Fragmentos del Libro “la Cárcel del Norte”

* El Texto que Hubiese Preferido no Escribir

Hay libros que uno quisiera no leer.
Y también, definitivo, no escribir.
Pero por sobre todo hay historias que uno querría no conocer. Ni en tercera persona.
El mes pasado, para ser más exacta el 16 de agosto del 2002, fui “detenida” por un grupo de individuos que sin serlo se ostentaron como policías judiciales federales. Fui llevada a prisión, mantenida incomunicada y bajo todo tipo de vejaciones hasta que 24 horas después el juez segundo de lo penal “me recibió” y obtuve el “beneficio” de mi libertad provisional.
Fue una pesadilla.
Fue, también, una bendición porque sigo viva, porque mi detención, la publicitación que se hiciera de ésta en los medios de comunicación, evitó que me mataran.
Estoy convencida, como de que hablamos el idioma español, de que ésta, asesinarme, era la intención de un grupo de individuos relacionados con el narcotráfico y que están inmersos en el ámbito del poder estatal de Chihuahua.
Hago un apretado relato de estos hechos no por vanidad, menos todavía por un intento de significarme ante la opinión pública como víctima. Me ha caracterizado, incluso cuando hubo atentados contra mi vida, el silencio en todo aquello que pueda “acusar el golpe” ante mis enemigos, ante aquellos a quienes cotidianamente he denunciado en mis escritos, en mis publicaciones. He considerado que hablar de ello ante la sociedad no es sino una muestra de debilidad.
Rompo esta conducta hoy porque de otra manera la impunidad será la que haya ganado todas las batallas.
Lo hago, además, porque soy el único periodista mexicano en libertad condicional, que sufre todavía un proceso penal inmoral e injusto donde no se discute la verdad de lo por mí escrito.
Junto al relato de sentimientos, de hechos, de miedos, de abandonos privados y públicos están las razones políticas. Es decir lo que he dicho, lo que he escrito sobre el narcotráfico, la violencia, los crímenes de mujeres en Chihuahua. Todo aquello que enojó a los poderosos tanto que decidieron utilizar el aparato “legal” en mi contra. Todo aquello que los hace enderezar contra mí su fuerza en la búsqueda de eliminarme a cualquier costo.
Lo que aquí consta es parte de un libro que, bajo el título de “La Cárcel del Norte” habrá de publicar muy pronto la editorial Océano.

*****
En el camino del aeropuerto Roberto Fierro de la ciudad de Chihuahua a lo que imperdonablemente ingenua, estúpida asumí que sería un juzgado donde podría defenderme, comencé a bailar con la muerte. Una danza que pretendí digna. Recordé que Nicolás Suárez Valenzuela, director de inteligencia de la Secretaría de Seguridad Pública, me había dicho en una entrevista que si escuchas el disparo estás al otro lado. Yo me preguntaba qué pasa cuando no lo escuchas, si simplemente de pronto todo se oscurece y ya. ¿Dónde queda el dolor? Junto al chofer venía otro hombre, supuestamente policía judicial estatal, aunque días después se diría en Chihuahua que fueron las “madrinas” personales del procurador los encargados de mi detención. Veía sus nucas, buscaba sus manos sin encontrarlas, como si con la mirada se pudiese evitar que utilizaran sus pistolas. Yo estaba desarmada, en una situación que siempre me juré que no me sucedería, en manos de quienes podían torturarme, matarme, destruirme a su capricho.
Quien haya recorrido el camino del aeropuerto a la cárcel situada en el municipio de Aquiles Serdán sabrá que es despoblado totalmente, como pueden ser las grandes extensiones de terreno en Chihuahua. En ese traslado por la nada pensaba si matarían a Moisés también, si de pronto sacarían la pistola y apuntarían a mi cabeza o mi pecho primero. Tomaba aire intentando ordenar mi pensamiento, que la parte inteligente le ganase el pulso a lo emocional.
Logré llamar a Diana por mi celular, que ya estaba muy asustada por otra llamada realizada en el aeropuerto cuando los seudo policías dijeron pertenecer a la PGR, para gritarle que no sabía a dónde me llamaban pero que había tomado una fotografía uno de los colaboradores del PRI que estaba en el aeropuerto, que si me mataban ahí encontrarían a los responsables… Intentaba disuadirlos.
También alcancé telefonear a Bruno, a mi hijo, al detenerse minutos después la camioneta frente a la puerta de la cárcel, con un mensaje que ninguna madre tiene el derecho de atestar sobre su espalda, que hasta el día de hoy me llena de remordimientos y sentimientos culpables: “me están metiendo a la cárcel… busca a Joaquín , localiza a Ciro porque de lo que te muevas con los medios dependerá que siga viva”. Ese sería mi último mensaje al exterior por largas horas.
