Todos Tragan la Misma Mierda en el Linchamiento Mayor

* Intercambio de Capuchas de Víctimas a Victimarios…
El espectáculo, denigrante para quienes lo escenifican y todavía más para los inermes espectadores, de estas semanas rebasa cualquier calificativo.
En la arena política se intercambian las capuchas de victimas a victimarios, mientras se amontona la leña verde que habrá de quemar al ejercicio del poder público para siempre. Cada día sube de tono el insulto, lo que denigra. Hombres que nos gobiernan, representantes de las instituciones más impecables, comparten los reflectores en una batalla donde lo único cierto es la cantidad de miasma, de verdadera mierda que se avientan.
Así nos hemos enterado de que a ninguno de ellos les interesa, por encima de sus cuotas de poder sexenal, el bien público. Que en ninguno de ellos cabe la menor prudencia, pero sobre todo de los ríos de corrupción que debe apalear disciplinadamente, mientras le tiran jitomates al rostro, el subprocurador José Luis Santiago Vasconcelos único héroe de estas jornadas que pasarán a la historia nacional de manera plena de vergüenza ajena, de ese pudor que nos provoca el ridículo inmenso de los otros.
Todos han resbalado por idénticos caminos abyectos. Y cuando en ese todo se debe incluir la burla de Andrés Manuel López Obrador cada mañana, las declaraciones fuera de lugar y sobre todo de legalidad de su procurador, hay que admitir que la decepción ciudadana es inmensa. No solamente porque los protagonistas de la esperanza colectiva han destruido sus rostros impolutos sino por lo que arrastra la impunidad oficial otorgada a los ilustres miembros de este equipo político que, anteriormente, se hincharon los bolsillos con dinero sospechoso.
Uno, René Bejarano, puede pasear su cinismo por el país amparado en un fuero ignominioso para todos los legisladores. Otro, Carlos Imaz, aparece arropado por su esposa, por su jefe y por su empleado que cobra como procurador de justicia del Distrito Federal para decirnos que la ley es una pelota que se pasan por otras, justamente en el lugar donde el cuerpo forma un arco.
Esto se da mientras en Morelos renuncian los que nunca debieron ser funcionarios públicos, acusados de asesinato, de narcotráfico, de protección a familias de criminales, de robo de automóviles, de secuestro están en la cárcel o en espera de ser detenidos. La pena inmensa de que al gobernador Sergio Estrada Cagijal le hayan tenido que quitar a su jefe de policía, a su procurador, a su secretario de gobierno solamente se compara a la insolencia de aferrarse a su cargo mientras crecen las manifestaciones ciudadanas que exigen su renuncia.
No es el único gobernador en estos líos. Mucho debe afanarse José Luis Santiago para, casi a la vez, exculpar a presuntos sospechosos como Tomás Yarrington de Tamaulipas que guardar silencio en el caso de otros que, seguramente, verán caer más cabezas que las de Morelos.
¿Dónde está, dónde quedó habrá que decir la elemental moral, decencia pública de los funcionarios?
Fotografías en primera página brindando con narcotraficantes, como sucedió con el convivio que Sócrates Campos Lemus califica como un incidente menor, videos apostando en Las Vegas, otras grabaciones donde los montones de dólares son recibidos gozosamente por los incorruptibles, guerra de pruebas falsas, citatorios para acudir a las instalaciones de justicia, todo se vale en una carrera futurista en la que no habrá ganadores.
¿Y la ley?
¿Y la política?
¿Y la capacidad de respuesta de las instituciones de gobierno?
¿Y el futuro de la Nación?
Lo cierto es que tenemos un espectáculo de opereta donde las acusaciones pocas veces se sustentan y los delitos menor cantidad de veces se castigan, donde se ha privilegiado el cinismo, donde se sustituye la aplicación del derecho por discursos y pocos, muy pocos, cumplen con su obligación.
Quienes lo hacen, como el subprocurador Santiago Vasconcelos, son objeto de insultos que descalifican no solamente a quienes los pronuncian sino a un partido político, a una elemental decencia, a un todavía más esencial respeto para la ciudadanía. No es admisible, no podría serlo, que personas que cobran su sueldo de nuestros impuestos crean que la apuesta consiste en subir de tono la calumnia, el denuesto, la descalificación a priori de instituciones como la Procuraduría General de la República.
¿Y el estado de derecho como aspiración legítima?
¿Y el apego irrestricto a las leyes? ¿Y la decencia como norma ciudadana, como requisito ineluctable en los funcionarios públicos?
No podemos sino avergonzarnos todos, y al mismo tiempo agacharnos para que la mierda que se avientan no nos salpique…

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