La Supina Estupidez de la Seguridad Aeroportuaria

Aquí se vale, se justifica con exageración ser reiterativo. Porque de eso trata, de una supina estupidez. De una manera oficial de hacernos tontos, de complicar la vida, de asumir incapacidades a su máxima expresión en afán, tan de moda, de “quedar bien” con nuestros poderosos vecinos. Ellos sí en problemas de seguridad.
Hasta donde es obvio, por hechos, por la realidad, porque así ha quedado demostrado, el aeropuerto de la Ciudad de México así como los principales del país no tienen, no tuvieron en el pasado inmediato, fallas en la seguridad. Tanto así que no hemos tenido secuestros o siquiera incidentes a lamentar. Cuando sucedieron los hechos violentos de Nueva York fuimos obligados, con todas sus letras, a cambiar nuestros usos y costumbres que eran, lo demostraron así, eficientes.
No sólo en vuelos internacionales sino en los nacionales, que no tienen justificación alguna, ni siquiera la secuela de paranoía desatada por los miles de muertos sepultados debajo de los escombros de las Torres Gemelas.
De tal manera que, como si fuese una puesta en escena de pueblo, se improvisó con lo que tuvieron a mano nuestras autoridades. Sin ninguna consideración para los pasajeros, para los usuarios que en cada aeropuerto pagamos por los servicios ahí proporcionados, una tarifa por cierto bastante alta en comparación con otros países del mundo.
Quienes se hayan visto en necesidad de viajar en días recientes, especialmente esta semana, habrán padecido lo indecible, para taparle el ojo al macho, para hacer una genuflexión más a los norteamericanos que si fuese por Jorge Castañeda ya estarían ondeando su bandera en nuestras astas.
Para comenzar al formarse en las filas, largas y complicadas de por sí, antes de documentarse el pasajero debe sufrir la “revisión” de hombres apresuradamente “uniformados” con camisas color naranja que sin ningún entrenamiento, en el suelo, obligan a abrir el equipaje como si en el planeta tierra no existiesen aparatos de rayos equis. Estos “personajes”, sacados de la peor ranchería y sin haber terminado siquiera educación primaria, meten mano entre la ropa y ya. Como son varios y es reconocida la incapacidad del mexicano para coordinar cualquier esfuerzo, esta revisión se repite pese a que se explique ya haberla sufrido. Veinte, treinta minutos perdidos a lo estupido, en el suelo, de la forma más incómoda para nada porque ni saben qué buscar ni podrían encontrar explosivos sofisticados si los hubiese.
Luego viene la comprobación de la identidad, como si ratificar con un documento oficial que se es quien se dice ser fuese garantía. Los secuestrdores de los aviones norteamericanos, hasta donde se sabe, utilizaron sus nombres. ¿Qué diferencia podría haber en viajar con un nombre falso? Pero además, basta darse una vuelta, es un mero trámite que no amerita sino eso, aparte de la perdida de tiempo.
Esa misma identificación debe volver a hacerse al cruzar la puerta de entrada a las salas de última espera, y ahí los retrasados mentales uniformados se toman su tiempo mirando y volviendo a mirar al pasajero como si fuesen detectives…
Luego sigue la inspección a través de rayos equis, la misma que el equipaje de mano ha sufrido rutinariamente, sólo que esta vez hay que agregar el nepotismo y la soberbia de los dizque policías auxiliares que se sienten protagonistas de película gringa y se invisten con una soberbia que no debería admitirse ya en nuestro país, bajo ningún pretexto.
Después de pasar rayos equis insisten en volver a abrir el equipaje de mano y lo hacen con majadería, como si los pasajeros fuesen reses que van al matadero, como si fuesen delincuentes que van a ser atrapados por su “inteligencia”. Y no se hacen esperar gritos o actitudes que sus jefes solapan, cuando no promueven bajo el pretexto de la seguridad. Sin que nada de lo que el pasajero lleva consigo sea objeto de sospecha alguna…
¿De parte de quién? De las broncas, de los conflictos, de los agobios de los norteamericanos que no son, no deberían ser bajo ninguna circunstancia, nuestros.
A estos hay que agregar que los vuelos son nacionales, que no tienen como destino Estados Unidos, por aquello de la soberanía nacional que por lo visto se les ha olvidado a tantos.
Ya en el último de los mostradores debe volver a mostrarse, hasta en dos ocasiones, una identificación oficial, como si hubiese sido inútil pasar los dos filtros anteriores, como si hubiese una diferencia, como si los empleados de las aerolineas así como los de seguridad del aeropuerto tuviesen la capacidad, además, para detentar un documento de identidad falso.
Y luego llenar un espacio del pase de abordar con los datos de las personas a contactar por si el avión es secuestrado y posteriormente estrellado contra algún edificio oficial, supongo…
¿Qué hacen los expertos de seguridad nacional? ¿Por qué permitimos, pagando la cuota de uso de aeropuerto que se nos impone, los mexicanos ser tratados de esta manera? Es obvio que el turismo, tanto nacional como extranjero, habrá de disminuir por estas conductas que es neceario insistir no están relacionadas con la verdadera seguridad de los pasajeros sino con una puesta en escena a gusto de los gringos…
¿A quién exigir que las supuestas autoridades, los dizque que policías que realizan estas humillantes revisiones con tanta majadería sean, por lo menos, educados en su trato?
¿Quiénes nos gobiernan, por qué los ciudadanos mexicanos aceptamos siempre ser tratados como de segunda por estupidos sin preparación alguna?

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