El Miedo

Intento escribir. Me duelen de pronto los dedos. Una parte de mí me ha mantenido en silencio estos días, lejos de la pantalla que todo lo dice por mí. El espejo que magnifica la vida ha estado intencionalmente apagado. Es que duele.
Sorprende tanto como enfrentar mi imagen en la pantalla de la televisión, junto a la inmensa generosidad de Ciro Gómez Leyva. Estoy ahí, con el micrófono colocado y las pestañas ennegrecidas por el maquillaje que han colocado sobre la máscara que es mi rostro, intentando disimular las huellas. Estoy ahí, a punto de entrar al aire, cuando me veo llorando, sorbiendo el aire, asustada.
Me habían dicho que quedaba en libertad bajo fianza. Hasta ese momento lloré. Pero no es, no podría serlo dadas las condiciones de ilegalidad y cobardía extrema que rodean el juicio que deberá seguirse, el final.
Era un descanso. Uno de esos instantes en que puedes salir a la superficie del agua para tomar aire y no ahogarte.
Antes el desprecio de Roberto Madrazo que no tiene otra traducción que la vileza. Me oigo tartamudear sin poder hilvanar otra frase más allá del “pensé que iban a matarme”. Me veo con la ropa que tuve puesta dos días, desde la primera hora en que desayuné en la mesa de honor del presidente del Cen del PRI, después de la presentación del diputado Mario Trevizo, antes de salir del brazo de Roberto al siguiente evento multitudinario.
Soy yo debo admitir. Pero es como si fuese otra. Me desdoblo en sentimientos encontrados, algo dentro de mí se rompió para siempre con el sonido del cerrojo, del candado puesto sobre la puerta que me encerraba. Que me convertía no solamente en presa, sino en víctima.
Recojo los sentimientos de la larga noche del horror. Me veo a mí misma sin nada en las manos, sin otro bien que mi palabra suplicante, que mi humillación extrema ante los custodios para que me permitiesen hablar. Una llamada para que quedase constancia.
Estaba tan cierta, tan convencida de que me iban a matar.
Al pasar lista, porque de la nada había pasado a ser una interna, una castigada, una reclusa, una protagonista del horror de la cárcel que debía contestar con su apellido materno parada firme en la puerta de su celda, le pedí a una de las reclusas una pluma, un lápiz, un papel. Cualquier cosa donde pudiese dejar testimonio.
Todos mis esfuerzos eran para que después, cuando estuviese muerta, alguien tuviese una prueba. Para que no ganase la infinita impunidad.
Doble la hoja rayada, después de oír que les habían prohibido hablarme. Era tan obvio. Pensé en ocupar solamente una cuarta parte para que en la madrugada tuviese otro espacio donde escribir, en la madrugada que vendría con ellos.
La tinta azul dice: “Ya llegué a la celda. Fin del primer horror. Estoy temblando, la garganta seca, el corazón se me sale, tomo aire, tengo sed, el miedo es indescriptible, me van a matar… tengo que encontrar el orden, saber qué hacer. No debo sentir. Bloquear mis sentimientos. Respirar contra la angustia como en los partos. Aquí me voy a quedar toda la noche y no puedo cerrar los ojos. No pueden vencerme, solo estoy encerrada, es una prisión de fuera, que está fuera de mí, comienzo a toser… Bruno diría que debo ver al médico, no puedo pensar en mi hijo, no puedo llorar, debo viajar. Primero ir hacía dentro de mí para tomar control”.
Respiraba para evitar la angustia, para no sentir las paredes prensarme, para no golpear la puerta y aullar de dolor. El miedo debía esperar, pensé en el mar, en un cuerpo amado sobre mí hace años, en un cuerpo hermoso bajo mí hace días, en cualquier cosa que me devolviese mi contacto con el mundo, con todo aquello que me pertenecía antes de que llegasen por mí, de que me jalonearan fuera de la seguridad.
Me prohibí ver la hora. No sentir el paso del tiempo. Esperar por ellos. ¿Qué sería mejor, dejarme ir, no presentar resistencia? Recordé la conversación reciente donde nadie examinó los cuerpos de las mujeres asesinadas… ¿cómo conseguir que hubiese pruebas?
Comencé a pensar que afuera algo debía moverse, alguien tendría que imaginar que estaba en sus manos, que darse cuenta de sus planes y detenerlos. Así fue, sabría al día siguiente sentada en el suelo frente a quien podía contarme todo…
Pero esa noche el miedo.
“El alivio del cansancio” escribo en mi libreta que han dejado pasar por ordenes de Marta Terrazas. No estoy a salvo, ella ha dicho que vino a titulo personal, no me permitieron hablar del teléfono del penal, nada dará testimonio de mi estancia aquí. Sigo encerrada pero con la luz prendida. Son casi las tres de la mañana, me lavo los dientes, tomo agua de una botella que me entregó y agradezco el privilegio a quien corresponda. Agua después de tanto tiempo.
Hago un esfuerzo por no regresar al ofrecimiento del gobernador Patricio Martínez, por no tentarme con su gracia que se llevaría mi dignidad entre los zapatos. La ofensa se encima a todo. El miedo ha sido castigado, lo he enviado al rincón de enfrente. Ahora tengo una toalla, papel de baño, un jabón. Y el libro que iba a terminar de leer en mi vuelo de regreso, los testimonios de Blancornelas sobre el narcotráfico, acaricio su fotografía en la solapa, estoy cierta que ayudará a mi hijo después. No quiero apresurarme en su lectura, sigo decidiendo qué debo hacer cuando lleguen por mí. Ordenando a mi cuerpo que se calme para poder pensar, para decidir con inteligencia como defenderme cuando llegue la hora.
Me quite los lentes de contacto. Me molesta la inutilidad física, saberme discapacitada y en desventaja. Hace mucho calor. Huelo mal, un olor que me acompañará eternamente. Un sudor denso y rancio que todo lo llena. Me sé, me veo encerrada pero casi logro vencer la claustrofobia. Pienso en mi maestro de buceo llevándome de la mano a las profundidades del mar despacio. Es cuestión de olvidar.
Son las cinco y media de la mañana, estoy presa. Encerrada en el espacio mínimo a contabilizar, el calor es asfixiante, debo tener bochornos, se supone que esto sea un castigo pero yo no he hecho nada. No he tenido siquiera una infracción de tránsito. Espero que pronto pasen lista, que abran la puerta para que pueda respirar, la celda se convierte en un ataúd en vida… quiero hablar a Bruno, que mi hijo me consuele… tengo miedo del después de esta llamada, de qué siga durante el día en la eternidad del tiempo detenido en mi celda. Tengo miedo de no poder afrontar la cárcel, de volverme loca y comenzar a gritar, de extraviarme en mis viajes internos en la búsqueda de un abrazo antiguo que perdí para siempre.
Tengo miedo de salir libre y que me estén esperando para matarme.
Tengo miedo. Tengo miedo de asustarme y volverme pequeña, frágil. Tengo miedo del miedo.

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