General Jesús Gutiérrez Rebollo

* “cervantes Aguirre Iba a Recibir 60 Millones de Dolares por la Reunión Entre los Arellano Felix y Amado Carrillo… Parte de Ese Dinero se Transportó en Una Patrulla de la Policia de Caminos Asignada a los Pinos”:
Tal vez ha subido un poco de peso, seguramente lleva en su piel imbricada la huella de la amargura, pero nada de su apariencia física habla de los cinco años transcurridos encarcelado, ante todo sigue siendo un militar que estructura su vida en las normas de disciplina que lo han acompañado siempre.
No un militar del montón, porque el general Jesús Gutiérrez Rebollo sigue actuando como un jefe, como quien es dueño del espacio que lo circunda y hasta del aire que respira, diría incluso que del tiempo. Nada de Almoloya, ni su infinita agresión de rejas ni la humillación permanente de la vigilancia, parece agobiarlo. Simplemente no es su tema, no es lo que habrá de ocuparlo durante las largas horas de nuestros encuentros.
Viste el uniforme beige de la prisión como si fuese, una vez más, la obligación a cumplir. Se acomoda la chamarra, se quita la gorra, se ajusta el cuello de la camisa como si se tratase de otra guerrera, tal como si las condecoraciones y las insignias estuviesen ahí, frente a los ojos de todos. Se sabe, se mantiene como un general. Eso es lo más importante a decir, y obviamente lo que no dice. Tal vez por obvio.
A ratos, por minutos cálidos de nuestras largas conversaciones, recorrimos los caminos de la anécdota castrense, de esos cuentos que sólo los hombres del uniforme repiten en sus charlas de sobremesa. Nos reímos con las memorias convergentes de personajes que tienen su nicho entre los jefes castrenses de su generación. Nos trasladamos a tiempos propicios como si todo se hubiese detenido en enero de 1997.
¿Y la amargura, el dolor, la ausencia, la rabia, el rencor, la venganza? Simplemente permanecieron ausentes, prohibida la entrada al banquete de palabras en que la realidad, lo que para Gutiérrez Rebollo es la verdad, sólo tenía un tiempo: el anterior a su confinamiento.
¿Puede un hombre que no tiene dinero para pagar a un abogado, a lo que él califica como un “buen abogado”, que logre tramitar el amparo que justifican las graves anomalías en sus juicios ser el narcotraficante que magnificaron los medios?
“Soy un narcopendejo, eso tengo que ser porque no tengo dinero… o si prefiere, para no oírme tan fuerte, soy un narcofilántropo. Estoy condenado a cuarenta años de prisión por cohecho pero no dijeron, no pueden decir en qué consistió” cuenta desde la rectitud de su espalda, desde los ojos que miran directos a través de los cristales de unos lentes que le quedan grandes, la única armazón que le permiten usar.
Una y otra vez, como si fuese un interrogatorio a compartir, frente a un imaginario auditorio regresamos a su caso. Una y otra vez le pregunté si me ocultaba algo, si hubo otras razones para su debacle. De igual forma, una y otra vez, tuvimos que coincidir en bordear lo posible, en referirnos a lo que pudo haber estado detrás de…
Han pasado más de cinco años, general, insistí. Ha tenido tiempo suficiente para meditar en los motivos que lo trajeron aquí… “Pudo haber sido lo de la reunión, que yo estaba enterado de que se iban a reunir Amado Carrillo y los Arellano Félix, con la participación de Benjamín, que todo se había arreglado en la oficina del general Cervantes Aguirre e iba a costarles sesenta millones de dólares”
O sea, me explica, que se iban a poner de acuerdo para trabajar conjuntamente. Cada uno de los carteles pagó su parte de la “polla” para pagarle al entonces titular de la Sedena: “al menos, que yo me enteré, el dinero de Amado salió de una casa de Las Lomas en la cajuela de una patrulla de caminos que venía de Los Pinos”.
La versión suena muy fuerte, insisto en preguntarle cómo se supo que esa patrulla era, precisamente, de Los Pinos: “están asignadas, son permanentes y por los números se supo a dónde pertenecía… eso pudo ser lo que no debía saber, esa es seguramente la razón de las visitas de Eduardo González Quirarte a la Defensa Nacional a finales de 1996 y principios e 1997, están documentadas tres de estas… usted conoce bien, cree que hubiese podido entrar siquiera a la Defensa sin autorización del Secretario, ahora salen con que lo recibió Salinas Altés sin saber quién era, en el tercer piso hágame el favor”.
El general Gutiérrez Rebollo ser refiere a uno de los coacusados en su expediente como narcotraficante, ya muerto, y que habría sido su contacto con Amado Carrillo para brindarle protección a ese grupo criminal. Con su costumbre de llamar por su apellido a los militares sólo menciona el apellido de quien entonces era jefe de Estado Mayor de la Defensa Nacional, posición que en los hechos es la segunda de importancia, general de división Juan Salinas Altés.
La oficina del jefe del estado mayor de la Defensa Nacional, como ha sido al menos en los últimos cuatro sexenios, está prácticamente continua a la del titular de la Secretaría. Los sistemas de seguridad son, ancestralmente, inviolables. Nadie que no tenga cita previa puede pasar, ningún civil transita libremente por esas instalaciones, los filtros son infranqueables, de donde resulta creíble su versión de que realmente el narcotraficante, que Gutiérrez Rebollo habría usado como uno más de sus informantes durante el tiempo que fue comandante de la Quinta Región Militar en Jalisco, habría acudido a la oficina del general Cervantes Aguirre. Previa cita.
