La Controversia Entre Liebano y Labastida

* Conozco a los Dos
Paris, Francia.- La distancia física proporciona otra, saludable, porque el punto de partida es la cercanía. Y vaya si los conozco, a los dos. ¿Qué necesidad había para el intento de puntualizar la realidad si ninguno de los dos se meten al fondo, si ninguno de los dos se saca las tripas de frente a la ciudadanía?
Liébano Saénz comenzó la controversia esta semana, con gran control sobre sus propios sentimientos, intentando dejar fuera las broncas personales. Al botepronto le respondió Francisco Labastida Ochoa, desmintiendo lo que según éste había sucedido aquel domingo dos de julio.
Y los demás nos vimos forzados al recuerdo.
Supongo que también a tomar la discusión donde ambos la dejaron, es decir de frente a Jorge Alcocer.
Porque fue él, a final de cuentas, quien insistía en no aceptar el triunfo de Vicente Fox.
¿Qué hay detrás de todo? La posibilidad, por eso lo de los gobernadores, por eso el tiempo… la posibilidad que no fue.
Desde las primeras horas de la mañana, diría Jesús Murillo Karma en su día, se supo que el PRI perdería irreversiblemente la elección presidencial en las oficinas del PRI. ¿Por qué? Muy simple: el voto cautivo, sobre el que recae el peso de la elección (igual que habrá sucedido este domingo 6 de julio del 2003 porque hay realidades que no pueden cambiar) se deposita en las urnas muy temprano.
Era una debacle… pero algunos, Alcocer entre ellos con su discurso de guerra que intentaba fuese leído por Labastida Ochoa, pensaron que todavía había tiempo.
El factor clave eran los resultados en las poblaciones alejadas, donde el voto verde es preponderante y donde, también, no hay tantos controles de la oposición. Recordemos el factor “Chiapas” en las elecciones presidenciales donde ganó Carlos Salinas de Gortari con casillas en que votaron hasta el 105 por ciento de los electores registrados en el padrón…
Ese era el país. Y Chiapas estaba gobernado por Roberto Albores pero Oaxaca, otro bastión de votos priístas y/o campesinos por José Murat, fiel creyente de los nuevos tiempos pero sobre todo crítico muy consistente de la campaña labastidista, uno de los pocos que advirtió a tiempo que iba a perderse la Presidencia de la República.
¿Habrían sido suficientes estos votos, inflados obviamente, para cambiar los resultados? Los que sabían, que eran pocos (casualmente dos de los expertos en la materia, Murillo Karam y su contraparte hidalguense, José Guadarrama, que habría recibido ese mismo domingo muchos miles de pesos sin destino manifiesto, estaban enfrentados entre sí) ya habían dicho que no. Pero había que preguntar a los gobernadores… Esperar qué podía hacer la profesora Elba Esther Gordillo, tan amiga de Fox pero tan importante para el PRI, con sus propios cuarteles y encuestas de salida.
Este es el punto importante, que no dice abiertamente la razón, del escrito de Liébano Saénz.
¿Qué se pretende al comenzar a correr los velos sobre aquellos entretelones, que incluyen la llamada a Marta Sahagún que hiciera que todos lloraran ese medio día fatal?
Aquí es donde debe reflexionarse sobre las personalidades de ambos protagonistas.
Liébano es previsible. Siempre se sabe a qué atenerse con él. Es un hombre congruente hasta para sus necedades. Pocos pueden sorprenderse ante una palabra, una negativa, una expresión suyas. Ha sido congruente hasta con su falta de debilidades. En cambio Francisco Labastida Ochoa tiene tiempo sorprendiendo a propios y extraños. A sus enemigos porque ha resultado dócil, a sus amigos porque los ha traicionado. Y a los que menos los ha olvidado, los ha negado… ¿Qué puede esperarse de quién no tiene fuerza, ánimo, compromiso suficientes para la lealtad?
Tan es hombre de “sorpresas” que millones creyeron que debería ser Presidente de la República. No lo olvidemos, más de 13 millones de mexicanos depositaron su voto a favor de él. Pero ese no es el punto, lo que interesa es la mañana del 3 de julio, tal vez la misma noche del dos de julio del 2000 en que debió entender (y ésta es la diferencia estructural con la historia del que fuese secretario partícular del Presidente Zedillo) que es un hombre que no tiene nada que perder. A perpetuidad.
Nadie como Labastida Ochoa perdió ya todo.
Pero hace rato que viene actuando como si esto no fuera cierto. Como si tuviese que guardar la compostura para el futuro, como si sus obligaciones para cuidar el rostro, la piel, la figura política fuesen más fuertes que lo importante.
Y esto es lo que destruye al ser humano. Sin que pueda fortalecer al político porque, tan simple, jamás podrá serlo. Labastida Ochoa jamás podrá ejercer la política ni ser un factor de decisión pública porque perdió la elección presidencial.
Esto que parece no entenderlo corrompe todo en su entorno.
Esto es lo que lo llevó a la televisión para responder a Liébano Saénz sin decir la verdad.
El recuento de Liébano es exacto. Es puntual. Es preciso.
Es también la versión personal de la historia, la que corresponde contar a quien tiene pasado pero también futuro.
Tan sólo habría que ponderar lo que le falta decir ahí. Que también sucedió, como las llamadas que Labastida Ochoa dejo de responderle a partir de las cuatro, tal vez cinco de la tarde de ese domingo, cuando la discusión estaba, sí, con los gobernadores, con Alcocer, con Carlos Almada que tanto ayudó al político sinaloense…
¿Quién respondía el teléfono “rojo” en las oficinas del PRI, quién tomaba la bocina en el celular particular de Francisco cuando no quiso responderle al secretario del Presidente de la República?
Dice Liébano que por encima del partidismo del Presidente estaba la defensa de la República. No podía esperarse otra cosa de su boca, no le corresponde agregar que el doctor Zedillo también protegía su espalda, su futuro, su visión personal de la realidad donde el PRI fue siempre un gran villano. Quienes se equivocaron fueron otros, fueron los que no quisieron escuchar a tiempo, los que decidieron tragar sapos inmensos de mierda como la salida de González Fernández, la falta de recursos, la gran ausencia de apoyo institucional y hoy insisten en aclarar paradas fuera de lugar como si hubiese espacio para rescribir la historia a capricho… Y hacerlo, además, borrando a los amigos.

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