Me quitaron mi bolsa, me desnudaron en un cuarto oscuro, me abrieron las piernas para revisar mi vágina, me pararon frente a una cámara y me hicieron repetir mi nombre… estaba en manos de mis enemigos totalmente desvalida. Mi corazón latía sin control, temí caerme por los pasillos interminables que recorría llevada por un policía que me dijo, tal vez conmiserado: “así es esto de los poderosos”. Como pidiendo perdón por lo ordenado por su jefe.
Llegué a una barandilla. Tres policías uniformados veían una película en la televisión, al final en un teléfono público otro hablaba, se oían risas y gritos de otros. Quien me había llevado le entregó una hoja de papel al que parecía el jefe. Tomé aire, no me salía la voz, no podía armar las palabras en mi interior pero logré preguntarle por qué estaba ahí. El tipo, con el desprecio mayor, respondió que eso lo hubiese aclarado afuera. Exigí ver la orden de aprehensión, hablar con su jefe, pedí por un abogado, tenía derecho a hacer una llamada, exigía que estuviese presente un representante de derechos humanos… ser rió y dijo que eso sería afuera, que adentro había ordenes, que ellos tenían ordenes.
Cambié el tono de mi voz, le supliqué que me permitiese llamar… el resultado fue el mismo. Otro policía uniformado me sonrió, volteó a ver al jefe como expresando simpatía, sonó el teléfono y el “comandante” respondió con monosílabos… yo insistí, “ya le dije que son ordenes”. El otro me preguntó, frente a una máquina de escribir antigua, “mis generales”. A mí me faltaba el aire. Temí desmayarme.
Cuando le dije la fecha de nacimiento volvió a preguntar, se lo repetí doce de noviembre de 1951… me dijo que parecía más joven. Era una manera de cubrirme con una palabra grata, una mínima expresión de solidaridad que sería excepcional a lo largo de la noche.
Vinieron dos mujeres, otro hombre uniformado y me tomaron del brazo, debía acompañarlos. Volví a preguntar a dónde, la mujer con el rostro manchado por una quemada, me miró como si fuese un insecto y me aventó propiamente. Decidí no oponer resistencia. Entre ellos caminé, otra vez, fuera del lugar por pasillos entre rejas donde alcance a mirar que no había luna, la oscuridad de la noche era estremecedora. O me lo parecía, al menos. Puertas, candados se abrieron para recorrer otros tantos túneles desiertos hasta una puerta que estaba abierta.
Un hombre, con una camisa con su nombre escrito que no logré ver, estaba frente a una computadora. Me miró de arriba abajo, siguió frente a la pantalla mientras sus dedos tecleaban, supe que era inútil insistir pero de cualquier forma le dije que quería hacer una llamada… respondió con una afirmación: “No está golpeada” y, a continuación, le entregó lo que presumí sería un certificado a los celadores que me acompañaban.
Regresamos a la barandilla.
Había pasado poco más de una hora de mi detención. Los noticieros entrarían al aire pronto me dije.
Volví a suplicarle al comandante en cargo, le dije que era mi derecho constitucional, quería la presencia de un abogado, no podían detenerme sin mostrarme los motivos… se rió abiertamente. Ordenó que me llevasen adentro.
Y sin poder evitarlo minutos después, recorridos largos túneles que tropezaban mis tacones de plataforma muy alta, estaba en una celda, la número tres de un modulo donde vivían otras internas. No era un juzgado, no eran los separos, no era una dependencia oficial sino la prisión. Volví a preguntar por qué me habían llevado ahí y me encerraron.
Minutos después vinieron a sacarme, vendría el comandante a pasar lista y al escuchar mi nombre yo debería responder con mi apellido materno. Me formaron al lado de otras reclusas que me veían con curiosidad, le pedí a una de ellas un lápiz, un pedazo de papel. Me respondió que les habían prohibido hablar conmigo.
Después de la lista me indicaron que regresara a mi celda. Ahí estaba una naranja podrida, platos sucios con restos de comida, un hule sobre la plataforma de cemento que hace las veces de cama y el miedo.
Si su meta hubiese sido castigarme, asustarme, presionarme, lo fácil habría sido manejar todo frente a las leyes. Ponerme, como corresponde legalmente, a disposición del juez de inmediato. Entonces se me hubiese fijado una fianza igual de inalcanzable en la madrugada del sábado y, siempre en el marco estricto de la ley, habría tenido que pasar el fin de semana en prisión hasta conseguir el dinero y presentarlo frente a las autoridades. No había necesidad de incomunicarme ni de negar la presencia de un abogado. Con el poder, con las leyes en sus manos habría sido suficiente para redondear mi persecución.
*****

Recojo los sentimientos de la larga noche del horror. Me veo a mí misma sin nada en las manos, sin otro bien que mi palabra suplicante, que mi humillación extrema ante los custodios para que me permitiesen hablar. Una llamada para que quedase constancia.
Estaba tan cierta, tan convencida de que me iban a matar.
