La Persecución Vino del General Cervantes Aguirre

* Reviven Intencionalmente el Caso Liebano
Una nota en el diario Reforma del lunes primero de abril del 2002, firmada por Roberto Zamarripa en su página editorial, podría marcar el inicio de la nueva guerra contra Liébano Sáenz.
Y tal vez contenga la explicación de los resquemores de los militares, encabezados por Enrique Cervantes Aguirre, sobre todo aquello que pueda decir desde Almoloya el general Jesús Gutiérrez Rebollo. El gran miedo que han comenzado a demostrar ante la posibilidad de que se descubra su verdad.
Afirma el analista que los expedientes no están cerrados. Sin embargo hace meses la PGR buscaba afanosamente el paradero de la investigación realizada contra Liébano, que habría desaparecido del escritorio del Procurador Madrazo Cuellar.
O sea que la intención, política además de todo, es mantener abierto este expediente que, legalmente, tendría que estar cerrado.
Incluso que jamás debió abrirse. No saben, en verdad, que gran Caja de Pandora están a punto de estallar.
“El caso Liébano, referido a la investigación del secretario particular del entonces presidente Ernesto Zedillo por sus presuntos vínculos con el narco, fue llevado con sigilo mientras que de los enemigos del Presidente como Mario Villanueva hasta escarnio se hizo” asevera Zamarripa, lo que es absolutamente cierto. solamente una mitad.
Porque si la memoria es precisa fue con la peor mala leche que se filtró en su día dicha investigación.
Pero lo más importante se le escapa al señor Roberto Zamarripa, y no tendría por qué ser de otra manera, ya que lo que originó dicha investigación no fue un sobre cerrado, sin remitente, con parte de una investigación policíaca o informe militar sobre presuntas vinculaciones con el narcotráfico sino parte del expediente del encarcelamiento del general Gutiérrez Rebollo.
Esto es vital.
Se pregunta Zamarripa: “¿Así llegan estas revelaciones anónimas al secretario particular de un Presidente que todos los días ve informes del Cisen actualizados? ¿Qué en las reuniones del Gabinete de Seguridad Nacional nunca comentaron este asunto?”
La respuesta es no. Porque yo fui, primera persona del singular, quien se lo envié a Liébano Sáenz.
Y a mis manos llegó al día siguiente del interrogatorio en la PGR, antes de la presentación del general en Almoloya, por un amigo ahí presente.
O sea, para que nos permita comprender la magnitud de los hechos, que se pretendió intencionalmente incluir en el caso armado contra Gutiérrez Rebollo una información que, en teoría, él habría hecho llegar al general Enrique Cervantes Aguirre el 5 de diciembre de 1995, dos años antes de su detención.
Grave en todo sentido.
Pero mucho más cuando se agrega a lo anterior la información de que meses antes, en octubre de 1996, fue detenido y torturado el jefe de la escolta de Liébano por instrucciones personales del titular de la Sedena.
Gerardo Cruz Paredes todavía paga la cuota de su destino, de estar en el momento equivocado con la persona errónea, en Almoloya. Sentenciado como “sicario de los hermanos Arellano Félix”, inmoralmente declarado inocente de un crimen para, a continuación, ser acusado de otro y condenado a 40 años de prisión.
De ese tamaño era la bárbara pretensión del general Enrique Cervantes Aguirre contra Sáenz.
Que, al menos, habría tolerado el jefe de ambos, Ernesto Zedillo Ponce de León. ¿A cambio de su silencio respecto a la vinculación de su familia política con el cartel de los hermanos Amescua en Colima? ¿Por impunidad para sus hermanos incómodos? Los mexicanos, se puede deducir, no tenemos derecho a conocer la verdad.
Sigamos con Zamarripa: “No era un informe policíaco lo que había recibido sino la fotocopia de la última página de un informe. sobre revelaciones del subteniente Francisco Corona, desertor del Ejército”.
Esto es igualmente importante.
Lo que yo le mandé, en sobre con remitente, a Liébano Sáenz es parte del expediente civil contra Gutiérrez Rebollo, basado inconcebiblemente en sus propias investigaciones, o en lo que presuntamente serían estas. En largas conversaciones en Almoloya, incluso antes de estos encuentros, jamás le he escuchado palabra que incrimine a Sáenz, al contrario.
