-que no se Haga, Ella Me lo Dijo, a Mí, en su Oficina, que la Línea del Presidente Era Con Murillo…

* la Rebatiña por el Esqueleto del PRI Como se Inicio Aquel Tres de Julio Pasado…
La del tres de julio, primer día de la cruda interminable, no es la primera vez que recurre al tema la virtual senadora, exgobernadora yucateca. Más bien parecería terquedad en la señora Sauri su insana costumbre de renunciar “por dignidad”. A veces lo hace por fax, otras con la tambora atrás causando el infinito desastre de estos días.
Con su conducta, de ser cierta la reiterada versión de que fueron de motu propio a Los Pinos para entregar su renuncia, la dirigente del PRI consiguió quedarse en un sitio donde su presencia ha sido invisible, su poder no existe, no ha existido desde el primer día. Como la figura de paja más cara de la historia del país. Que además suele ser fotografiada en la mayor de las carcajadas, como si disfrutase los tiempos malos.
Probando de esta manera que todo opera al revés en el PRI, hasta en el mayor de los fracasos. Como el peor de los escenarios a imaginar.
Sin embargo, dado el siniestro posterior a la derrota mayor, que Dulce permaneciera en su oficina de Insurgentes Norte era la única opción. Tan jodidos quedaron los priístas.
Un elemental recorrido por las interpretaciones publicadas durante la semana posterior a las elecciones presidenciales permite, absolutamente, creer que lo cierto es que de cara a la salida de Dulce María y el comité ejecutivo del PRI, el Presidente de la República “ordenó” que el sucesor fuese Jesús Murillo Karam.
Se puede creer, aceptar que la señora Sauri tomase la decisión de su “renuncia” sin previa consulta, que dadas las circunstancias de ese momento, y sobre todo de que nunca fue verdaderamente un poder real en el PRI o dentro del equipo de Francisco Labastida Ochoa, simplemente se le dejase hacer. Pero de que hubo una consulta previa con el candidato derrotado, en esas largas encerronas en las oficinas del PRI que fueron como un exorcismo frente a inmensa derrota vivida, la hubo. De ahí que, además, se incluyesen en el planteamiento de la salida inmediata a la derrota a Esteban Moctezuma y Emilio Gamboa, más el resto del Cen del PRI.
Lo que no se advierte lógico es el paso siguiente, la irrupción del nombre de Jesús Murillo Karam como una “orden” que proviniese de Francisco Labastida Ochoa, a quien el doctor Zedillo ya le había quitado a José Antonio González Fernández sin acceder a su reiterada petición en contrario. Si en algo se excedió, parte de su cruz a cargar a perpetuidad, el candidato presidencial derrotado fue justamente en el respeto a la institución presidencial. El primero en no querer comenzar una rebatiña con el cadáver del partido fue él.
Y aquí es donde surge el modito del doctor Zedillo. El solo hecho de meter la mano, sin la mínima sensibilidad, en el cambio de dirigencia del PRI es grave. Pone, una vez más, en evidencia la incapacidad política que ha demostrado en todo momento. Que además esto sucediese sin tomar en cuenta a los gobernadores, a los grupos contrarios, a los adoloridos precandidatos presidenciales, a los expresidentes del partido, a todos los que sí tienen voz dentro del PRI es de una ignorancia supina, salvaje, inmoral, imperdonable: Peor todavía en los finales estertores de su sexenio.
Y eso fue lo que sucedió. Hubo un intento de renuncia por convenir, una vez más, a los intereses personales de la señora líder del PRI. Y a continuación vino la sugerencia, el comentario, la “orden muy velada” de que fuese Jesús Murillo Karam el sucesor. Con lo que el grupo de Diódoro Carrasco, a quien el doctor Zedillo le tiene especial devoción y confianza se aferraba al control de los restos del PRI. Esa es la única justificación de la presencia del exgobernador hidalguense en la reunión privada de la dirigencia del PRI, siendo adjunto de Esteban Moctezuma, que se llevo a cabo en Los Pinos la mañana del lunes 3 de julio del 2000.
Al respecto Jesús Murillo aseguró, entrevistado por Joaquín López Dóriga en su programa de radio del miércoles 5 de julio: “había candidaturas corriendo y candidaturas cayendo, y había partidarios de unos y de otros, pero nada firme, nada concreto, nada formal”.
Semanas después, ya con la convicción de quien se va a ir, de que no es posible enmendar los graves errores internos, declaró: “Yo no soy el poder tras el trono, yo no quiero la presidencia del PRI. yo no soy el dedazo del Presidente Zedillo. ya basta, todo lo que digo, lo que hago, lo transforman, lo deforman, lo difaman”.