Al pasar lista, porque de pronto, como quien equivoca la lectura de un libro y por tanto sus personajes, me había convertido en una interna, una castigada, una reclusa, una protagonista del horror de la cárcel que debía contestar con su apellido materno parada firme en la puerta de su celda, quise salir corriendo. La que escribía como pecado mayor, la que nunca deja su pluma en casa le había pedido a una mujer desconocida, con el rostro pleno de amargura para sus muy jóvenes años, una de las reclusas que compartían el módulo donde había sido confinada un lápiz, un papel. Cualquier cosa donde pudiese quedar mi testimonio.
Todos mis esfuerzos eran para que después, cuando estuviese muerta, alguien tuviese una prueba. Una palabra acusadora. Para que no ganase la infinita impunidad.
La rubiecita sin calma en su corazón se apiadó de mí. Me entregó una hoja rayada, una pluma. Doblé en cuatro el papel, después de oír de sus labios una vez más que no se dieran cuenta, porque les habían prohibido hablarme. Era tan obvio. Pensé en ocupar solamente una cuarta parte para que en la madrugada tuviese otro espacio donde escribir, en la madrugada que vendría con ellos.
La tinta azul dice: “Ya llegué a la celda. Fin del primer horror. Estoy temblando, la garganta seca, el corazón se me sale, tomo aire, tengo sed, el miedo es indescriptible, me van a matar… tengo que encontrar el orden, saber qué hacer. No debo sentir. Bloquear mis sentimientos. Respirar contra la angustia como en los partos. Aquí me voy a quedar toda la noche y no puedo cerrar los ojos. No pueden vencerme, solo estoy encerrada, es una prisión de fuera, que está fuera de mí, comienzo a toser… Bruno diría que debo ver al médico, no puedo pensar en mi hijo, no puedo llorar, debo viajar. Primero ir hacía dentro de mí para tomar control”.
Respiraba para evitar la angustia, para no sentir las paredes prensarme, para no golpear la puerta y aullar de dolor. El miedo debía esperar, pensé en el mar, en un cuerpo amado sobre mí hace años, en un cuerpo hermoso bajo mí hace días, en cualquier cosa que me devolviese mi contacto con el mundo, con todo aquello que me pertenecía antes de que llegasen por mí, de que me jalonearan fuera de la seguridad.
Me prohibí ver la hora. Me era menester no sentir el paso del tiempo. Esperar por ellos. ¿Qué sería mejor, dejarme ir, no presentar resistencia? Recordé la conversación reciente donde nadie examinó los cuerpos de las mujeres asesinadas… Más de trescientos cadáveres, todas ellas violadas, sin que les realizasen una prueba de DNA ni en el semen encontrado en sus váginas ni en los cabellos, los vellos púbicos, las uñas. ¿Cómo conseguir que hubiese pruebas? ¿Quién se encargaría de clamar por una investigación?
¿Y si, simplemente, me forzaban a suicidarme? Dirían que padecí un ataque de pánico, que estaba deprimida, cualquier cantidad de cosas que nadie tendría fuerza suficiente para objetar. No sería la primera ni la última.
Comencé a pensar que afuera algo debía moverse, alguien tendría que imaginar que yo estaba así de inerme en sus manos. Alguno tendría que darse cuenta de sus planes y detenerlos comencé a soñar, a desear con todas las fuerzas. Así fue, sabría al día siguiente sentada en el suelo frente a quien podía contarme todo…
Pero esa noche mi confrontación mayor fue con el miedo.
En la memoria hace mucho calor. Estoy encerrada y me llega el olor de mi cuerpo. Huelo mal, un olor que me acompañará eternamente. Un sudor denso y rancio que todo lo llena. Me sé, me veo encerrada en la oscuridad pero casi logro vencer la claustrofobia. Pienso en mi maestro de buceo llevándome de la mano a las profundidades del mar despacio, dando tiempo a que mi cuerpo aprenda a ignorar que respiro por un tubo. Es igual aquí. todo es cuestión de olvidar mi entorno.
De no mirar las rejas, de asumir que la puerta cerrada me protege de los hombres de afuera, que estoy en otro sitio, que alguien me abraza y me cubre poderoso con su cuerpo, me colma con su olor, con su piel, con sus caricias. Debo irme pronto, no tengo tiempo para ahogarme en estas paredes porque entonces no sabré qué debo hacer, no tendré un átomo de inteligencia, siquiera de sentido común para sobrevivir a lo que sigue. Busco el mar dentro de mí, el aroma de la selva desgranada en pimienta y vainilla cuando todo es oscuro, la arena tibia bajo mis pies mirando otras huellas, una calle de Nueva York en otoño con las hojas de los árboles como tapete de ocres, mi hijo en algún aeropuerto ocultando sus lágrimas en la despedida, las luces del árbol de navidad en la madrugada solitaria. Viajo tan lejos como puedo hacerlo en la oscuridad pero los minutos se niegan a irse. El tiempo no quiere abandonarme. Me prohíbo mirar las rejas, voy al excusado que está frente a mí, orino sin papel para limpiarme, me mojo la cara con agua que no puedo beber. Sudo hasta empapar toda mi ropa. No quiero quitarme los zapatos para poder defenderme con ellos, para dar patadas a los que vengan. Por lo menos una, la primera.
