Vietnam Entre la Guerra y la Modernidad

* Los Dragones Corruptos
Hue, Vietnam.- La joven de los zapatos floreados se enamora de un chino en un viaje en ferry sobre el río Mekong en la novela de Margarite Duras, donde la antigua indochina aparece con su carga de conflicto social. Hoy los edificios coloniales, esos puentes, escuelas, hospitales, hoteles que construyeron los franceses surgen entre cientos, miles de bicicletas para recordarnos que poco ha cambiado en el Vietnam profundo, en ese universo donde la desigualdad dio origen a un nacionalismo que hoy parece perdido en el fondo de su selva más amarga.
Uno no puede recorrer las calles, los mercados, los edificios públicos de estas ciudades de nombre conocido por su cauda de muerte violenta sin hacer a un lado limosneros y/o posibles rateros. La mugre, la carencia que también se convierte en falsa sonrisa y mano extendida, se confunden con los cuerpos delgados y la exhibición de sedas que parecen artificiales.
Mundos de motocicletas en Hanoi, un millón trescientas para tres millones de habitantes, se convierten en otro tanto de bicicletas en Hue, antigua capital, mientras que los caminos rurales están plagados de policías agazapados en espera de poder “morder” a cualquier chofer que rebase el absurdo límite de velocidad de setenta kilómetros por hora, que hace un infierno transitar a verdadero ritmo de rueda.
No es la modernidad que alguna vez soñó Ho Chi Min hoy condenado a ser exhibido eternamente en su mausoleo, excepto los tres meses del invierno en que es enviado a “reparación”. No es tampoco la destrucción que imaginaron generales norteamericanos hace decenas de años. Es una amalgama difícil de asimilar para el occidental que no tiene referencia ni a las guerras, ni a las invasiones ni a la economía de centavos donde igual se vende el trabajo manual maravilloso que el recuerdo de cárceles y túneles.
El paisaje vale la distancia, sobre todo por la diferencia extrema con lo nuestro. Verdes que se multiplican sin estorbo alguno, campos de arroz que no dejan espacio a lo humano contrastan con ríos sin límite y mares tan grises que parecen plateados y pegados contra el horizonte. Complicado hacerse entender porque no hablan inglés aunque lo parezca con sus frases aprendidas de memoria, porque su idioma se conforma de sonidos como el chino y el acento diferente les complica cualquier comunicación.
Vietnam es, insisto, la historia de muchas invasiones y otras tantas sobrevivencias. Dicen ser un dragón que emerge, que crece. Aunque lo que se ve es la falta de calidad de vida, el contraste inmenso con la maravilla que es China.
No hay forma, tal vez por las raíces comunes, de hacer a un lado la aterradora y apabullante economía china, ese gigante que en la memoria todo lo empequeñece. Vietnam es una experiencia pegajosa que incomoda a ratos por su miseria y su entreverada salida a la occidental, esa ansia de recibir dólares que tanto pervierte a los pueblos y que jamás hubiese aceptado Ho Mi Chin quien, por cierto, sigue siendo la referencia obligada como si su muerte hubiese sido hace pocos años. Incluso para jóvenes que tendrían que estar ajenos, como sucede en China con Mao, a su existencia.
Invadida por los chinos hace cientos de años, aferrada a su geografía por obligación, esta nación parece un pequeño retazo con sus sabores, sus olores, sus colores. Incluso en su diferencia está presente, siempre, la referencia. Ese es el pasado común de un pueblo que aprendió a comer arroz y pescado, verduras sin cocinar por necesidad.
El río Mekong igual que el río Rojo arrastra vida como en Tabasco, se abren a la navegación de pequeñas embarcaciones, al comercio más primitivo como en nuestros pueblos del sureste. El calor es idéntico en su intensidad. Sus mercados son un horror de puestos encimados donde se vende carne de perro para comerla, estropajos, pomadas de todo tipo para igual número de dolores físicos, frutas tan exóticas como la pitahaya aquí conocida como “dragón”, o tan simples como los plátanos, ropa muy corriente, especies tan variadas como impronunciables sus nombres, y fritangas, muchas fritangas.
La corrupción del turismo los ha vuelto pedigüeños, agobiantes, necios en sus peticiones. Pocos parecen estar trabajando o haciendo lo que corresponde en cualquier horario, lo que aquí prevalece es la improvisación y la desidia que hacen más que arduo cualquier recorrido. Nada que no tenga sentido comercial parece existir para esta gente que dedica su mayor esfuerzo a vender artículos manufacturados especialmente para el turista occidental.
A diferencia de lo que sucede en China donde lo auténtico, incluso con la complicación del idioma y de la profunda ajenidad a sus costumbres, aparece a cada esquina aquí se tiene la impresión continuada de asistir a una representación de Vietnam. Como si fuese una historieta que quieren vender con música y disfraces, con etiquetas escritas en inglés, con un deseo inmenso de convertirse en beneficiarios de quienes fueron sus enemigos y hoy son recibidos con gestos de genuflexión interesada.
Lo que se repite por igual en Hanoi, en Ho Chi Min, antes Saigón, en Hue, en Da Nang, en Hong Hai, en Hue, en Chan May en ciudades de lo que antes fue el norte o el sur de este país reunificado después de la guerra con Norteamérica.
No se advierte mayor diferencia que la existente en nuestro país, en cualquier nación del tercer mundo entre el norte y el sur. Y tal vez, es tanta la carencia, todavía menos. Cuando la historia estuvo a punto de convertir Vietnam en dos países. Nada de los demonios del Sur, de los aliados de los norteamericanos, tan mostrados en películas y novelas es ajeno para el norte y viceversa. Igual inseguridad en las calles, igual basura, idéntica desigualdad social, semejante número de marginados sin esperanza en sus calles.
Lo que, tristemente, invade y avasalla de tantas maneras, el paisaje de estas ciudades es su pasado de colonialismo. Las avenidas anchas y plenas de árboles, los palacetes, los edificios en el más estricto estilo francés. Ese contraste con el trópico, con la selva, con las mujeres que llevan cargando en sus hombros un palo de donde descienden dos canastas de mercancía, esos sombreros cónicos que quitan algo de sol en las horas más inclementes, que tiene que haber sido fascinante para quien lo vivió sin la avalancha del turismo como la gran plaga destructora de idiosincrasia.
Esas rocas, esos enclaves siguen siendo el mensaje exacto del imperio. Es decir de la imposición de otra cultura que ha sobrevivido a las guerras, al paso del tiempo, al deterioro del hombre. Atrás dejaron enclaves de pescadores y campesinos que fueron conquistados, sepultados por su fuerza, que conformaron una manera de ser que conocimos como aquella “Indochina” y que hoy en Vietnam es un cuadro de miseria que se sobreimpone a la postal que quieren vender al viajero. Ho Chi Min habría tenido que emprender una nueva revolución cíclicamente. Triste destino para un pueblo que en su valor supo derrotar al gran imperio moderno para, de manera semejante a lo que sucede en Cuba, intentar venderle hoy prostitución y baratijas con una sonrisa…

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