Lo cierto es que todo se manejó con las patas. Que las versiones, las filtraciones periodísticas fueron contradictorias y confusas. La versión de que había una imposición presidencial, de que Murillo era línea de Zedillo provino de Emilio Gamboa, según le demostraron varios columnistas políticos al aludido.
Tarde, con mucho retraso se intentó sacar de la responsabilidad de los enfrentamientos internos a Zedillo. Y, sobre todo, que no se puede negar que hubo una intención (¿Labastida y/o Zedillo?) de poner a Murillo sin consensar primero. No sería la primera vez, probado el método cada cuando que lo quieren dañar lo vuelven a nombrar.
Y el horno no estaba para bollos.
Menos que nunca.
Lástima porque Murillo Karam es un operador eficiente que ha sido desperdiciado por el PRI. Aparentemente vetado por el propio doctor Zedillo cuando intentó dejar la Subsecretaría de Gobernación para irse con Labastida, habría que saber, porque es importante, si hubo un enfrentamiento entre él y Labastida Ochoa. Remontarnos a una relación plena de altibajos, recordar que Francisco no lo llevó a Gobernación y no consiguió el beneplácito presidencial para sumarlo a su equipo de precampaña.
Jesús es hijo de emigrantes libaneses, de su sangre tiene todas las cualidades y buena parte de los defectos. Magnificados estos con una personalidad difícil, irritable, pero sobre todo por una inteligencia privilegiada que lo hace capaz de procesos de pensamiento mucho más sofisticados, a una velocidad mucho mayor que cualquier de sus interlocutores. No es fácil ser su amigo, menos trabajar para él. Es un hombre exigente, que se permite pocos espacios para algo que no sea la política. Su vocación constructora, en toda la extensión de la palabra, lo hace creador de proyectos, lo lleva siempre a transformar la realidad. Sea una casa, una persona, un gobierno. Lo que no ayuda a sentirse confortable frente a él.
Puede ser el mejor de los amigos, quitarse su camisa por ti, y también puede no responder una llamada por meses enteros. Debe, permanentemente, controlar su carácter, su tendencia a explotar seguro de tener la razón sin importar frente a quien está. Hombre de familia, lo es también de egoismos intensos.
Personalidad poco accesible, difícil situarlo como colaborador cercano o como auxiliar, especialmente después de haber sido un gobernador que trabajó 24 horas al día, que entendió para que sirven mando y poder. Tiene, además, como defecto imperdonable ser amigo de Diódoro Carrasco desde los días en que gracias a su talento como delegado del PRI pudo ganar las elecciones en Oaxaca sin saber de qué trataba la política.
Dentro del PRI ha sido todo, conoce por tanto los recovecos más profundos del partido, es un operador de primera que podría con mucho ser su líder. De no estar identificado con Diódoro Carrasco, y por tanto con el doctor Zedillo.
En lo personal me parece fascinante, pero sé de muchas personas que lo abominan, que no pueden siquiera permanecer cerca de él. Especialmente durante su tiempo en la Secretaría de Gobernación, pleno de limitantes y esquemas que no logró remontar.
Simplemente, es tan obvio que ignoro por qué no lo entendió así, no tenía espacio alguno dentro del equipo perdedor. De los círculos de poder ya establecidos alrededor de Labastida Ochoa a lo largo de muchos años, de las traiciones e intrigas permanentes de los arribistas, pero tampoco entre quienes lo han reverenciado desde el principio de su carrera política.
Ahora que, a final de cuentas, no se vale olvidar que una de las pocas voces que previnieron, inútilmente, a Labastida Ochoa sobre el desastre del día dos de julio, respecto a las sumas millonarias de votos que no cuadraban, al optimismo desbordado e iluso que existía en sus oficinas fue Murillo. El siempre estuvo en lo correcto.
Y aquí la reflexión queda abierta para cuestionar cuál será el papel que habrá de jugar el candidato presidencial que logró más de 13 millones de votos para el PRI.
Por otra parte, intentar salvar a Ernesto Zedillo de sus manicomiales errores políticos es un ejercicio digno del absurdo.
Sigamos la cronología de los hechos sucedidos en el PRI. El martes 4 de julio de 1999 José Murat encabezó la subsecuente toma de posesión de la oficina de Dulce María, para evitar que ésta renunciase. No por la “capacidad” de su liderazgo, sino para evitar la llegada de Jesús Murillo Karam. Y aquí es donde se caen a pedazos las versiones de qué el doctor Zedillo no intentó imponer a Murillo, porque entonces no hubiese habido razón alguna para estos hechos.
El gobernador de Oaxaca asumió, según declaraciones en Reforma del jueves 6 de julio: “Es necesario que el PRI deseche a la gente que llegó por la vía del paracaidismo, nepotismo y amiguismo, y retome lo mejor de su ideología de origen”.
La historia es muy simple. De acuerdo con versiones textuales, en la reunión a la que el primer mandatario cito en Los Pinos, el medio día del lunes tres de julio, hubo expresiones fuertes de varios gobernadores. El primero de ellos, Murat. El enojo no se quedaba en los hechos del día anterior sino en la “sana distancia” que ahora sí debería imponerse entre la oficina presidencial y el PRI.
Hablaron también el gobernador de Guerrero René Juárez, el de Sinaloa Juan Millán, el de Chihuahua Patricio Martínez, el de Chiapas Roberto Albores. La respuesta presidencial a sus demandas fue que la elección de nuevos dirigentes del PRI se haría previa elección de las bases, tal como exigían. Nada de imposiciones fuese Murillo o cualquier otro.
En ese entendido se retiraron los gobernadores de Los Pinos. Después habría habido una reunión con Labastida Ochoa, posteriormente Dulce María Sauri estuvo de regreso en la oficina presidencial… y de ahí todo fue en reversa.
Esa misma noche, del lunes 3 de julio del 2000, se avisó de una reunión del Consejo Político del partido para conocer de la renuncia del Comité Ejecutivo Nacional, así como proponer a Jesús Murillo Karam en lugar de la Sauri y César Camacho como sustituto de Esteban Moctezuma. Era una abierta contradicción a lo que se había hablado, quedado de acuerdo con el Presidente de la República.
Comenzaron los agarrones de todos contra todos. Y la presencia de José Antonio González Fernández intentando mediar. Se publicó que incluso se enfrentaron Labastida Ochoa y Murillo Karam, rumor magnificado seguramente también por instrucciones de Emilio. Por su parte Manuel Bartlett y Emilio Gamboa recordaron su animadversión desde la campaña presidencial de Miguel de la Madrid a punto de llegar a los golpes. El virtual senador poblano, exprecandidato presidencial, afirmaría : “Nadie tiene el liderazgo real, nadie puede imponer a su líder ni Francisco Labastida ni Ernesto Zedillo… el Presidente de la República no manda en el PRI”.
Al día siguiente, miércoles 4 de julio, a punto de tomar el vuelo de las 10.30 de la mañana de regreso a Oaxaca el gobernador Murat recibió una llamada de Samuel Aguilar informándole de estos cambios. A partir de ese momento su celular no dejo de sonar… Aproximadamente 14 llamadas después, entre las que estaban Marco Bernal, Hopkins, Mariano González Zarur responsable de la recuperación milagrosa de Tlaxcala para el priísmo, canceló su viaje.
Y vuelta al PRI. Ahí, en medio de lo que ya era un desorden inmenso, la propia señora Sauri le confirmó a Murat Casab que renunciarían y que la “línea” era a favor de Murillo y de Camacho. Lo que, en versión femenina de Pinocho, negaría el resto de la semana ante micrófonos y cámaras de televisión.
Junto al gobernador de Oaxaca estuvieron también varios expresidentes del PRI, en un extremo Gustavo Carvajal Moreno con su sangre caliente, en el otro el habitualmente tranquilo Jorge de la Vega Domínguez, así como la campechana personalidad del Chel Rodríguez Barrera.
Pepe Murat, sangre árabe al fin y al cabo, le dijo textualmente: “pues en caliente y tope hasta donde tope” y de la oficina de la lider del CEN del PRI se fue a declarar a la prensa que ni muertos, que no había de limón la nieve y Dulce estaba obligada a quedarse en el PRI hasta que hubiese condiciones para hacer una asamblea nacional y fuesen las bases priístas quienes decidiesen. Lo que se traduce en la impugnación absoluta contra Jesús Murillo y Cesar Camacho.
De hecho fue una toma más o menos violenta de la oficina de la señora dirigente del PRI, mientras Francisco Labastida Ochoa estaba en ese edificio. Con Murat fueron más de cincuenta consejeros. Su bandera, eficiente en el ánimo más que desolado que compartían los priístas, fue no permitir un albazo.
De ahí Murat se reunió con Emilio Gamboa quien le pidió que subiese a hablar con Labastida. Aparentemente el oaxaqueño logró convencerlo de que no participase en un conflicto que terminaría de desgastarlo. Otro tanto habría hecho, en coincidencia de tiempos, José Antonio González Fernández. Mientras que Elba Esther Gordillo lo candidateaba ante quien quisiera escuchar, esto antes de anunciar su futura renuncia al partido y su eventual incorporación al equipo de Vicente Fox.
Se dice, hay que apuntarlo, que Úlises Ruiz fue uno de los encargados de filtrar la versión de la supuesta llegada de Murillo, como parte de una maniobra política para fortalecer a Madrazo Pintado. Que en realidad fue una gran artimaña política. De ser cierto habría que reconocerles la capacidad de estrategas.