En estos encuentros se habría pactado el precio del encuentro entre ambos carteles.
Gutiérrez Rebollo supone, a más de cinco años de distancia del escándalo que cambiase radicalmente su vida, que estar enterado de esto fue la razón de lo que llama “su persecución”. Proceso plagado de irregularidades que resultan dignas de una novela fantástica.
Antes del encuentro en Almoloya habíamos hablado por teléfono, habíamos intercambiado cartas, me había hecho llegar documentos… Y, todavía más extraño, antes de que llegase a prisión sólo nos habíamos encontrado una vez en su oficina de la PGR. Le recuerdo esa mañana, de qué manera lo sentí enfadado en su nuevo puesto, a disgusto por su nombramiento en una oficina civil… “Si ni siquiera para la campaña de Miguel de la Madrid acepté el ofrecimiento de mi general Galván para irme con los políticos… no me gustaba la PGR pero pensé que en seis meses podía limpiarlo todo, meter a la cárcel a los importantes y cuando mucho en un año regresarme”
Y entonces qué… pregunto sabiendo su respuesta. Como puede leer en mis ojos la trampa, asienta: “usted sabe, para qué me pregunta”. Entonces, le digo, quería regresar al activo para aspirar a ser Secretario de la Defensa Nacional. No espera que termine mi frase: “Aspirar legítimamente, había cumplido todos los requisitos, como me dijo un día mi general Riviello no me habían mandado nunca a flojear ni a ganar dólares, siempre estuve en los primeros lugares de resultados, en todas las comisiones que recibí, yo agarré a todos, ya se les olvidó qué fue lo que hice en 43 años de vida militar, eso era lo que seguía, aspirar a ser Secretario”.
Recuerda que la primera vez que sintió una mirada de disgusto por parte del general Cervantes Aguirre fue cuando lo llamó a su despacho para informarle que se iba a la PGR como responsable del combate al narcotráfico, tampoco él quería que Rebollo llegase a esa oficina.
“Pero yo sabía cómo, yo había aprendido ya cómo hacerle… aquello era una mierda, había corrupción en todos lados… todos estaban coludidos, menos Madrazo que era el gato de Cervantes… Navarrete Prida, Samuel González, el mismo Izabal que quería que yo firmase que había recibido tres millones de dólares, dinero gringo para un operativo en Tijuana que no me entregaron sólo querían que firmase de recibido… se imagina si hubiese aceptado cómo me hubiese ido… si yo no recibí el dinero cómo iba a firmar, pero así es como se hacía todo y luego decían en las juntas aquí el general tiene conocimiento de esto hasta que me cansé y les dije, a todos, que no, que yo no tenía ningún conocimiento de sus… hasta esa muchacha Gloria, la jefa de prensa quería meterse… la verdad es que yo me volví muy incómodo para todos, para Cervantes, para Madrazo, para el Presidente Zedillo”
Interrumpo para preguntarle sobre los supuestos nexos de Nilda Patricia con los Amezcua, con el Cartel de las Anfetaminas que operaba en Colima. Responde Rebollo, como si fuese algo ajeno, que ahí quedaron las pruebas, las grabaciones: “Mire, en verdad, yo no tuve tiempo de terminar de investigar… su familia, el suegro del Presidente se reunía con ellos, yo tenía información, había comenzado a buscarle…”
Insisto en mi pregunta primera: “¿Fue por eso que lo detuvieron?” Tal vez, me responde: “Tal vez también fue por eso. A lo mejor Cervantes quería quedar bien con el Presidente, usted lo conoce bien, yo nunca busqué los reflectores, Cervantes siempre quería quedar bien, con el Presidente, con los gringos, ahí está su afán de poder”
También ahí está la acusación, el expediente, la condena por “tráfico de drogas, abuso de autoridad y enriquecimiento ilícito”. Y una vez más, el largo relato pormenorizado de su detención, de cómo aceptó voluntariamente ser internado en el Hospital Militar “no me iban a temblar las corvas”… Volvemos a repasar lo que es historia pública ya, excepción de un recuerdo que lo acompaña: “Yo sentía que me moría por los medicamentos que me habían puesto, estaba muy mal cuando abrí los ojos y vi a Cervantes, pidiéndome perdón, diciendo que me iba a mandar al extranjero porque ya investigamos”.
Esa noche, me dice Rebollo en su calidad de interno de la prisión de máxima seguridad de Almoloya, todavía bajé a decirle al chofer que le avisara a la señora que no iba a llegar a dormir…
“Yo estaba en el activo… por qué me iba a juzgar la justicia civil… no tuve abogado en mis primeras declaraciones aunque ahí pusieron que estaba uno que resultó ser militar … por qué no me puso la PGR a disposición de la Defensa si era acusado como militar… los jueces me sentenciaron por exhorto, jamás los conocí… Nunca citaron a mis testigos… tengo una condena de dos meses por abuso de autoridad y cuarenta años por protección a un narcotraficante que yo fui quien lo detuve”
Y comienza enumerar las pruebas de sus acciones contra el Cartel de Juárez que encabezaba Amado Carrillo.

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