no funcionaba.
Como si al doctor Zedillo le hubiesen quitado de la mano el Fobaproa, o la política económica, los índices macroeconómicos en que ha sostenido su fuerza existencial como gobernante.
Ese fue el espejo que no habría de enfrentar.
El perfil corresponde de sobra, desde lo introvertido hasta la dedicación extrema al trabajo, la timidez, la aversión a los medios de comunicación, el desprecio por los asuntos políticos, don Raúl Ramos Tercero pudo ganarse el diploma al mejor funcionario de la administración del Presidente Zedillo.
Hasta que se les ocurrió, a unos cuantos que no entienden de qué lado está el verdadero bienestar, publicitar que uno de los señores directivos de la empresa del Renave había sido torturador en Argentina. Asunto que en ningún instante le quita el sueño o incomoda siquiera al hoy occiso.
Al hacerlo, al magnificar un tema que escapaba al área de control, a los tecnicismos y responsabilidades de escritorio del señor Subsecretario, simplemente destruían su proyecto. El que en todo momento, incluso en sus cartas de suicidio, sigue defendiendo.
Ni siquiera se trata de corrupción, que vendría a ser una disculpa, una razón vital para la decisión que tomó el señor Ramos Tercero, de acciones de la mafia internacional que puede o no estar mezclada con la empresa Renave pero no es lo trascendente aquí, o de una amenaza cierta sobre la vida de su familia. Todo lo contrario, es su incapacidad de hacer frente a lo que sigue cuando uno se equivoca, cuando pierde, cuando no hay espacio o tiempo para componer lo hecho, lo que vale más que su vida.
Alguien muy cercano, hombre, me preguntaba en estos días sobre la esposa. Eso es algo que habría que agregar al análisis, porque si la imagen que refleja en el diario La Crónica del sábado 9 de septiembre corresponde a la realidad, también aquí hay otro elemento a tomarse en cuenta para la perversión de la realidad.
Lo menos que un hombre podría pedir a su viuda es que estuviese afectada, al menos entristecida, sorprendida, agobiada, muy lejos del protocolo.
Por el contrario, la fotografía publicada por ese medio muestra a una mujer madura, guapa, bien peinada, impecablemente vestida de blanco y negro que lleva unas gafas oscuras y la boca pintada. Nada que ver con el natural desencajamiento consecuente con descubrir a tu esposo muerto por su mano con un “cutter”.
Corresponde sí, a la patología que se advierte en la carta de adiós del suicida donde él mismo acepta “qué tontería.”. Y es que al final de cuentas, parte del esquema, del estilo, de la manera en que suelen responder los colaboradores del doctor Zedillo todo lo que no corresponda a sus ideas previas, a sus esquemas, a sus proyecciones macros, es justamente eso: una reverenda tontería. Aunque sea el suicidio.
El mensaje es muy claro, todo antes que admitir que es posible no tener la razón.

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