La Soledad del General

Tal vez era por los lentes. Un cierto brillo que se atravesaba en los cristales frente a las cámaras, despojándolo en alguna dimensión, así fuese mínima, de su rigidez reglamentaria. Unico espacio permitido para lo humano, puede que simplemente fuera de control. Lo cierto es que Rafael Macedo se veía en un plano distinto, humano frente lo que torpemente han dado en llamar “sociedad civil”, informando sobre una tarea que rebasa cualquier entrega.
Porque responder al reclamo más cierto, más arraigado y pleno de indignación de la sociedad que es la justicia, no está ni puede estar en sus manos. No, al menos, únicamente en sus manos. No con los elementos, la organización, el presupuesto, las verdades con las que se cuenta en esa institución.
Y aquí la realidad, que puede calificarse con cualquier cantidad de arbitrariedades, no puede evadirse. ¿Cómo puede instaurarse por decreto, por voluntad de su responsable, un estado de derecho si la institución que debe combatir al crimen se convirtió en estos años en el mayor cómplice de los delincuentes?
En todos sus niveles, en todos sus mandos, en cada uno de sus recovecos la Procuraduría General de la República cobijó corrupción. Al tiempo que, a estas alturas de la historia hay que asumir que intencionalmente, se desmembraban sus capacidades internas.
¿De qué podría, entonces, informar el general Macedo? Me parece, básicamente, que de su decisión.
¿Es eso lo que quiere escuchar una sociedad agraviada?
El señor Procurador se refirió al principio del cambio, a los avances en un programa de reestructuración interna. Con un objetivo, que no es la primera vez que menciona: “Transitar de la impunidad a la aplicación de la ley”.
A partir de esto enumeró las cifras, los logros, los cambios, los golpes al narcotráfico, la cooperación internacional, los decomisos, las capturas importantes, todo lo que ha sido materia de primera página durante estos primeros meses del gobierno Foxista.
¿Con qué habría que quedarse del largo relato que parece, con todo y el consecuente escalofrío, capítulo de una pesadilla reiterada? No, obviamente no, con lo que se ha logrado. ¿Cuántas veces se nos tapizó el entendimiento con cifras semejantes en años anteriores? ¿Cuántas veces los antecesores de Macedo de la Concha nos escupieron en el rostro sus éxitos?
Más allá de la percepción, que podría estar justificadamente prejuiciada, respecto a logros que no se traducen en acciones frontales que cambien la inseguridad extrema en que vivimos millones de mexicanos, están los hechos. Esos mismos que han obligado al actual Procurador a aceptar públicamente que la corrupción permeaba de las paredes de esa institución.
De donde ya pueden haberse decomisado en estos meses millones de dólares en enervantes, cualquier cifra es irrelevante, no me dirá nada como a otros tantos millones de seres que quieren, sólo eso, el cambio.
Por lo tanto habría que quitarle el sonido al informe del general Macedo de la Concha.
Ese sí que sería buen ejercicio político, con mi disculpa para los programas de radio.
Entonces millones de seres nos podríamos quedar con la soledad del general.
Sin intención alguna de emular a Gabriel García Marquez en la metáfora, pero insisto, habría que guardar en el cajón de las esperanzas esta imagen: su sola soledad.
¿Qué había detrás de esta figura vestida de domingo, con la camisa impecable, el pelo rasurado como si hubiese que pasar nuevamente revista, el nudo de la corbata ahogando cualquier libertad? ¿Qué permanece detrás de tan extrema solemnidad, de tantos afanes para negar vulnerabilidades comunes a los hombres? Una profunda convicción.
La que lo llevó a decir que no hay tolerancia.
O sea, con todas sus palabras, que no hay espacio para la corrupción interna, que no habrá de cerrar los ojos, que no podrá fingir que no se enteró, que no tiene los recursos mentales para negarse a saber.
La convicción que se puede armar en cualquier esquema como decisión, pero nunca a la manera intelectual de sus antecesores, nunca en el mesianismo que parte de construirse un altar privado.
En su tiempo, nos enteró, la ley no habrá de negociarse. En su tiempo, que es hoy, no hay cabida para la prepotencia, en su tiempo la utilización de la ley para enfrentar a quienes contravienen la ley.
En su tiempo la soledad del general que viene de pasar lista, de cargar con todos los trastes rotos para, simplemente, entrar a una cloaca que parecía no tener fin y que hoy, primero de los días del mañana, se antoja eterna pero también de alguna manera y alguna medida sometible.

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