Vuelvo a preguntarme si no será mejor, más rápido no presentar resistencia. Oscilo entre la programación mental de todo aquello que debo hacer en su momento, para que sea un reflejo de mi cuerpo, de mi inteligencia lo que logre imponerse al miedo llegada la hora, y la necesidad de evadirme. Como si fuese una mañana feliz en que debo elegir entre salir a la playa o prender la computadora. Entre el deber y el placer… Estoy caminando por París, escucho música de jazz en el interior de un bar… regreso a la comida del día anterior, que parece lejana como el planeta Marte, los ostiones, el vino blanco… la advertencia de “Los hombres de negro” para que me cuidase antes de tomar el avión de El Paso para Chihuahua. Una llamada telefónica para grabar mi comentario en radio, el avión de Aerolitoral moviéndose violentamente sobre las montañas y yo, como cada vez que sucede, recordándome que los aviones no se caen.
¿Cuántas veces viajé a Chihuahua a los brazos de Juan, a nuestra casa en el fraccionamiento Campestre, a la vida compartida en baños de luna?
¿Cuántas veces viajé a Chihuahua en busca de Heidi?
*****

Heidi Josefina Slauquet Armengol, mujer blanca, rubia natural, ojos azules, pelo lacio entrecano de largo mediano, 54 años de edad, oriunda de quién sabe qué país, judía huérfana de guerra a la que unos campesinos de Andorra salvaron de los hornos crematorios durante el fin del nazismo, presa política encerrada en la misma crujía que “La Nacha” por los disturbios del 68, pintora que no pintaba, vendedora a perpetuidad de lo que fuese para sobrevivir, deudora de taxistas, carpinteros, artistas y quien se lo permitiese; viuda de un marido que no fue, solitaria acompañante de toreros, policías, padrotes, políticos y puede que hasta narcos, también de millonarios muy respetables era mi amiga.
Lo fue por más de 17 años. A su manera. Cambiando mi mesa, mi mundo, mi casa cada vez que encontró un borracho mejor, un convivio más alegre, una oportunidad de divertirse más grata. Lo fue por encima de nuestras, enormes, diferencias. Lo fue tanto que siempre supuse que tendríamos que envejecer juntas.
Juntas viajamos infinitos mundos, en días sin dinero y también en otros con limosina a la puerta. A veces bebiendo champaña rosada Laurent Perrier fechada, aunque sin saber con qué habríamos de amanecer. Juntas estuvimos frente a mares transparentes que yo disfrutaba y ella temía, durmiendo en la misma cama, compartiendo el pan amorosamente y sin mirar jamás a un hombre de igual manera. De la mano de mi hijo que la prefirió siempre como compañera de parrandas y madrugadas, fuimos amigas. Con todo lo que ello implica. Cercanas, entrañables, queridas amigas.
Si algo, Heidi fue una golfa profesional. En el mejor sentido semántico. Que no supo retirarse a tiempo, imposible hormiga que no guardó para la vejez, que no entendió que la vida, también era algo más que una fiesta, que la siguiente oportunidad, hasta que fue muy tarde. Hasta que alguien decidió asesinarla. No sé, no sabemos los investigadores y yo por qué.
A mí, porque sí, porque no había otra opción, porque era lo correcto, me tocó intentar primero encontrarla y luego perseguir la pretensión ilusa de descubrir a sus asesinos. A mí me correspondió el amargo ejercicio de confrontar la corrupción inmensa que alimenta la relación de la sociedad, de las instituciones responsables de la aplicación de justicia, de la policía judicial federal, de los agentes de la DEA, de los demás que me faltan nombrar, con los narcotraficantes. (Fragmento del libro “Muerte en Juárez”, Grupo Editorial Siete, 1995)

Al investigar su desaparición, acontecida en noviembre de 1995, conocí por primera vez el terror, el asco, un orden que no me había sido presentado en los peores escenarios a imaginar. Conocí las negativas oficiales, las reticencias de los impecables personajes de la sociedad chihuahuense, de quienes viven en El Paso para ocultar su podredumbre grande. Supe al adentrarme a los submundos policíacos de esta entidad cuán grande es el poder imperial y demoníaco de los altos jefes del narcotráfico. Conocí los secuestros que diariamente ejecutan sicarios al servicio de ellos, individuos amparados con su charola de alguna policía.
Supe de los muchos inocentes que han muerto en manos de seudo autoridades. Formé parte del dolor común de la Asociación de Amigos y Familiares de Desaparecidos que fundó don Jaime Hervella. Insistí ante tres procuradores generales de la República, frente a dos gobernadores e innumerables funcionarios públicos incluido el cónsul de Estados Unidos en El Paso para que sus “muertes” no queden olvidadas, para que sus asesinos no festejen ruidosamente sus hazañas.
Comencé a escribir sobre Chihuahua. Sin darme tregua. Ese fue mi compromiso vital ante la violencia impune. No he sido la única en hacerlo. Otros han recibido amenazas, otros han visto los cadáveres de sus seres queridos. Ahí están las historias para quien quiera conocerlas.
*****

No me fue mostrada la orden de aprehensión en ningún momento. Quiero aceptar que la vio el jefe de mi escolta que me avisó, diría ordenó propiamente que debíamos ir con los sujetos a un juzgado. El caso es que yo estuve largas horas sin idea alguna del motivo que me llevaba a la prisión, que me ponía en situación de total vulnerabilidad, que me entregaba en manos de mis enemigos. Así de ingenua me vi.
Había llegado a Chihuahua el jueves 15 de agosto, a las 19.30 horas, procedente de El Paso, Tejas, tal como le avisé que haría a Roberto Madrazo Pintado, quien me había invitado a acompañarlo a esta gira.
Paradójicamente yo le pedí venir a esta entidad durante otro viaje, también como invitada especial, a Chiapas.
El tema electoral en la entidad era candente después de la segunda elección en Ciudad Juárez, era materia de análisis político que es lo que yo hago profesionalmente. Por vocación y para ganarme la vida. A mi edad, cuando otros periodistas prefieren la tranquilidad de su escritorio, sigo convencida de que no existe mejor posibilidad para entender la realidad nacional que estar presente en el lugar donde suceden los hechos, que acercarse lo más posible a las entrañas del poder.
Por eso venía con Roberto.
Después de muchos años de distanciamiento, que se profundizó esencialmente por mis notas a favor de Francisco Labastida Ochoa, había aceptado “una nueva relación de respeto mutuo”, había decidido que era un tiempo propicio para tender puentes de comunicación con quienes desde la oposición seguían siendo actores importantes del acontecer nacional.
Y, obvio, había confiado en Madrazo Pintado. Error mayúsculo.
Tal como sucedió en Chiapas el líder del PRI fue especialmente cálido y amable conmigo, junto al gobernador Patricio Martínez, desde que coincidimos los tres en el aeropuerto Roberto Fierro de Chihuahua. Su escolta le proporcionó un vehículo a los dos policías federales preventivos que me acompañaban.
Respecto al número tan reducido de elementos que viajaron conmigo, que fue especialmente ordenado por J. Jesús Vázquez Castillejos, funcionario de la Secretaría de Seguridad Pública, responsable de mi escolta, me he hecho muchas interrogantes sin respuesta. En febrero pasado, fecha fatídica a la que habré de volver varias veces en esta narración, viajé a Ciudad Juárez con mi escolta completa y además un operativo extra de seguridad pedido especialmente a la PGR, en todo momento estuve resguardada por más de diez elementos.
Ese era el tamaño del peligro. No juzgado por mí. Supongo que lo ideal sería aspirar a un país donde todos los periodistas pudiésemos escribir sobre la corrupción pública sin temer por la vida. En mi caso tengo asignada una escolta oficial a partir de 1989, primero de la policía judicial del Distrito Federal, luego de la Policía Judicial Federal, después de la UEDO y finalmente desde hace cinco años de lo que hoy es la Policía Federal Preventiva. La primera vez lo ordenó el entonces procurador Ignacio Morales Lechuga por mi cobertura, fuimos los primeros en tocar el tema tan delicado en un semanario que dirigía y que se llamó Siete Cambio, de las “Violadas del Sur de la Ciudad” que llevó a la detención de la escolta del subprocurador Javier Coello Trejo. Fueron ocho meses de hostigamiento permanente por parte de los señalados y su red de cómplices.
Enfrentamientos con el poder público que no son palabras menores.
Todavía hay quien piensa, quien me dice que Castillejos fue parte del operativo en mi contra, que fue utilizado para “ponerme el dedo”, para despojarme de quienes podían estar presentes, defenderme. Yo prefiero no creerlo.
Contra toda lógica acepté que para la gira de Madrazo Pintado fueran solamente dos elementos a “cuidarme”, uno de ellos sin conocerlo siquiera, por un prurito femenino. Esa es la paradoja más imperdonable de todas.
Lo hice llevada por la eterna lucha interna que mantengo entre tener la razón y fingir que no la tengo, que son los hombres quienes saben mejor qué es aquello que yo, mujer, debo hacer. Me explico, acepté las razones de Castillejos por un complejo feminista al revés, por querer actuar como supeditada, como ignorante, como cualquier otra hembra que gustosa dice “Sí Señor, lo que usted juzgue conveniente, lo que usted piense, lo que usted decida, lo que usted ordene”
Periódicamente, es una larga batalla interna ya lo dije, intento vivir este rol para ahorrarme conflictos irresolubles. Quiero suponer que lo hago harta del rechazo que provoca mi autosuficiencia, o lo que los hombres interpretan como tal.
No estaba de acuerdo pero… quise mantenerme callada para evitar confrontaciones.
Esa noche Madrazo Pintado se subió a la camioneta de Patricio Martínez y el resto de su reducida comitiva, Carlos Armando Biebrich, el presidente del PRI estatal Mario Trevizo, Carlos Jiménez Macias entre otros lo seguimos en otra camioneta suburban. Hubo un recorrido por los parques de la Ciudad, conversaciones cordiales, bromas, llamadas por teléfono de otros miembros del equipo de trabajo de Roberto.
Al llegar al hotel donde pernoctamos, toda su comitiva ya que insisto en puntualizar mi presencia como su invitada especial lo que después pretendió negarse oficialmente, propiedad de Patricio Martínez por cierto, Jiménez Macias me pidió que aceptase la invitación a cenar de los funcionarios priístas locales.
Eso hice, en uno de los restaurantes más populares de la capital del Estado que se llama “Tony’s”. En ningún momento durante la reunión tocamos el tema de mis artículos muy críticos para el gobierno de Martínez. Yo estaba muy cansada porque ese mismo día había volado de la Ciudad de México a Estados Unidos.
Supuse que la cordialidad con la que era recibida en Chihuahua era signo de los nuevos tiempos. Que la cortesía estaba presente por la vigencia del protocolo priísta, yo era la invitada del líder del partido, lo que no es cualquier vacilada. Ya lo había sido de Javier García Paniagua así como de José Antonio González Fernández, pasando por el tiempo de Jorge de la Vega Domínguez y aquel de Fernando Ortiz Arana. Las atenciones especialmente cálidas eran lo normal, incluyendo los libros y los dulces en mi habitación con una tarjeta del gobernador.
Y así, como tal, como aquella que tenía el “honor” de acompañar al líder del partido fui presentada en todos los actos del día siguiente.
En los varios espacios libres, entre acto y acto partidista, se me acercaron periodistas, no sería la primera vez que me entrevistaban. Incluso Jiménez Macias me había pedido que hiciera referencia a la petición de Lolita de la Vega al diputado Trevizo, con motivo de la elección en Ciudad Juárez, para cambiar la línea propanista de sus programas mediante un pago de dos millones de pesos. Lo que mencioné puntualmente.
Los reporteros me preguntaron si seguía pensando lo mismo que había escrito en mi reportaje del año pasado. Respondí lo obvio, que sí. Aunque quise suavizar mi posición agregando que si Patricio aprovechaba mi presencia aquí para mostrarme pruebas en contrario obviamente cambiaría mi punto de vista, pero que hasta la fecha -y esta es la posición que sigo sosteniendo- ninguno de los ahí mencionados había argumentado siquiera en contra de lo escrito. Lo que le otorgaba mayor veracidad a lo publicado.
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Asegura el vocero de “Chito” Solís, David Díaz, interrogado por Nino Canún en su programa radiofónico, en la única declaración que ha hecho, que “Si la aprendieron aquí fue porque se presentó la oportunidad… nosotros no somos autoridad para detener a nadie en el Distrito Federal… no conozco la versión de Roberto Madrazo, eso es una acusación política… supimos que Arvide estaba en Chihuahua por los medios de comunicación, si no la detuvimos cuando estaba con el presidente del PRI es porque la ley no nos obliga… y si Madrazo estaba enterado de la detención no es asunto nuestro”.
La orden de aprehensión en mi contra viene de julio pasado. Es decir de un mes en que tuvimos, en este plural sumo a mi escolta encabezada por Felipe Pérez Carmona, un gran número de incidentes sospechosos, de persecuciones, de “desencuentros” con otros vehículos, de seguimiento de desconocidos, de maniobras que en su momento contabilizamos como “intimidaciones” pero que a la luz de los hechos podrían haber sido parte de una estrategia.
Recibí un aviso en esta conjunción de fechas, de esos “avisos” que amigos o desconocidos generosos me hacen llegar, donde se decía que habían intentado comprar “un contrato” para “eliminarme”. Que les había resultado muy difícil hacerlo hasta que llegaron (no decían quienes eran los autores intelectuales) a un personaje apodado “El Tobi” que tendría relación con los bajos mundos de la policía judicial del distrito federal.
Incluso me describían al sicario “encargado” del contrato, un hombre de aproximadamente 30 años, de apariencia norteña, con el cabello chino, de tez morena que tendría un hermano en la cárcel y que actuaba solitario.
Como un principio existencial este tipo de advertencias los comparto con las autoridades, con algunos amigos por si resultan ciertos, y con el jefe de mi escolta. A continuación, para poder seguir viviendo, para conservar cualquier porcentaje de “salud mental”, los archivo en el bote de basura.
En la coincidencia de fechas, porque no creo en el azar, resulta lógico que en el ejercicio de esta “orden de aprehensión”, con la participación de agentes y/o “madrinas” de la policía judicial del Distrito Federal (los mismos que en esos días intentaron secuestrar a mi hijo Bruno) se provocase un enfrentamiento con la escolta y…
Como no valen los hubiera, sigo viva y confrontando el ejercicio inmoral de este poder.
Más claro imposible.
*****

La pesadilla permanece pero a deshoras, ha invadido mi tiempo productivo y me abandona al dormir. Me mantiene el peor sabor de boca, me inflama el estomago, me produce nauseas y mareos permanentes, me tira el cabello por el suelo de la regadera, me posee como el peor de los amantes para constreñirme a su existencia.
Todo lo que soy, todo lo que no soy gira alrededor de una palabra: cárcel.
En esto consiste mi pasado inmediato, que debo repetir a lo largo del día, de los días nuevos, sin conseguir comunicar su verdadera esencia. Y también de esta materia, de esta verdad está conformado el futuro más inmediato que acecha desde la esquina siguiente. La cárcel es la realidad que debo confrontar.
Todo transcurre alrededor de eso: Ir a la cárcel. Venir de la cárcel. Poder ir a la cárcel. Haber estado en la cárcel.
De hecho estoy, lo ha declarado el señor juez segundo de lo penal del estado de Chihuahua, formalmente presa. Y mi libertad ha dejado de serlo, de pertenecerme como tal para convertirse en condicional. Estoy en libertad mientras ellos quieran.
Y me parece que no están dispuestos a quererlo. Antes al contrario.
Hoy desperté con la certidumbre amarga de que ya estoy condenada. De que debo ir a la cárcel, de que terminaré por ser encerrada en una celda infame intentando no ahogarme de angustia.
¿Por qué? Y aquí, en esta pregunta, de frente a la desvalijadora mayor, a la verdad incuestionable de este destino, es donde surge el verdadero cuestionamiento. Yo hice mi trabajo, sin intención de ofender pero tampoco de halagar a nadie. Investigué, como sé hacerlo por la práctica de tantos años, escudriñé como he aprendido a realizarlo por razones de exigencia profesional. Tuve buenos resultados, un reportaje excelente, tanto así que como directora de un diario lo volvería a publicar un año después. Un tema de controversia, un asunto que despierta interés y que provoca polémica. De eso va el periodismo…
Mis fuentes eran, siguen siendo, de primer nivel. Lo que supe, lo que me mostraron, lo que me dijeron sigue siendo válido. Yo simplemente lo escribí.
El Comité para la Protección a Periodistas, CPJ por sus siglas en inglés, ha lanzado una “alerta mundial” por mi detención. En palabras de su directora ejecutiva, Ann Cooper, si bien los periodistas deben ser responsables por lo que reportean, la persecución criminal a un periodista por hacer su trabajo es una gravísima violación a la libertad de expresión.
De esto va mi trabajo profesional.
No más, no menos.
Esto no tendría por qué ser penalizado. Si lo que ahí se dice era mentira bastaría con aclararlo, con dar pruebas en contrario o con siquiera presentar argumentos. Los periodistas aceptamos equivocarnos pero la realidad no se niega por decreto, no se cancela por la voluntad del poderoso en turno.
Al menos no debería ser así.
En lo personal me importa medio kilo de papas podridas que el señor que me demanda sea un estuche de monerías, un patriarca de la comunidad o un santo de la sociedad elegante. Lo importante es que su nombre aparece en boca de quienes entrevisté, de quienes están enterados de lo que sucede en Chihuahua con relación al narcotráfico, en la tinta de los documentos que me mostraron, que es sujeto de presunciones e investigaciones. Y eso fue lo que escribí. No es mi gana de fregar a nadie, es un mero reportaje periodístico.
Creo que, además, si los señalamientos se refieren a lavado de dinero con demostrar, papeles en mano, estados financieros, comprobantes de pagos de impuestos a Hacienda, cuentas de banco, que no es verdad lo escrito por mí sería suficiente. Los números no mienten.
Corresponde a la autoridad, en su momento, investigar esto.
¿Qué significa ir a la cárcel por haber escrito un reportaje?
De entrada, aunque no fuese yo el protagonista, el sujeto de esta acción, algo inmoral e intolerable. Algo que millones de mexicanos no deberíamos permitir que sucediese.
Y por eso tendríamos que redefinir muchos conceptos. Especialmente aquel de “personaje público” que como tal se ha admitido mi demandante, que permite y consiente un trato, justamente, público de su vida. El de “buen nombre” porque si un nombre se niega, se cancela, se termina por una nota periodística no debe haber sido tal.
Nadie puede sospechar que un árbol de manzanas se convierta en naranjo por así decirlo una nota periodística. Ojalá los reporteros tuviésemos esa capacidad de transformar la realidad en aquello que nombramos, en cualquier sentido.
Si un “buen nombre” resulta dañado por una publicación aislada y un año después se siguen mencionando las sospechas públicas sobre su persona no es, definitivo, por lo que un periodista escribió sino porque la realidad siempre termina por imponerse. Y así, lentamente, va apoderándose de todos los espacios.
