¿Quiénes se Quedaban Con la Lana, Ademas de Lozano Gracia?

* Las Recompensas Repartidas
Administraciones anteriores, tal vez desesperadas ante la falta de eficiencia de sus policías, instauraron un sistema de recompensas económicas para obtener información que permitiese capturar a los grandes delincuentes.
A la manera del antiguo oeste se pusieron carteles con fotografías y precios por sus cabezas, comenzando con los hermanos Arellano Félix. Se abrieron líneas telefónicas para recibir llamadas “confidenciales” y se prometió todo tipo de seguridades a quienes delatasen a los jefes criminales. De hecho, en la práctica, el principio que se fomentó fue el mismo que llevó a la condonación de penas a quienes implicasen penalmente a sus cómplices. Para que todos supiésemos que el crimen sí paga.
Del doctor Jorge Carpizo a la fecha las cosas han cambiado mucho. Tanto así que la legislación respectiva escapa al conocimiento de sus propios protagonistas, en especial porque el manejo de bienes asegurados ha sido entregado a la Secretaría de Hacienda.
Por lo tanto la primera pregunta, aparentemente sin respuesta, es si siguen vigentes las recompensas ofrecidas legalmente por otros gobiernos.
Si así fuese habría un conflicto interesante con la captura de Alcides Magaña, ya que su cabeza tenía un precio, oficial, de cuatro millones de pesos. En el submundo policiaco se habla de una relación amorosa, con una mujer tabasqueña (que como todos sabemos son especialmente peligrosas y desbordadas como el río Grijalva) cuyo amante despechado habría ayudado a descubrir la nueva identidad del presunto narcotraficante. ¿Será él quien reciba el dinero?
¿Qué sentirán los policías, los soldados, los funcionarios públicos federales que cumplen con su deber, que se la rifan todos los días al enterarse que ellos no son merecedores de ningún estímulo monetario? Es más, que ni les autorizaron los viáticos.
Por lo pronto se vale recordar el enojo de Wilfrido Robledo cuando se decidió entregarle la recompensa por la captura del secuestrador conocido como el “mochaorejas” al doctor Samuel González, entonces responsable de la unidad de combate al crimen organizado de la PGR.
Pero sobre todo, entonces y antes, receptor especialísimo del afecto del procurador Jorge Madrazo Cuellar.
Los quinientos mil dólares, se los merecía su gente. Por una razón muy simple: ellos hicieron la investigación, ellos lo capturaron y por no estar capacitados legalmente para dicho operativo tuvieron que poner al delincuente en las manos del señor González.
¿Es o no inmoral que esto pueda suceder? Nadie sabe para quién trabaja.
Digamos, por lo menos, que no contribuye a la renovación del espíritu de grupo de los policías.
Peor todavía lo que sucedió, dicen quienes lo vivieron, con la captura de Juan García Abrego, al que un “comando” de cinco personas encabezadas por el comandante Horacio Braun, detuvo sin esfuerzo alguno en una casa abandonada en Monterrey.
Por su cabeza se ofrecían tres millones de pesos y un millón de dólares.
Supuestamente, porque también pueden ser habladas de quienes no creen en las bondades del PAN, de aquellos que dicen que la administración panista en la PGR fue más desastrosa que aseada, el millón de los verdes, de los billetes gringos, fue para el mero mero, sin discusión de por medio. Los millones de pesos mexicanos fueron repartidos a partes iguales, uno para el mismo, o sea para Lozano Gracia, otro para la mujer que le puso el dedo a García Abrego y el que quedó todavía nadie sabe, nadie supo.
Pero no llegó a manos de quienes, encabezados por Jorge Castañeda Espinosa de los Monteros, vivieron la aventura de recibirlo en el aeropuerto de manos del comandante Braun, pasar la noche sin instrucciones de interrogarlo en los separos de la PGR y luego subirlo violentamente al avión que los llevaría a Estados Unidos, escoltados por la DEA y con el riesgo de ser derribados.
Alguien se quedó con la lana. eso sí es incuestionable.
De dónde se vale preguntar qué va a pasar con las recompensas establecidas en la ley. No sólo por “el Metro”, sino porque las cabezas de los Arellano Félix tienen una tarifa más que alta y, con los éxitos en cadenita que lleva el general Macedo de la Concha, cualquiera de estas noches caen. Quien sabe si también por un lío de faldas, o simplemente porque se han comenzado a desbaratar los nudos ciegos y mudos de la corrupción institucional. Al menos en el ámbito directo, inmediato, del actual procurador general de la República.
Porque algo se tiene que hacer con la lana ya presupuestada, ni modo que la devuelvan a la partida secreta, o que les toque de a diez pesos a cada trabajador de la PGR.
¿Deben existir estas gratificaciones?
Lo que es obvio es que quienes sí hacen bien las cosas, sí cumplen con su deber, sí son honestos, sí logran abatir los grandes índices de violencia y complicidades oficiales merecen vivir mejor, merecen ganar un salario digno. Pero, sobre todo, merecen contar con seguridades para su familia, para su futuro que equivalgan a los grandes riesgos que corren en su trabajo.
No se puede exigir, sería una locura pensarlo así, que los policías, y aquí hay que incluir a los militares en funciones como tales, deban morirse en la raya o de hambre luego.
Se vale, creo, repartirles un chorro de lana cuando agarren a los peces grandes, para hablar como suele hacerlo el preciso. perdón, el primer mandatario.
Lo que no es admisible es que los grandes se queden con el dinero como si fuese un botín de guerra particular, o que lo repartan a sus entenados sin supervisión alguna.
Por cierto, la memoria me falla, que Lozano Gracia no vivía en una mansión asegurada a unos presuntos malosos, y qué sería de aquellos aviones, de aquellos millones de dólares. porque si el señor Francisco Miranda Noricumbo sólo fue sentenciado por llevarse, por un descuido accidental, el localizador. Alguien, alguno debe haberse guardado el resto, y no tiene que suicidarse, no hace falta tal exceso, con que devuelva “la copa” diría alguno.

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