Pero lo del subteniente Corona es todavía más delicado porque se trata del “Negro Corona” una militar que llegó a estar muy cerca de Amado Carrillo, al que Gutiérrez Rebollo (Como consta en mi libro a punto de entrar a imprenta “La Corrupción de las Águilas”) habría convencido de convertirse en informante.
Lo que es en sí el mayor absurdo. Porque se acusa a Liébano con testimonios de un exmilitar al servicio de Gutiérrez Rebollo, justamente en contra de Amado Carrillo de quien, al menos oficialmente, habría sido protector el general preso en Almoloya. ¿En qué quedamos?
No terminan aquí los absurdos. Porque Gutiérrez Rebollo ha dado fechas y circunstancias contundentes de las tres ocasiones, a finales de 1995, en que el ahora general Moisés García Ochoa, secretario particular del titular de la Sedena general Vega García, dejo escapar en tres ocasiones al “Señor de los Cielos” cuando el mismo subteniente Corona lo iba a entregar. Son muchas coincidencias.
Esta es parte de la gran madeja de incoherencias e inmoralidades que todavía no se pueden analizar.
Afirma Roberto Zamarripa, a quien le llegó el expediente que la PGR daba por desaparecido el año pasado, que: “Independientemente de la veracidad del documento, lo extraño del asunto es por qué desde entonces, desde 1995, no se hizo una investigación al respecto”.
Yo, personalmente, creo que dichas tarjetas de información no existieron.
Pero lo que sí puede documentarse es la persecución personal y extralegal del general Cervantes Aguirre, tal vez negociada con el poder presidencial, contra Liébano. Que provocó la tortura, el encarcelamiento del jefe de su escolta, siempre con la intervención directa del general Moisés García Ochoa que tiene en su haber la huída de otros narcotraficantes como el “Güero Gil”.
Y la clave de todo esto puede estar, definitivo, en la cifra de 60 millones de dólares que, fortuitamente, Cervantes Aguirre adjudica a declaraciones contra Liébano, siempre en el texto de Zamarripa: “También notifican que en la investigación Previa PGR/UEDO/056/98 Jaime Olvera quien fuera lugarteniente de Amado Carrillo declaró el 18 de abril de 1998 que en la casa de Bosques de Ciruelos 69, Bosques de las Lomas, hubo varias reuniones de capos. Según Olvera, Carrillo Fuentes dijo que Liébano Sáenz había aceptado la oferta de 60 millones de dólares que serían entregados a unos abogados de su confianza”.
En realidad, siempre de acuerdo con el testimonio del general Gutiérrez Rebollo, esos 60 millones eran el pago para la reunión entre Amado Carrillo y los hermanos Arellano Félix que haría el general Cervantes Aguirre para definir las reglas de su operación en el narcotráfico. Incluso afirma que los treinta millones de dólares del Cartel de Juárez salieron de una casa de Bosques de las Lomas para ser entregados al general Cervantes Aguirre en una “patrulla de la policía federal de caminos adscrita a Los Pinos”.
¿Iba en la “Polla” el entonces primer mandatario?
El subteniente Corona, que después de los intentos abortados de entregarle a los militares a Amado Carrillo fue asesinado por este Cartel, afirmó que González Quirarte le habría dicho a su vez que: “Amado Carrillo lleva buena relación con el licenciado Liébano Sáenz ya que Amado apoyó económicamente durante la campaña del candidato a la Presidencia, doctor Ernesto Zedillo”
¿Amado Carrillo como benefactor de la campaña presidencial? Lo que se dijo mucho fue al contrario, que Ernesto Zedillo habría recibido dinero del Cartel de los Hermanos Arellano Félix y que este le fue entregado, personalmente, durante su primera gira a Tijuana por el entonces “Yanqui”, o sea el subdelegado de la policía judicial federal en la entidad, Isaac Sánchez, que incluso fue mencionado como posible director de la policía judicial federal antes de ser asesinado oportunamente en las inmediaciones de la PGR meses después de iniciado el gobierno anterior.
Esta no es sino una más de las interrogantes pendientes de resolver. De esos “expedientes que no están cerrados” a los que tal vea no se refiera Roberto Zamarripa.

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