La Carcel

La pesadilla permanece pero a deshoras, ha invadido mi tiempo productivo y me abandona al dormir. Me mantiene el peor sabor de boca, me inflama el estomago, me produce nauseas y mareos permanentes, me tira el cabello por el suelo de la regadera, me posee como el peor de los amantes para constreñirme a su existencia.
Todo lo que soy, todo lo que no soy gira alrededor de una palabra: cárcel.
El pasado inmediato, de días, que debo repetir a lo largo del día, de los días nuevos, sin conseguir comunicar su verdadera esencia. El futuro más inmediato que acecha desde la esquina siguiente es la realidad que debo confrontar.
Todo transcurre alrededor de eso: Ir a la cárcel. Venir de la cárcel. Poder ir a la cárcel. Haber estado en la cárcel.
De hecho estoy, lo ha declarado el señor juez, formalmente presa. Y mi libertad ha dejado de serlo, de pertenecerme como tal para convertirse en condicional. Estoy en libertad mientras ellos quieran.
Y me parece que no están dispuestos a quererlo. Antes al contrario.
Hoy desperté con la certidumbre amarga de que ya estoy condenada. De que debo ir a la cárcel, de que terminaré por ser encerrada en una celda infame intentando no ahogarme de angustia.
¿Por qué? Y aquí, en esta pregunta, de frente a la desvalijadora mayor, a la verdad incuestionable de este destino, es donde surge el verdadero cuestionamiento. Yo hice mi trabajo, sin intención de ofender pero tampoco de halagar a nadie. Investigué, como sé hacerlo por la práctica de tantos años, escudriñé como he aprendido a realizarlo por razones de exigencia profesional. Tuve buenos resultados, un reportaje excelente, tanto así que como directora de un diario lo volvería a publicar un año después. Un tema de controversia, un asunto que despierta interés y que provoca polémica. De eso va el periodismo…
Mis fuentes eran, siguen siendo, de primer nivel. Lo que supe, lo que me mostraron, lo que me dijeron sigue siendo válido. Yo simplemente lo escribí.
De esto va mi trabajo profesional.
No más, no menos.
Esto no tendría por qué ser penalizado. Si lo que ahí se dice era mentira bastaría con aclararlo, con dar pruebas en contrario o con siquiera presentar argumentos. Los periodistas aceptamos equivocarnos pero la realidad no se niega por decreto, no se cancela por la voluntad del poderoso en turno.
Al menos no debería ser así.
En lo personal me importa medio kilo de papas podridas que el señor que me demanda sea un estuche de monerías, un patriarca de la comunidad o un santo de la sociedad elegante. Lo importante es que su nombre aparece en boca de quienes entrevisté, de quienes están enterados de lo que sucede en Chihuahua con relación al narcotráfico, en la tinta de los documentos que me mostraron, que es sujeto de presunciones e investigaciones. Y eso fue lo que escribí. No es mi gana de fregar a nadie, es un mero reportaje periodístico.
Creo que, además, si los señalamientos se refieren a lavado de dinero con demostrar, papeles en mano, estados financieros, comprobantes de pagos de impuestos a Hacienda, cuentas de banco, que no es verdad es suficiente. Los números no mienten.
Corresponde a la autoridad, en su momento, investigar esto.
¿Qué significa ir a la cárcel por haber escrito un reportaje?
De entrada, aunque no fuese yo el protagonista, el sujeto de esta acción, algo inmoral e intolerable. Algo que millones de mexicanos no deberíamos permitir que sucediese.
Y por eso tendríamos que redefinir muchos conceptos. Especialmente aquel de “personaje público” que como tal se ha admitido mi demandante, que permite y consiente un trato, justamente, público de su vida. El de “buen nombre” porque si un nombre se niega, se cancela, se termina por una nota periodística no debe haber sido tal.
Nadie puede sospechar que un árbol de manzanas se convierta en naranjo por así decirlo una nota periodística. Ojala los reporteros tuviésemos esa capacidad de transformar la realidad en aquello que nombramos, en cualquier sentido.
Si un “buen nombre” resulta dañado por una publicación aislada y un año después se siguen mencionando las sospechas públicas sobre su persona no es, definitivo, por lo que un periodista escribió sino porque la realidad siempre termina por imponerse. Y así, lentamente, va apoderándose de todos los espacios.
Los que hacen cuac cuac cuac y tienen plumas terminan, más temprano que tarde, con el apelativo de patos…
La cárcel no puede, no debe ser el castigo por nombrar la verdad. Ese es el debate, el encuadre legal de la acusación en mi contra. A defenderse el derecho de escribir la verdad de quien sea. Y nadie ha cuestionado que lo firmado por mí sea mentira, el mismo senador Javier Corral ha expresado su más grande aval. Primera vez que un periodista es encarcelado por el delito no grave de “difamación”. Y eso sin contar la petición de una compensación económica de 50 millones o los diplomas de academias de modelaje que incorpora a su querella.
Ir a la cárcel por ofender a los poderosos en turno tendría que ser un honor. Y así lo entiende la parte inteligente de mi persona que, absoluto, es la que acabará por imponerse. Estoy dispuesta de ya, con absoluto conocimiento del infierno que me aguarda. Pero eso corresponde a una parte de mi cuerpo.
La otra, la de las emociones, la de las angustias, los bochornos, los miedos, las claustrofobias, las necesidades afectivas no entiende. No sabe por qué debe ser privada del aire, de la luz, de caminar, de ir al cine, del mar, de caminar los parques. Y responde con síntomas muy molestos. Me impide dormir, me quita el sentido de los sabores, me enferma físicamente, me pone a llorar como niña perdida.
Sé que es un ajuste de tiempos. Que terminará por imponerse el adulto que soy, que llevará de la mano a la niña que grita que no, que la deje huir, que le permita llorar, que le conceda su precaria normalidad hasta donde corresponde. Hasta donde la palabra congruencia pueda ponerse sobre cualesquiera que sean las rejas.
Sólo espero que no me lleve mucho tiempo convencerla, después de todo llego a Chihuahua juzgada y sentenciada de antemano…

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