Murio el Compadre de Cervantes Aguirre…

* La Muerte de Un General
Junto con el anuncio, tradicional en la fecha, de los ascensos dentro del Ejército vino el de la muerte del general Francisco Quirós Hermosillo.
Con esto se cierra, tristemente, un capítulo de traición, de la más indignante falta de memoria colectiva. Que seguirá supurando en lo que muchos llaman el “inconsciente colectivo” en este caso del uniforme castrense.
Quirós Hermosillo fue un hombre digno del respeto de sus pares y sus subordinados hasta el último momento de su vida. Un jefe militar que tuvo una expresión singular en su desempeño profesional y que cumplió, cabalmente, con las misiones que le fueron ordenadas.
Y que hoy, en esto estriba la traición civil, será recordado por la sociedad por un juicio que lo remitió a vivir los últimos años de su vida detrás de las rejas.
Francisco Quirós Hermosillo hizo, simplemente, lo que le ordenaron sus superiores. Se le ha señalado por esto con los peores adjetivos, se le instruyeron procesos penales de todo tipo.
A esto debe agregarse el tema del narcotráfico.
Lo cierto es que en la mente de miles de jefes militares Quirós Hermosillo fue siempre inocente de todo aquello de lo que se le acusó. Como lo son quienes actúan bajo órdenes superiores, dentro de los principios de subordinación, eficiencia y lealtad vigentes dentro del Ejército.
Y, seguramente, también fue así, inocente, injustamente castigado, para su compadre Enrique Cervantes Aguirre, quien vivió toda su carrera militar a su lado, desde que ambos entraron muy jóvenes al H. Colegio Militar. Tanto así que estuvieron juntos en Guerrero, en los mismos cuarteles y de cara a los mismos hechos que son parte del expediente de la “guerra sucia” y de tantas desapariciones forzosas de guerrilleros o simples disidentes.
Por eso el recuerdo de una narración, publicada en su tiempo con todo lo que esto provocó de enojo, en que la esposa de Quirós Hermosillo le llamó la misma noche de su arresto, finales del sexenio del Presidente Ernesto Zedillo, a su “compadre” asombrada, indignada, con la exigencia de que lo liberase de inmediato sigue siendo estremecedor.
Sí, Cervantes Aguirre estaba detrás de la orden de su detención. Entonces era procurador de justicia militar Rafael Macedo de la Concha. Su consuegro, otro general de división, Miguel Ángel Godínez Bravo fue una de las muchas voces que se dirigieron a solicitar su liberación.
Por su parte Quirós Hermosillo vivió la prisión militar como un problema más a solucionar, como una comisión castrense que debía afrontarse en su circunstancia desafortunada, seguro de que probaría su inocencia y sería reinstalado en su categoría de prestigiado jefe militar.
No así el encarcelamiento a su hijo, supuestamente por complicidad en delitos de narcotráfico, que tendrían como “botín” reconocido un vehículo Mercedes Benz. Quien meses después fue encontrado inocente y puesto en libertad. Ante esto se sublevó, se enojó, se dio por agraviado cien veces más.
Los últimos tres meses los pasó en el hospital militar, atendido como corresponde a su jerarquía militar y con la visita permanente de sus amigos y compañeros de armas.
Lo cierto, lo que permanece de esta historia triste en el ánimo militar es la conducta del general Cervantes Aguirre. Y cuya orden de aprehensión, que no pudo existir sin salir directamente de su escritorio dado el ejercicio militar de los códigos de justicia que rigen hacía dentro de la institución, sigue siendo un agravio inmenso no solamente para la familia (mantuvieron siempre el cariñoso tratamiento de “tío” ya que eran doblemente compadres) sino para muchos jefes militares formados en principios de lealtad y amistad.
Hay un expediente abierto contra Quirós Hermosillo, haya sido juzgado sabiamente por las leyes militares y/o civiles o no, tenga una sentencia justa o no en su contra, que va mucho más allá del formalismo de su presunta culpabilidad en delitos del narcotráfico o de la guerra sucia.
El ejemplo de su destino, inmerecido según muchas opiniones, es definitivo en la conducta castrense vigente. En la respuesta de muchos generales, jefes militares, ante ordenes superiores exigiendo que sean dadas por escrito para garantizar así que no serán juzgados en el futuro. Es, también, un gran parteaguas sobre los usos y costumbres militares del pasado, punto de discusión vigente sobre los límites de la obediencia militar a civiles que los utilizan para solucionar problemas políticos y no habitualmente de manera civilizada o exenta de sangre.
Su muerte en lo que todos asumían como un “expediente abierto”, de cara a la eminente llegada de un nuevo titular de la Defensa Nacional que (fuera del ámbito cercano de Cervantes Aguirre) que podría enmendar los yerros del pasado y reivindicar su persona, es doblemente triste.
Lo es, además, para su compadre, amigo de toda la vida, que no podrá asistir al sepelio militar ni darle el pésame a la mujer que aquella noche le pedía no olvidar que eran “familia”…

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