El Antimaquiavelo Triunfador

Dentro de unos años, tal vez décadas, los historiadores tendrán la perspectiva necesaria para explicar cómo un Presidente tan inepto para la política como Ernesto Zedillo, fue el único de los últimos mandatarios priistas que se libró de la infamia -salvo que otra cosa suceda- al dejar el poder.
El expresidente cumplió con su sueño de bolerito y economista del Politécnico: formar parte del consejo ejecutivo de una transnacional y defender el discurso globalizador de los que pagan su sueldo.
Nulas eran sus ambiciones de ser Presidente, ni en sueños. Pero la pesadilla le duró seis años, y llegar a cada informe de gobierno era como marcar una rayita en la pared y alegarse porque ya faltaba menos. La alegría no la pudo disimular la noche de 2 de julio en que se llenó la boca al felicitar a Vicente Fox.
Desde el principio, Ernesto Zedillo le tenía fobia al poder. Desde su toma de posesión como candidato el 29 de marzo, no podía disimular lo que era: un burócrata temeroso, titubeante al tomar juramento y al que los reporteros maliciosos le decían: “Pero sonría licenciado”. Liébano Sáenz decía que Zedillo era el “anti-Maquiavelo”. Nada más cierto. Seis años los dedicó con perseverancia a demostrarlo.
Hoy, los otrora hombres más poderosos del país que sobreviven se encuentran en circunstancias que seguramente no hubieran deseado: Lopéz Portillo abrazando un oso de peluche y protagonizando escándalos de barandilla y Carlos Salinas en un autoexilio que todavía es afrenta. La vejez tranquila de Luis Echeverría, interrumpida por reclamos de jueves de Corpus y 2 de octubre, y que tiene que viajar hasta China para recibir reconocimientos que aquí le niegan.
A Miguel de la Madrid lo salvó su prudencia durante y después de su mandato, pero se pierde en un gris olvido.
Ernesto Zedillo pareciera seguir el ejemplo de De la Madrid, de no ser porque al expresidente ya le urgía trabajar, como si la pensión vitalicia no le resultara suficiente.
Y sin embargo, si a errores y descalabros nos vamos, Zedillo acumuló tantos o más graves que sus antecesores: no llevaba un mes en el poder cuando desató una crisis económica con repercusiones hasta nuestros días y por generaciones. De aquello vino el Fobaproa y que ahora tengamos a la mayor parte de la banca en manos de extranjeros. Ahí está la deuda pública que pagaremos todavía hasta después de esta administración.
El sexenio zedillista estuvo marcado por una procuración de justicia que generó aberraciones como siembra de osamentas, testigos pagados y protegidos, acusaciones sin sustento, una lucha contra el narcotráfico que parecía ficticia y hasta un Oficial Mayor suicidado.
Los suicidados.
Un sexenio donde el ingenio mexicano dio ejemplos de suicidios únicos en el mundo: desde usar un cutter hasta tirarse dos balazos al corazón.
Y así , podríamos seguir enumerando cosas como la protección a Oscar Espinosa, el ninguneo a su partido y candidato presidencial, Cavallo y el Renave, su enfrentamiento con Carlos Salinas que superó con creces al de Cárdenas con Calles.
Motivo de estudio para los historiadores será explicar cómo este hombre se reveló a ser fantoche de unos para serlo de otros, y terminó su gobierno con la imagen de demócrata y el título de “Presidente de la transición”. Ya después vendrían los nombramientos en la ONU, Procter + Gamble y Union Pacific, los sueños reales del expresidente.
Era la persona inadecuada en el momento inadecuado. Había mejores hombres, pero le tocó a él ser. Lo fue, lo hizo a su modo y lo logró. Sus predecesores, más aviesos en la política, se quedaron en el olvido o en el oprobio.
Ernesto Zedillo parecía destinado a ser una especie de Pascual Ortiz Rubio de fin de siglo. Terminó pareciéndose a él mismo. Todavía falta tiempo para el juicio de la historia del último Presidente priista.

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