La Celebración del Tiempo Perdido…

* Paris Sigue Siendo Una Fiesta
París, Francia.- La víspera el baile. Por las plazas, por las calles, por los barrios llenos de gente joven de todos los colores, vestida contra las convenciones, sudando a mares su pasión. Su simple estado de vida que es, sinónimo de por medio, eso. Vivir para contarlo, pero sobre todo para vivirlo. El escenario no podría ser más impactante, la majestuosidad que todo lo rebasa, el testimonio de la historia de la humanidad convertido en “monumento nacional” y también en casa común para las manifestaciones del hombre que en París, obviamente, incluyen la fiesta.
La noche previa a las celebraciones de su “conmemoración” más importante, las plazas se llenaron de gente por iniciativa del alcalde parisino que igual les dio cine que música, helados gratis y cervezas a disposición, autobuses nocturnos sin costo para sustituir el Metro que tantos usuarios favorecen durante el día. Lo necesario para ser felices, casi tanto como los bomberos que en sus centrales conservan la tradición de hacer bailes populares.
Es aquella “Revolución Francesa” que puso a los poderosos bajo el cadalso lo que hoy se canta y se baila gozosa, pero también una manera de ser que en este país se viene recuperando poco a poco, con la misma necia eficiencia con la que se han logrado limpiar los edificios públicos. Es esa insistencia existencial en la belleza como parte de lo indispensable, de lo que debe existir en el entorno visual, que los lleva también a encender cada diez minutos primeros de la hora la nueva iluminación de la Torre Eiffel como parte del cuento de hadas, de la reverencia cotidiana a la magia.
París sigue siendo una fiesta. Está en el mismo sitio que hace treinta años en que, por primera vez, me maravilló. Tiene el mismo ambiente gozoso de las noches en que la vida se cantaba en los brazos del general Francisco Arellano Noblecía, hoy responsable de las importantes fuerzas de apoyo de la SSP y entonces a cargo de la gira presidencial de López Portillo, cuando venir a París oficialmente era sinónimo del portafolio pleno de billetes, de las visitas a El Lido, de arengar a quince oficiales del Estado Mayor Presidencial por los pasillos de las tiendas más exclusivas y de los restaurantes más clásicos, más enormemente caros con limosines a la puerta.
Y obvio, intentar que el jefe Arellano se mantuviese sobrio. ¿Ese es el primer recuerdo de París que se me viene encima al recorrer estas calles? Uno de ellos, desde el hotel Crillón que entonces era casa común de las comitivas mexicanas hasta el Arco del Triunfo donde debía evitarse el roce con las fuerzas de elite francesas en las ceremonias oficiales, también está la gran cena años después en la residencia oficial, siendo anfitrión Miterrand, en que la cocina francesa fue reverenciada tanto como la sencillez de la elegancia socialista.
Porque también con el sucesor de López Portillo vinimos, los mexicanos, en viaje oficial. Para colocar nuestras banderas en Champs Elysees, para establecer una agenda imposible de colaboración que ni en sus mejores sueños nos colocaría como hoy, definitivo, del mismo lado de la balanza. Ambas naciones opuestas a una guerra que se ha comprobado no tenía otro sustento que la voluntad personal del presidente George Bush.
Hoy París es una fiesta sin muchos “gringos” invitados, sin muchos turistas norteamericanos que pueblen sus calles y alimenten su economía.
Vinieron otros tiempos, otro Estado Mayor Presidencial, otra presencia oficial mexicana, lejos de los excesos en que se administró la abundancia, cuando ya los viajes oficiales eran parte de la austeridad de Miguel de la Madrid, eran ya una fiesta muy menor sin champaña para bañarse ni instrucciones de comprar “cinco de todo, tres de cada talla, lo que esté en las vitrinas de los lobbys del hotel”.
Y no se diga los fracs a pasto, los ceremoniales oficiales de los que huían los titulares de diversas secretarías, las peticiones a Los Pinos para que enviaran miles de dólares para pagar los vinos… tanto que asombrase entonces, apenas hace veintitantos años, a los franceses como la petición oficial, manejada por la gente de Arellano Noblecía, para que se pintase de otro color la habitación donde habría de dormir la señora Carmen Romano de López Portillo en la residencia de visitantes extranjeros.
No se diga ya aquel piano, como de película por lo imposible, que tenía que ser colocado en la habitación del Plaza Athenée junto con sus cereales mexicanos, cuando la costurera-peluquera tenía una habitación continua a mil dólares la noche.
Esos eran otras noches. Y, obviamente, otra revolución. Que se encargaba de reinvidicar el hoy general Francisco Arellano con botellas del mejor coñac, con largas fiestas de jazz en Saint Germain de Pres. Simples referencias mentales que estarán siempre en la memoria porque entonces, como hoy, París era una fiesta…

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