Muere el Ultimo Tlatoani Entre el Repudio Popular

* Lo Negro y lo Peor de Lopez Portillo
Tal vez lo único congruente, digno de admiración por lo que implica como acto que dignifica su paso por el poder presidencial, fue la decisión de ser enterrado en el panteón militar. Lo que corresponde a su investidura, que sigue despertando buenos sentimientos hacía dentro de las fuerzas armadas, de comandante supremo en algún tiempo.
Además, cualquiera puede comprobarlo en la Hemeroteca, José López Portillo siempre tuvo una gran empatía con la vida castrense.
Un entierro correcto, de señor, para un velorio cercano al escándalo, a lo desagradable, incluso grotesco que caracterizó el final de un hombre que llegó a impactar a la sociedad mexicana con su talento, su gran capacidad de seducción.
Uno fue el tiempo de poder de don José. Uno fue ese país a sus pies. Uno fue su liderazgo mundial. Uno fue el pasmo que producían sus discursos.
Otro, muy distinto, es este tiempo.
José López Portillo, habrá que repetir sus propias palabras, no se murió en el tiempo político correcto. Hoy paga, como tantas otras facturas, el precio correspondiente.
Es obvio, se vale señalarlo, que su muerte estuvo rodeado de todos los elementos propios de la tragedia, del teatro griego, incluso de las páginas más amarillistas. Y si no hubiese sido por la gran serenidad de José Ramón López Portillo, por el señorío con el que encabezó las ceremonias, hubiese habido mucho mayor escarnio.
En verdad se merecía un mejor final.
Pero, también, hay que ratificar que fue su talento, su desbordada personalidad la que lo llevó por vericuetos plenos de burla, de escarnio incalificable para la institución que un día represento.
Y esto, los baños de pintura amarilla, las notas en las páginas de espectáculos, el ridículo de su relación con un actriz conocida por sus películas casi pornográficas, lo lastimoso de los pleitos familiares, de los broncas inmensas con sus hijos que fueron discutidos frente a las cámaras de televisión fue lo que se impuso en sus últimos años.
Por decisión o por capricho personal.
El pagó, todavía en vida, las consecuencias.
Al morir López Portillo hubo oportunidad para revaluar, para volver la mirada serena hacía su sexenio. Sin embargo, la ciudadanía no tiene -todavía- espacio para ello. Sobresale la percepción popular de excesos, de una crisis económica, de una frustración inmensa. Incluso entre quienes no conocieron su gobierno.
Lo cierto es que las cosas buenas, algunas excelentes todavía a la distancia, que hizo han quedado sepultadas bajo toneladas de excremento. Y de esto, en la medida mayor, es responsable la perversidad de la mujer pública con quien compartió el final.
Cuando López Portillo perdió todo pudor para declarar ante los medios que su todavía esposa, legal que no legítima, le pegaba, lo bocabajeaba, lo insultaba, abusaba de él se terminó con el mito para siempre. Se dio autorización a la gran burla.
Así no hubo forma, en estos días propicios al análisis reposado, de valorar suficientemente que la gran reforma política que llevo al PRI fuera de Los Pinos, que permitió que el actual mandatario fuese electo, fue hechura suya. Porque la coyuntura en la campaña de López Portillo era la dictadura o la apertura, y él optó por ésta.
De ser un candidato presidencial sin oposición se convirtió en el promotor, por decreto, de la participación obligada de las minorías políticas en el Congreso. La figura del diputado por representación que hoy rige la vida política nacional fue obra suya, espléndidamente interpretada por Jesús Reyes Heroles.
Igual que el liderazgo mundial, que la defensa del petróleo como riqueza irrenunciable, que el apoyo a naciones subdesarrolladas o la apertura de puestos importantes en el gobierno para las mujeres. Hubo mucho bueno, mucho definitivamente importante en su gobierno pero no hay, como tampoco lo vivimos en los años en que se apartó del poder para ser el hazmerreír consentido de las revistas amarillistas, espacio en la sociedad mexicana para aceptarlo.
Un ciclo de la vida nacional se terminó con su muerte. Quedémonos con el recuerdo del hombre vigoroso que hipnotizaba con su palabra culta, olvidemos hasta donde sea posible al guiñapo humano que despertaba lástima con su deformada vida personal. El último Tlatoani merecía mejor suerte, lástima que el peor enemigo, aquel que nunca logró vencer José López Portillo fuese él mismo…

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