La Congruencia de Marcelo

No es la primera vez que matan a un policía.
Tampoco es la primera en que un funcionario público se compromete a no tolerar la impunidad del crimen.
La diferencia se apellida Ebrard.
Y aquí sí que se vale señalar la historia personal como ejemplo inequívoco de lo que es, lo que debe significar el vocablo “congruencia”. Porque si alguien es fiel a sí mismo, a lo que considera vital, a sus principios es el titular de seguridad pública del gobierno de la Ciudad de México.
De ahí que, además, sus “pleitos” sean al costo más alto, que su posición sea innegociable. Como sucede en su enfrentamiento con los banqueros a quienes los va a obligar a pagar las medidas de seguridad indispensables en las sucursales bancarias o, como bien aseguró, habrá de dejar su puesto.
No se trata de “enchílame otras”, solamente en nuestro país los bancos están desprotegidos, no cuentan con instalaciones modernas, con detectores de armas, con puertas especiales, con todo aquello que la tecnología moderna proporciona para cuidar las vidas de sus clientes y, por lo visto, también de los policías.
La pinza con la que Ebrard Casaubon piensa combatir la inseguridad en la Ciudad de México es muy simple: cero tolerancia a la impunidad criminal y defensa de los policías comprometidos con la ciudadanía.
Esto último es vital.
Significa el cambio mayor en la manera en que las autoridades perredistas, es decir aquellos que más cerca pretenden estar del pueblo, comprenden el servicio público. Que significa, antes que nada, respetar a quienes defienden las vidas ajenas con el costo de las propias. No más, no menos.
De ahí que haya resultado singular en extremo la decisión de Marcelo Ebrard para que se realizase un homenaje de cuerpo presente, con la bandera sobre los féretros, a los policías brutalmente asesinados la mañana del martes en una sucursal de Bancrecer en Iztapalapa.
Poco puede animonar el dolor ante la perdida de un padre, de un marido, de un hijo, de un hermano. Pero dentro de eso lo que otorga significado a la existencia de los muertos es, justamente, la generosidad con que Ebrard entendió su sacrificio. Para ellos, para quienes lloraban vestidos de luto por sus muertes, habrá consuelo en la ceremonia luctuosa que se merecieron.
Esto, tan sencillo, tan simple, tan de elemental solidaridad con los servidores públicos uniformados, es excepcional. Cada día nos enteramos de la muerte de policías de otras instituciones que no se merecen siquiera una esquela, menos todavía la presencia de sus jefes en su funeral.
Poco podremos pedirles los ciudadanos a quienes no honramos, a aquellos que no respetamos, a los policías.
Los dueños de los bancos, esos señores que inmoralmente se han enriquecido con los intereses que cobran a su clientela, con sus negocios multimillonarios en dólares bajo el amparo de leyes corruptas que los favorecen como en el caso de la venta de Banamex, tendrían antes que ningún otro la obligación de rendir homenaje a estos policías, de ver por sus viudas, por sus hijos.
No es así, como tampoco han aceptado cumplir con su responsabilidad de proporcionar otras medidas de seguridad en sus establecimientos. Por lo tanto, con un respaldo inmenso de Andrés Manuel López Obrador, Ebrard tiene toda la fuerza moral para exigir a la Secretaría de Hacienda que proceda a clausurar sucursales bancarias.
De eso trata gobernar después de todo. De vincularse intelectual y prácticamente con las necesidades del pueblo. De comprometerse a fondo para obligar a los protagonistas a cumplir con su parte. De congruencia entre el decir y el hacer. De darle nombre y apellidos a cada cual, de poner la bandera nacional (con el escudo completo) sobre los cuerpos acribillados de servidores públicos ejemplares.
Tal vez este sea, como pocos, el principio del cambio que tan manoseado ha estado por los intereses políticos de otros grupos de poder.

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