Por otra parte, si Murillo Karam no hubiese sido ya nombrado, por el primer mandatario, por Labastida, por todos juntos, no hubiese habido la mínima necesidad de este ejercicio de poder. Que a la larga resultará positivo para el grupo disidente encabezado por, y también para Roberto Madrazo que se ha comenzado a erigir en el gran triunfador de este desmadre poselectoral, tanto que la misma señora Sauri lo reconoce (declaraciones del jueves 6 de julio a los medios) como quien “encabezará la disidencia priísta”. No sólo por sus cartas, que tampoco está para desperdiciarse (“Es hora de devolver el partido a sus bases, devolver las oportunidades a la militancia”), sino porque todas las miradas convergen a él. Y esta sería la única explicación lógica para la permanencia de Dulce María en el PRI, guardarle su lugar, dar espacio a una convención en tiempo propicio para sus intereses, cuando haya terminado el proceso electoral de Tabasco, cuando su gobierno se acerque a su fin en cuestión de meses, cuando tengan todos los votos en las manos.
De hecho Murat trató, consiguió con éxito, cerrarle el paso a la gente del Presidente, que algunos aseguran que los es también de Francisco Labastida. Así Humberto Roque asevera: “Veo dos grupos que se disputan el poder en el PRI, Labastida y Madrazo. Los demás no son grupo porque no tienen un respaldo financiero”.
Marco Bernal, exnegociador en Chiapas, miembro del Consejo Político del PRI, quien detiene al gobernador de Oaxaca de tomar su avión el martes 4 de julio y de hecho instiga la toma de la oficina de Dulce María Sauri afirma: “…hay muchos priístas distinguidos como Roberto Madrazo, Manuel Bartlett, Mariano Palacios Alcocer, Genaro Borrego, Fernando Gutiérrez Barrios… la dirección partidista la puede tomar cualquiera pero se va a quedar con un cascarón… nos interesa que haya un procedimiento claro y transparente… los priístas ya no tenemos dueño”.
¿Por qué José Murat? Porque es un guerrillero. De entrada por ser como es, con todo lo que significa. Por tratarse de un militante de toda la vida, que ha recorrido todas las posiciones internas, que conoce el partido mejor que su casa: miembro activo desde su juventud, delegado del PRI en casi todo el país, director de la escuela de cuadros, secretario de Capacitación Política, secretario de Asuntos Internacionales, tres veces diputado federal, senador.
Resulta que Murat es, además, gobernador constitucional, que ganó las elecciones presidenciales y para el Congreso en su entidad, que se ha enfrentado al poder del centro, que está profundamente enemistado con Diódoro Carrasco que podría estar detrás de su exsubsecretario Murillo Karam. También es amigo de Roberto Madrazo. Pero no sólo de él, no se la va a jugar únicamente con él.
Me permitiría agregar, a sabiendas, que fue uno de los poquísimos gobernadores que le avisó a Labastida Ochoa de los riesgos, que le dijo que podía perder.
De eso trata todo.
De la fuerza de una corriente cierta, real, fuerte dentro del PRI.
El grupo donde militan los gobernadores del sureste, cuya cabeza visible es José Murat, se ha convertido en el factor de decisión más importante. Ellos tendrán que ser tomados en cuenta en la elección del próximo líder del PRI.
No sólo ellos, también Manuel Bartlett levantó la mano, con la fuerza de haber sido contendiente perdedor a la candidatura, de su pasado, de su futuro como senador, de su voz tronante contra el PAN, contra Vicente Fox. Con el haber hasta de su edad.
Lo hizo afirmando: “El PRI no tiene una relación de jefatura con el Presidente… no hubo sana distancia, sino una cercanía constante… todos perdimos, perdió el PRI, perdieron los gobernadores, perdió el Presidente de la República”, según magnifica la primera página de Reforma el jueves 6 de julio.
Y de ahí en adelante todo es sumar descontento y a sus protagonistas, que vaya que la lista es grande.
Lo que ha unido, paradoja grande, a los priístas de viejo cuño es su rechazo al Presidente Zedillo.
No sólo por el supuesto intento de imponer a un dirigente, sino porque el rencor ha estado presente siempre. Porque se saben, así como también se dicen, injustamente lastimados por el poder presidencial. Y tienen muchas pruebas en ese sentido.
De ahí que no deba sorprender que Carlos Jiménez Macias, Eduardo Andrade, Cesar Augusto Santiago, Roberto Madrazo, Úlises Ruiz, entre otros muchos hayan alzado su voz contra el poder presidencial que destruyó parece que intencionalmente al PRI, a un partido donde llegó de arribista.
Lo sano es que los priístas ya reconocieron el principio de sus errores: hacerle caso a Ernesto Zedillo, fuese o no Presidente de la República.
Otra suerte correrían si lo hubiesen entendido antes.

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