Madrazo Cuestiona al Ife

* Felix a los Pinos
Chetumal, Quintana Roo.- Estaban parados juntos, hombro con hombro, en igualdad de estatura sin metáfora política de por medio. Pedro Joaquín que regresaba al vaivén incesante de las matracas, Félix en el profundo gozo del encuentro con su gente y Roberto en su papel de candidato que va a ganar.
Que puede hablar de futuros con una certidumbre que tiene que ver con su necedad de sobrevivencia en las peores tormentas, contra todos los enemigos. Yo recordaba a Yarrington insistir, en la madrugada de mi casa, frente a quienes habían perdido la elección interna del PRI que era necesario aceptar que Madrazo era inteligente porque por algo les había ganado a ellos que no eran precisamente tarugos.
El parque estaba vestido de los colores patrios en la más vieja usanza. Hacía calor pero menos que la costumbre en estas fechas. Las pancartas y los gritos, las bandas musicales, las camisetas y las gorros con los logotipos partidarios eran idénticas a las de hace veinte años y muchos países. Yo quería encontrar algo nuevo, una señal de desesperanza, un luto adelantado.
Pero no, las encuestas lapidarias no estaban entre los asistentes. Ni siquiera cuando se habló de sudar la gota gorda para ganar. Los idus de marzo ya eran cosa del pasado. Los malos augurios estaban eliminados de la lista de presentes en el templete donde Joaquín Hendricks, que había llegado con Roberto por la mañana, veía el mitin como si el tiempo no tuviese un calendario actualizado.
Entonces vino el ofrecimiento. Roberto espetó de pronto que Félix González iría a Los Pinos… y el gobernador se sonrojó sin poder ocultar el rubor político. Sí, insistía el candidato, Félix tendría una “llave maestra” y no necesitará tocar ninguna puerta. Irá a palacio nacional también, siempre a visitar a su amigo tabasqueño para regresar con las manos llenas.
Mejor no pudo ser el ofrecimiento. De cara al repetido argumento de las elecciones del Estado de México como prueba a favor del triunfo.
“Y qué tal si no gana” le preguntarían después. La irrupción terrible de un tres de julio derrotado que no lo asustó. También para esto venía Madrazo preparado. Su respuesta, sin titubeo alguno fue contundente: “Será como en Tabasco cuando ganamos la elección local, con el PRD en la calle”
Ahí quedó establecido el primer gran interrogante de estos días, que seguramente será muy repetido, a partir de un regocijo en la intimidad de la comitiva oficial ante las nuevas encuestas donde Andrés Manuel retrocede, lo que puede ser más que significativo de cara al futuro: “Me pregunto si el IFE estará preparado para esto”.
Así Roberto Madrazo insistió durante su gira por Chetumal en la certidumbre de su triunfo, que obviamente se daría con márgenes tan apretados que las manifestaciones del PRD, tomando calles y amenazando seguridad pública, son la pesadilla a resolver.
Con el pelo canoso, la misma talla enjuta del deportista que hace dieta permanente, el rostro más suave, arrugas muy finas alrededor de los ojos y una nueva suavidad, una calidez distinta, Roberto no se permite ningún trastabilleo ni tampoco cae en al trampa de la provocación. Venía, como los candidatos presidenciales de antaño, muy preparado sobre los problemas locales, estuvo muy arropado por la gran popularidad de Félix que en verdad jala a la gente, despierta entusiasmo apasionado entre las mujeres de todas las edades.
Y así se fue sobre el lado sombreado de la calle. En una gira popularecha con mucha prensa local, con los candidatos priístas al senado y a la diputación medio asustados algunas y otras francamente fuera de lugar, incómodas en su nuevo papel. Con mucha gente, con disciplina y organización, despacito, con pasos muy firmes entre los mismos rituales de siempre.
La gente está irritada con el precio de la luz y de la gasolina, está dispuesta a quejarse, a tomar una pequeña tajada de la esperanza que vino a repartir.
¿El milagro es priísta o madracista? Supongo que la respuesta tendrá que variar según el interés del interrogado. Lo cierto es que sigue funcionando aquella magia, aquel sentido ancestral de reverencia ante el poder. Y que en los hechos Roberto ha tenido el buen sentido de ponerse en las manos correspondientes. No hay modernización, innovación, injerencia alguna de expertos en mercadoctenia.
La apuesta de Madrazo es, definitivo, con el priísmo duro. Con esa fuerza partidaria que no cambia. Y a ellos sabe qué decirles y cómo hacerlo. Incluso con su chascarrillo sobre los “azulejos” que no cumplen promesas. Es didáctico, simple, amoroso con las mujeres y los niños. Sabe dejarse querer, digamos en pocas palabras que le sale muy bien el papel de candidato presidencial.
No está haciendo el ridículo, no va en una carrera perdida ni tampoco se ve cansado o angustiado. En lo personal me atrevería a decir que los golpes, que han de haber sido muchos, lo hacen (al menos en su trato político) mucho más grato, menos acartonado, menos a la defensiva de lo que fue siempre. En lo humano también ha cambiado, tal vez en las aristas menos agresivas de su expresión, en su manera de tocarte, de abrazarte, de utilizar la piel como una parte más de sí mismo, como si su cuerpo y su calor fuesen parte de su mensaje. Igual que sus manos que parecen tocarte como si fuese cierto.
Y eso es lo que comunica. ¿Convence? No me queda duda que a los priístas enormidades, que a su paso por el baño de pueblo que Félix había organizado con extrema eficiencia y talento político, Madrazo demostró mucho mayor encanto que en los medios. Es decir, hay un abismo inmenso entre su imagen congelada en un discurso anquilosado en las páginas de los diarios nacionales, entre su rostro fragmentado en el segundo oscuro que transmite la televisión y aquel hombre que interactúa seguro de sí mismo con su gente.
Sí, definitivo, Madrazo es mucho mejor en corto. En su paciente reiterar que no habrá encuesta mejor que la del dos de octubre, en su negativa a mirar hacía López Obrador, en su canal monoaural priísta.
En cuanto a Félix, gobernador, priísta, líder que despega, no se veía disparejo, no estaba en la reverencia ni en la distancia displicente. Su segundo plano, intencional, era aquel del director de escena que sabe que cada párrafo va entrando en su sitio. Todo era como de relojito, hasta que Roberto dijo aquello de que iba a Los Pinos y en la distracción se ruborizó…

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