La Tolerancia a la Violencia en su Entidad Detrás del Atentado

En privado el gobernador de Chihuahua suele referirse a Ciudad Juárez como parte de otro planeta, como una entelequia muy lejana a su entidad. Hoy, de la peor manera posible, ha tenido que aprender una lección en contrario. Porque la impunidad criminal no respeta jerarquías ni decencias, menos todavía a las autoridades.
Y eso es lo que ha sobrado en esa entidad: Impunidad.
Cuando se puede asesinar, violar, robar, traficar con drogas en la mayor de las libertades deja de existir el estado de derecho. Cuando cada día la muerte, el crimen, el delito tiene como respuesta la mayor de las apatías o una catilinaria inútil de palabras todavía más gastadas, se admite de antemano una ilegalidad que no tiene distingos.
Cada vez que aparece una muerta, que se da aviso sobre un “levantón”, que se informa de un ajusticiamiento en las principales arterias, que se anota un nombre más en la larga lista de venganzas violentas, hay una respuesta unánime del gobierno, local y federal, que pretende justificar todo: “Es el narco. tiene que ver con los narcos. son narcotraficantes”.
Como si ese calificativo fuese sinónimo de extralegalidad, de un estado fuera del que rigen las leyes mexicanas.
Patricio Martínez sufrió un atentado. Está vivo circunstancialmente, tal vez porque esa era la decisión tomada de antemano por su agresora. Lo que no resta importancia al hecho, a la violencia transgresora que ha perdido cualquier impedimento, especialmente aquel de respeto a la autoridad que durante muchos años fue un pilar importante de nuestro sistema político. Que, además, la agresora haya pertenecido a una corporación policiaca tan viciada es un motivo mayor para reflexionar sobre la infinita complicidad de las autoridades con los delincuentes.
Quien quiera ver un asunto personal, incluso un desquiciamiento mental como motivo del atentado se equivocará. Porque lo que no puede, ni debería bajo ninguna circunstancia, soslayarse es el clima de inseguridad, de impunidad total para los delincuentes que priva en esa entidad de la República.
Eso es lo que está detrás del atentado. Es lo que estuvo presente en la mente, en la conducta de la agresora y de quienes, si es que los hay, están detrás del intento de asesinato.
La paradoja triste es que el gobernador Martínez se sentía, como una gran mayoría de chihuahuenses, de mexicanos, de estos hechos violentos. Que vivía en una burbuja de falsa seguridad como si convivir con los narcotraficantes, hacer negocios con ellos, tolerar sus actividades no tuviese costo alguno. Esa es la mentalidad que rige a la sociedad, a la gente bien de Chihuahua.
Por esa manera de situarse ante el mundo, de parapetarse detrás de su aparente seguridad, es que no se ha hecho nada serio en Chihuahua para combatir el delito en todas sus manifestaciones. En esa entidad se vive con la más absoluta tolerancia a los ilícitos de toda clase, desde el robo común hasta el asesinato.
Igual están coludidos militares, funcionarios públicos, policías judiciales estatales y federales, hombres de negocios, jueces, autoridades municipales, periodistas. Y los demás son cómplices en la medida que lo permiten. Porque si, de acuerdo a sus dichos, el gobernador Martínez expuso ante el Presidente Zedillo, frente al Procurador Jorge Madrazo sus presunciones sobre la conducta ilegal de los delegados de la PGR en su entidad y estos tuvieron una actitud de incredulidad, enojo, burla nunca, bajo ninguna premisa, debió permitirlo.
Pero la venta de plazas, los antecedentes penales del entonces Subdelegado de la PGR, no son el motivo del atentado. No nos equivoquemos una vez más.
Patricio Martínez se sentía a salvo de la violencia. Tanto así que estaba rodeado de un grupo de ineficaces y asustados guardaespaldas. Si hubiese habido otro tirador, si la señorita expolicia estatal hubiese querido, lo habrían rematado sin ningún impedimento. Es inmoral, desde cualquier óptica, que una vez herido se haya abierto de manera tan inmensa el cerco de seguridad a su alrededor.
Quienes son responsables de la seguridad de cualquier funcionario público o persona deberían, como una lección, ver las escenas grabadas por la televisión en los instantes posteriores al atentado. Ahí está, de cuerpo presente, todo lo que no debe hacerse en un caso así.
Cuando en tu proximidad viven, con el lujo y la autonomía más grandes, los delincuentes más poderosos del mundo lo menos, elemental, que se puede hacer es proteger la integridad física. Sobre todo en la medida en que las acciones de gobierno estén en contra de ellos y de sus actividades fuera de la ley. A no ser, claro, que existe algún tipo de acuerdo entre ambos poderes. La sospecha no sobra, no está de más.
Chihuahua es parte de la República, ojalá y a partir de este hecho violento, reprobable, esto termine por entenderse en las oficinas públicas federales. La impunidad, como si fuese una inmensa bola de nieve que ya ha comenzado su camino cuesta abajo, permea a todas las esferas de la sociedad, lesiona al Estado en su conjunto.

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