El Destino de Roberto

El madrazo final.
Pero no el único.
Sí el definitivo.
Porque la historia de Roberto Madrazo Pintado ya estaba escrita. Desde mucho antes, tal vez desde los días en que el político Carlos lo saludaba en su cuna.
La personal, aquella del destino manifiesto, se cumple inexorable. No se trata del hombre feliz que camina desnudo e ignorante de ello, aunque podría tener semejanza por la soberbia inherente, hasta que las burlas de la gente lo obligan a mirarse. Sino de un lento recorrer la ignominia hasta llegar a la meta. Su devenir es el más sólido ejemplo de que la perversión no paga.
Su historia sí ejemplifica a un hombre que tenía todo para estar en paz consigo mismo y, por el contrario, padece los más graves tormentos internos. Todo: Nombre, dinero, educación, inteligencia, físico, hasta tiempo estuvieron a favor de Madrazo. Fueron herencia privilegiada sin valor de cambio.
Lo cierto, obvio a los ojos inquisidores de la opinión pública, es que no hay ni habrá dinero o mujer o puesto que satisfagan la ambición interna del tabasqueño. Por tanto, tristemente, no podrá ser más desafortunado. Infeliz en todas las acepciones del vocablo.
Condenado a penar en vida por lo que no tiene, por lo que no es, por lo que le hace falta, por aquello que podría ser. Sus enemigos, tantos, no podrían haberlo sentenciado a una sanción mayor. Es la muerte de los mil tormentos, la expiación infinita de cualquier número de pecados cometidos.
A eso, que no es materia a despreciar, debe agregarse la extrema crueldad de su propio espejo mental. De ese reflejo que lo obliga a mantenerse en dieta de lechuga, a correr kilómetros cada madrugada con el cinturón apretado en un orificio menor, mientras sus esposas en turno terminan en la cama de su compadre también cíclico.
Y, corolario perfecto para su biografía, habría que puntualizar la pesadilla de su ambición frustrada de la Presidencia.
Difícil vivir con ese destino a cuestas. Aquel labrado a golpe de vanidad, el que no puede evadirse.
En lo político es todavía más trágico su sino. La historia nos muestra a un hombre que ascendió la cuesta del poder apoyado en la traición, en la suma de deshonestidades, en la perfecta ecuación de todo lo podrido que existió en el sistema mexicano. Que ha logrado sobrevivir a innumerables crisis, sólo para erigirse como el perdedor a perpetuidad.
Aquel que no fue candidato pese a la más millonaria de las inversiones. El que no logró dejar heredero no obstante la corrupción elevada a su máxima expresión. El que no conseguirá convertirse en líder de su partido, ni siquiera en la ausencia inmensa de opciones.
Se equivoca quien crea que el desenlace del proceso electoral tabasqueño es la sentencia contra la candidatura de Madrazo Pintado para presidir el PRI. Su suerte estaba decidida desde antes.
Diecisiete gobernadores votaron en contra de Roberto Madrazo en la reunión que tuvieron en Toluca. Votos que son veto personal, que son definitivos en un panorama donde la fuerza de ese partido les pertenece a los dueños del presupuesto, del poder local, del futuro.
Todo contra el tabasqueño fue la consigna. A su favor solamente la voz de José Murat, quien afirma no defender a la persona sino al proceso democrático, a la necesidad de convocar a una elección abierta para encontrar al sucesor de la Sauri.
Desde entonces se impuso el veredicto en su contra. Poco podría hacer un líder del PRI, con un mandatario en el poder emanado de otro partido, sin el apoyo de los gobernadores. Es un asunto de fuerza mayor. Lo que estaba en juego, lo que podría haber perdido ahora Roberto es la secretaría general del PRI.
En eso acabó su sueño.
En no ser apto, siquiera, para aspirar a una posición menor dentro del partido político más destruido a imaginar.
Y, conste, no ha pasado mucho tiempo de aquella noche en que se abrían botellas de champaña en el Congreso tabasqueño para brindar, eufóricamente, por la caída de Salvador Neme.
Pero si bien Madrazo fue el arquitecto de la salida del entonces gobernador constitucional, si logró imponer al timorato de Manuel Gurría Ordoñez como albacea de su herencia tabasqueña, si consiguió quitarle la usurpación de la Quinta Grijalva a los grupos políticos locales, si se burlo de Moctezuma Barragán y María de los Angeles Moreno, si atemorizó a Ernesto Zedillo hasta obligarlo al compromiso de “gobernar juntos”, nada le valió lo suficiente para ganar la elección local.
Ni siquiera la ley.
Porque, y esto es parte de la gran tragicomedia de su vida, la Constitución de Tabasco no admite la anulación del proceso electoral. De donde la causa estaría plena de cualidades a defender. si otro fuese el protagonista.
Contra la realidad, contra el tiempo, contra los nuevos estilos políticos, contra la voluntad de los libérrimos jueces no se puede hacer nada debió aprender, en pocas horas, Roberto Madrazo.
¿Qué trascendencia pueden tener todos los argumentos, los enfurruñamientos de Dulce, los discursos amenazantes de Samuel Aguilar, las puntualizaciones inteligentes de cualquier cantidad de priístas de frente al “deseo manifiesto” de destruir cualquier resto de poder en manos de Madrazo Pintado?
¿Quién esta detrás de esa “voluntad omnímoda”? Habría que admitir que la justicia poética.
Pero sobre todo, y esa es la lección que no tiene desperdicio, tendría que aceptarse que nada se puede contra el destino.
Que vitalmente es cuestión de tiempo, que sólo se puede posponer lo que habrá de suceder inexorable.
Y el destino de Roberto Madrazo es, ya debía constarle a tantos, es el del fracaso.
Para eso nació. Ese ha sido y habrá de ser su sino: el del perdedor. De lo que deberíamos, en una oración comunitaria de principio de siglo, congratularnos no sólo miles de tabasqueños y de priístas.

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