Los que hacen cuac cuac cuac y tienen plumas terminan, más temprano que tarde, con el apelativo de patos…
La cárcel no puede, no debe ser el castigo por nombrar la verdad. Ese es el debate, el encuadre legal de la acusación en mi contra. A defenderse el derecho de escribir la verdad de quien sea. Y nadie ha cuestionado que lo firmado por mí sea mentira, el mismo senador Javier Corral ha expresado su más grande aval en declaraciones al periódico Norte de Monterrey. Esta es la primera vez que un periodista es encarcelado por el delito no grave de “difamación”. Y eso sin contar la petición de una compensación económica de 50 millones o los diplomas de academias de modelaje que incorpora a su querella.
Ir a la cárcel por ofender a los poderosos en turno tendría que ser un honor. Y así lo entiende la parte inteligente de mi persona que, absoluto, es la que acabará por imponerse. Estoy dispuesta de ya, con absoluto conocimiento del infierno que me aguarda. Pero eso corresponde a una parte de mi cuerpo.
La otra, la de las emociones, la de las angustias, los bochornos, los miedos, las claustrofobias, las necesidades afectivas no entiende. No sabe por qué debe ser privada del aire, de la luz, de caminar, de ir al cine, del mar, de caminar los parques. Y responde con síntomas muy molestos. Me impide dormir, me quita el sentido de los sabores, me enferma físicamente, me pone a llorar como niña perdida.
Sé que es un ajuste de tiempos. Que terminará por imponerse el adulto que soy, que llevará de la mano a la niña que grita que no, que la deje huir, que le permita llorar, que le conceda su precaria normalidad hasta donde corresponde. Hasta donde la palabra congruencia pueda ponerse sobre cualesquiera que sean las rejas.
Sólo espero que no me lleve mucho tiempo convencerla, después de todo debo viajar a Chihuahua periódicamente para escuchar al juez aunque ya esté juzgada y sentenciada de antemano… Y para hacerlo debo dejar a la niña encerrada en casa.
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Los señalamientos contra la impunidad, además, deben ser tan necios como sea necesario. De otra manera estaríamos, los periodistas, cayendo en trampas de complicidad con las autoridades, con los criminales.
Además de hacer hincapié en que ninguno de los ahí mencionados, excepción del señor Sotelo que murió acribillado, ha sido borrado de los documentos de inteligencia que se refieren al narcotráfico en esa entidad. No, al menos, en los que tienen mis fuentes de información sobre sus escritorios. Los ahí aludidos, una vez más, guardaron silencio. No hubo aclaración alguna de su parte, ni oficial ni extraoficialmente.
Para su posterior análisis habría que añadir la referencia, revire en cuanto a su contenido, a la inocencia de Francisco Barrio.
Siempre y cuando se entienda que ésta viene certificada por un documento que hicieron llegar a mis manos, que tiene todo para ser auténtico, fuentes de información que siguen siendo confiables.
Si a mí me preguntasen, como analista de la realidad nacional y que ha pasado mucho tiempo en Chihuahua, diría que mi punto de vista sobre Francisco Barrio es muy complejo. A todos les consta las innumerables publicaciones que vinculan a su hermano con personas, con intereses muy poco limpios.
Uno puede creer, querer creer que Barrio es un norteño limpio que no ha estado vinculado jamás con las inmensas redes de complicidad con el narcotráfico que existen en esa frontera. Sin embargo hay testimonios, también confiables, de su intervención directa ante el procurador Jorge Madrazo Cuellar a favor de la familia Zaragoza Fuentes que tiene, todavía, varias investigaciones abiertas en Estados Unidos por negocios de tráfico de droga.
Y ahí está, en la segunda apertura del caso de los desaparecidos cuya investigación dirigiese Jorge Castañeda Espinosa de los Monteros, como indiciado en varios expedientes por haber dicho a los familiares de desaparecidos que estos eran parte de un programa de testigos protegidos en Estados Unidos. No puede decirse, bajo ningún concepto, que he sido como periodista otra cosa que muy severa en mis juicios contra Barrio Terrazas, especialmente al señalar sus expresiones frente a las muertas de Juárez como puede constar a quien quiera revisar mi archivo.
Nunca, además es oportuno decirlo, he tenido una relación siquiera medianamente amistosa con el actual Contralor. En la práctica mi amigo más querido y respetado entre los panistas, Diego Fernández de Cevallos no es del ámbito cercano al exgobernador de Chihuahua, menos podría pensarse que está de acuerdo con sus afanes futuristas. Sí, en cambio, tengo muchos amigos comunes con Patricio Martínez.
Pero para descargo de Francisco Barrio yo no fui encarcelada durante su gobierno ni por sus procuradores, fuesen Francisco Molina Ruiz o Arturo Chávez Chávez, ambos muy criticados en muchos de mis artículos, también señalados en el expediente de Heidi Slauquet, ambos con una cita ministerial federal pendiente para explicar deficiencias y mentiras en la investigación.
Mentiría si dijese que recibí una llamada, un ramo de flores, cualquier gesto por parte de Barrio. Ni cuando publiqué esta exculpación ni al regresar de la cárcel de Chihuahua.

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