¿A Quién se le Ocurrio Pedir la Inclusión de Fox Entre los Más Bellos?

* Mejor Hubiesen Puesto a Javier Aguirre
Que no nos cuenten, que no nos salgan con que nadie metió las manos, que no nos vean la cara de.
Porque a final de cuentas la popularidad se construye con expertos, con publicaciones, con anuncios, con remachar ante la opinión pública el producto. Y de eso trata la, forzada y artificial, inclusión del Presidente Vicente Fox entre las 25 bellezas latinas de la revista People en su edición en español.
No hay inocencia posible en esto.
Simplemente alguien, una vez más, en su oficina de imagen se confundió de medio. Y puede que hasta de sujeto.
Justamente cuando el mandatario proclama, a los cuatro micrófonos disponibles los sábados, que no le importa la popularidad, que no pretende ser artista ni cantante, su rostro junto al de Jaime Camil y Francisco Gattorno es una ofensa al buen gusto. No se diga a la dignidad política mínima.
Por lo menos, como una cortesía elemental para millones de mexicanos, la oficina de la señora Sahagún debería habernos dado una explicación. Tendría que haberse desvinculado del tema. Bastante se lo hubiésemos agradecido, a muchos nos ofende ser gobernados por un aspirante permanente al Oscar. O por alguno que sólo tiene frivolidades propias del mundo del espectáculo. Por cierto, tampoco ha habido una negación oficial a las declaraciones en que Lucía Méndez asevera ser la consejera de Fox, otra ofensa al sentido común.
¿Aspirante a un concurso de belleza? Que no al Nobel de la Paz, que no a una chamba en el gobierno de Estados Unidos donde ya sabemos de su “sociedad” con su homónimo, que no a convertirse en estadista.
Más respeto.
Ahora que si de popularidad se trata, a partir de la baja inmensa que ha sufrido el primer mandatario, habría que llenar los espacios con verdaderos ídolos populares. Con seres reales que enseñaran a los niños, a la sociedad toda que es posible aspirar a triunfar. Que legítimamente los mexicanos podemos ser ganadores, a partir incluso de errores.
Javier Aguirre es uno de los ejemplos más incuestionables. Y de guapo a guapo, con el perdón de tantas damas del santo silicio, le gana de calle a Fox. No se diga si hablamos de cuerpos.
No sólo porque no insiste en la imagen, tan pasada de moda como las películas de charros, del caballo sino porque se atreve a admitir que se ha equivocado. Es decir, que ha ejercido el más humano de los derechos que se consagran en la Constitución.
Javier Aguirre es el entrenador del equipo de fútbol Pachuca, el responsable de haberlo llevado al final del campeonato, de devolverle el orgullo a un puñado de deportistas que hace poco tiempo estuvieron cerca de pasar a la segunda división. Simplemente se ha concretado a hacer bien su trabajo, a dar buenos resultados.
¡Que afortunados seríamos los mexicanos si otro tanto hiciera Fox¡ Quiero decir, simplemente, cumplir. Seis letras que son esenciales en el ejercicio del poder, pero que requieren de una dosis inmensa de realidad en el punto de partida. Porque quien promete todo no puede, no tiene cómo, aterrizar en hechos concretos sus discursos.
Aguirre no es hombre de contradicciones, al contrario podía ser acusado de lineal, de necedad en hablar una y otra vez de sí mismo con las mismas palabras. Quien haya leído sus declaraciones en estos días en diversos medios de comunicación puede llevarse la impresión de que hubo un boletín de por medio, tan insistente es el entrenador en sus dichos.
Y eso tiene un valor más que grande en estos tiempos de “transición”, cuando justamente lo que padecemos es el cambio del discurso a modo de la oferta, en consecuencia a la encuesta del día. Como si fuese una cocina de mercado, de esas donde cada día se ofrece lo que hay, guisado con lo que hay de temporada.
Porque no hay crisis, porque pasamos del optimismo desmesurado del crecimiento del siete por ciento anual a la amarga realidad de menos tres puntos, porque lo único barato en el país son los dólares, porque un día se cancela oficialmente el programa de apoyo a los “changarros” y al siguiente, mal informado, el primer mandatario vuelve a incluirlos en sus promesas.
Aguirre tiene muchas arrugas, en realidad el rostro del entrenador parece corresponder a un hombre mayor que sus jóvenes 43 años, igual que el cabello cano cortado en cepillo, su gesto está lleno de dureza, de esos guiños al sol que se vuelven líneas profundas. No mide sino un metro con setenta y tres centímetros (¿alguien se atrevería a llamarlo chaparrito?) y no quiere ser popular. Ni político, ni cantante, ni Presidente de la República.
Pero sí, cumpliendo con su trabajo, pretende llevar al éxito a su equipo de fútbol. Sólo eso, con disciplina, con congruencia, con entrega.
De donde habría que haberlo puesto en las páginas de la revista People pero, sobre todo, habría que tenerlo como ejemplo en muchas oficinas. Algunas situadas en Los Pinos. Daño no nos haría.

Adelante, opina: