En su Afan de Protagonismo se Echó la Soga al Cuello

* Las Nuevas Complicidades de Lopez Betancourt
El señor Eduardo López Betancourt tiene serios problemas con los micrófonos. Para decirlo de una manera amable. Pero peores confrontaciones podrá tener con la justicia mexicana, ahora en el ámbito federal, por sus declaraciones sobre la mal llamada “guerra sucia” en Guerrero.
Es decir, por sus ganas de acaparar la atención. Por declarar, sin que nadie le preguntase, que atestiguó que en los años setentas los presos políticos eran arrojados de aviones que “salían de Pie de la Cuesta”.
Consiguió que un medio tan respetable como La Jornada le diese las ocho columnas y media página de su edición del domingo 30 de noviembre, sin citar asombrosamente ningún antecedente personal, sin decir otra cosa de su trayectoria -como si hubiese nacido ayer- que haber colaborado como secretario de gobierno y procurador de justicia de esa entidad por algunas semanas.
O sea que le dieron una lavada de cara de padre y señor mío. ¿De parte de quién tanto olvido?
Porque este López Betancourt es el mismo de los interminables líos legales con la familia de Mario Moreno Cantinflas, quienes lo han acusado de haberlos despojado de millones de pesos. Y por si alguien lo ha olvidado, también es aquel “personaje” que consiguió información confidencial sobre las giras internacionales del Presidente de la República y se le tiró al piso en una reunión en Europa, frente a decenas de periodistas, diciéndose perseguido político.
Es, también, el mismo abogado que ha armado veinte mil “chicanerías” para evitar rendir declaración ante el ministerio público por las muchas demandas que tiene en su contra.
O sea, un hombre de muchas “facetas”. Todas ellas relacionadas con asuntos turbios, confusos, complicados para decir lo menos.
Ahora López Betancourt se desgarra las vestiduras para acusar a Rubén Figueroa, su muy efímero jefe cuando fue gobernador, de “sanguinario”. Se apunta en la lista de los detractores de la fiscalía que investiga los supuestos delitos de esa época al llamarla “farsa”. Intenta limpiar su “reputación” y hace caer en sus trampas a los reporteros de La Jornada en los días en que, precisamente, descansan los titulares.
¿Qué quiere el leguleyo? Es obvio su deseo permanente de estar en el escándalo público, de protagonizar escenas lamentables y de lucrar con escritos plagados de vileza, muchos de ellos dirigidos contra Alejandro Gertz Manero a quien, por razones obvias, debe envidiar profundamente.
Pero más allá de cualquier ecuación de notoriedad, el señor López Betancourt se ha pasado una vez más de la raya, ha ignorado lo que debería saber por obligación de su calidad de abogado: el marco legal.
Porque quien es testigo de crímenes debe acudir, de inmediato, al ministerio público a declararlo. De otra manera, en esto es muy clara la legislación vigente, se convierte en cómplice. Un delito más a sumar en su largo expediente.
De tal forma que a partir de estas declaraciones, en las que asegura haber visto como de la base militar de Pie de la Cuesta “salían aviones con cadáveres y personas vivas para ser tiradas al mar”, se ha convertido una vez más en prófugo de la justicia.
Y aquí es donde habría que meditar en cuál es el poder, el verdadero poder de un señor que con estos antecedentes y esta conducta antisocial sigue viviendo en la impunidad. ¿Por qué tantos jueces le han tolerado tanto? ¿Por qué sus argucias y trampas legaloides, sus insultos al poder judicial han podido más que cualquier argumento de quienes los han demandado, sean funcionarios públicos, ciudadanos o periodistas como Mario Ruiz Redondo?
López Betancourt, además, se da con la cuchara grande denostando al fiscal especial Ignacio Carrillo, tuteándolo y dando a conocer supuestas conversaciones personales, a la vez que lo califica de “grillo” y de “farsante”.
Cuando el multicitado señor dice que él “estuvo al margen” de estos hechos cae en contradicción y mentiras flagrantes. Porque no se puede estar “al margen” de lo que se conoce, se vive, se atestigua como él mismo dijo. De ahí que la Comisión Nacional de Derechos Humanos se haya apurado a pedir que acuda ante un ministerio público.
Llamar a un muerto “asesino, cruel y sanguinario” es una cobardía más. Esperar treinta años para llenarse la boca con afirmaciones de crímenes atroces donde debieron haber participado, de acuerdo con estos dichos, jefes militares de esa época es todavía más deleznable.
Pero tal parece que esta será, todo lo indica así, una más de las hazañas de un hombre que ha logrado burlar la justicia mexicana durante tantos años que más bien parece un ejemplo de la picaresca, sin el atractivo y/o los atenuantes de los grandes delincuentes porque para eso le haría falta mucho más talento…

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