Asesinatos, Droga, Cervezas y Cuarenta Minutos de Balazos

* Las Llamadas del “comandante Mateo” a las Autoridades Perredistas
Villahermosa, Tabasco.- En ese colchón usado, tan apestoso como ellos, tuvieron amarrado a Emilio Juárez. En esas paredes, otrora lujosas, propiedad de Enrique Ordoñez Colorado, de frente a la caballeriza, vio como le quitaban la venda de los ojos para que presenciara el asesinato de dos polleros que no obstan en las cuentas criminales. Para que viera que iban en serio y apurase a la familia con el pago del rescate millonario. Ahí lo golpearon, lo amenazaron, lo lastimaron mucho más profundamente que las varias capas de piel amoratada.
Tuvo suerte porque sigue vivo. Porque su nombre no está en la lista de los crímenes de los “Zetas”, del brazo armado del Cartel del Golfo que de acuerdo a los documentos más confidenciales de la PGR compite abiertamente por tomar las plazas del Sureste.
El llamado “Comandante Mateo”, oriundo de Cunduacán, fue junto con “El Talibán”, Iván Velásquez, encargado de la plaza de Nuevo Laredo. También conocido como “Zeta 50” éste sigue controlando Cancún donde el hermano de Osiel, apodado “Antonio Tormentas”, también ha enviado a un grupo de “zetitas” de mejor facha, bien vestidos y bañados. Se trata de cuidar el negocio.
Todos persiguen el mismo objetivo: controlar el tráfico de drogas, todo lo que constituye el submundo criminal y eliminar el poderío de sus rivales del cartel de Sinaloa-Juárez.
Para eso, recién informó la autoridad federal, cuentan con la complicidad de cuatro de cada diez policías federales. Y con la protección de autoridades municipales.
Lo que ha quedado establecido con el registro de llamadas que hiciera Mateo Díaz desde su celular la noche de su detención, antes del operativo “militar” para intentar liberarlo.
En los escritorios de la SIEDO están ya las “sábanas” donde constan todos los números a los que llamó, entre ellos el del titular de seguridad pública municipal José María Castillo quien acudió a su auxilio acompañado de su esposa y una amiga, abandonando una fiesta. No sorprende que esté huyendo después de su apresurada renuncia.
Nada de esto es nuevo. Si lo es la certidumbre de la ausencia del Ejército que llegó al lugar de las balas, absurda e inexplicablemente, hasta las siete treinta de la mañana. Horas, muchas horas después de que un exabrupto, negarse a pagar una cerveza por adelantado, provocase la muerte de tantos.
Porque al llegar Mateo, acompañado de su guardaespaldas nicaragüense hoy liberado por un juez inepto, a La Palotada iba tan drogado y borracho que en lugar de sacar dinero para pagar su trago desenfundó la pistola para amenazar al mesero quien vio, con bastante temor, que el fachoso aventaba sobre la mesa de lamina montones de polvo blanco. Y por eso decidió llamar a la policía. Quienes al llegar pensaron que era un borracho más.
Ese fue el momento en que su destino cambió. Porque quienes debían cuidarlo en la puerta habían ido a comprar doritos y yogur para comer, porque el dueño del bar que frecuentaba por una de las bailarinas no estaba, porque cuando llegó a la cárcel municipal y consiguió –previo pago- que le devolvieran su celular no encontró a ninguno de sus protectores. Incluso el presidente municipal, a quien habría llamado, Francisco Burelo, estaba en las manifestaciones capitalinas a favor de López Obrador.
Semanas antes Mateo y varios de sus compañeros habían sido detenidos por portación de armas y, casi en automático, puestos en libertad por órdenes “de arriba”. Nunca pensaron que esa noche ni sus llamadas ni los basukasos o las granadas lograrían su libertad.
No en balde el titular de seguridad pública es compadre de otro célebre prófugo de Huimanguillo, el comandante Nicasio Pérez Malpica, presunto responsable de varios asesinatos por orden de Los Valencia…que sería protegido por su jefe también perredista… o sea que la familia es grande y cobija a todos.
En el primer intento de rescate, después de que los sicarios avisaran telefónicamente sus intenciones, intervino la casualidad de unos candados antiguos que se trabaron con las balas, que no pudieron ser abiertos pese a la violencia de quienes ya habían matado al comandante de guardia. A partir de ahí las llamadas fueron cada vez más frecuentes.
Tanto de Mateo pidiendo el apoyo de sus amigos, como de los sicarios amenazando. Para las dos de la mañana los únicos ausentes eran los soldados. Policías judiciales y de seguridad pública del Estado (que a final de cuentas fueron quienes evitaron la toma del lugar) ya estaban ahí. El subdirector interpolicial, Eduardo Ramón Magaña, seguía recibiendo amenazas en su celular, ordenes de hecho para que se retirase de inmediato de ahí.
A las tres quince de la mañana comenzó la balacera. Todos se subieron a la azotea, o casi todos porque un grupo de policías judiciales se quedaron “guarecidos” debajo de los archiveros, encerrados en un pequeño cuarto. Quienes tenían ganas y capacidad para “echar bala” fueron los del grupo táctico, casi cien elementos que han recibido entrenamiento especial, muy jóvenes y con poco miedo.
De cualquier forma la preparación de los agresores era, con mucho, superior. Igual que su armamento. Fueron tirando cargadores de R-15 como envolturas de papel, mientras que los policías no tenían parque suficiente. Uno de los “Zetas” a bordo de una motocicleta disparaba una pequeña ametralladora como si fuese una exhibición, todos traían chalecos y cuando cayeron sus compañeros, tres o cuatro de ellos, los levantaron de inmediato para llevárselos en la mejor tradición guerrillera.
No era casualidad que los teléfonos celulares hubiesen quedado inutilizados durante el combate. Varias granadas lanzadas a la azotea no funcionaron y tal vez recibieron un aviso porque cuarenta minutos después se retiraron sin cumplir su objetivo, dejando atrás vehículos donde tenían radios con la frecuencia policíaca abierta, armas, muchos cartuchos y los cuerpos de dos personas que tenían secuestradas.
Hasta entonces llegaron los militares, a custodiar, a ver como levantaban a las víctimas, a presenciar las diligencias ministeriales. Para esa hora de la mañana propiamente el pánico era común en todas las casas del centro de la población. La esposa y una amiga del director de seguridad pública, que habían permanecido en su automóvil a la puerta de las instalaciones de justicia, fueron heridas también.
Al día siguiente comenzó el recuento de daños y, casualmente, descubrieron la casa de seguridad tan cerca de donde viven varios policías federales de caminos, del taller que usan para reparar sus lujosos automóviles. Algún distraído, al ver las fotografías, reconoció al “comandante Mateo” como el individuo que semanas antes llegó a Cárdenas preguntando, léxico castrense, quién estaba a cargo para presentarse como jefe de un grupo especial, de la SIEDO, que estaría “trabajando” por la zona. Iban vestidos de negro, con las siglas de la PGR, parecían militares, llevaban armas largas y solamente desentonaba (al decir del testigo) que los vehículos hummers, pintados de verde oscuro, en que viajaban eran nuevos…lo demás era una historia muy vieja…

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