La Lealtad Como Premisa

* Murio el Ultimo
No por esperada es menos dolorosa la noticia. Una y otra vez, en las últimas citas a comer, me había despedido, le había dado las gracias, lo había abrazado amorosa. Sin embargo, no puedo escribir la nota necrológica sin llorar, por él, por mí, por nuestro país, por todo lo que se va con la muerte de Don Pancho.
De Galindo Ochoa, de un hombre que significó –por encima de cualquier otro concepto- el tiempo político en que la lealtad fue lo más importante.
Quisé, quiero profundamente a Don Pancho a quien siempre hablé de usted, a quien siempre respeté, a quien siempre cuestioné lapidariamente para terminar en risa compartida, al único jefe de prensa que me negó el acceso, al primero en darme la mano, al único que me escribió cartas en mis exilios.
Anciano ya seguía expresando su enojo de la misma manera, en lo que fue “su mesa” en el restaurante, “Champs Elysees”, donde la política se escenificó con la fuerza del ritual educado, de la necesidad pública de mostrar la capacidad humana del encuentro, de la suma, de la f orma que siempre fue fondo.
Don Pancho quería mostrarse como un monstruo y fue un hombre de enorme generosidad humana, que no hacía regalos y de todo se podía desprender, que amalgamó lo mejor y lo peor del ente político en la antesala de su despacho y que sirvió apasionadamente a las causas de su país, de su partido, del poder entendido como capacidad de servir, de ayudar.
Fue duro hasta decir basta, rígido en sus principios, en su intransigencia, en su sentido del humor, en su capacidad de ostentación privada que estaba, paradójicamente, despojada de toda riqueza. Nada, nunca, en más de treinta años tuvo que ver con el dinero que solía despreciar tanto como a los corruptos.
La primera vez que crucé el umbral de su despacho, joven e indocumentada, salvajemente ambos, fue porque en la gira proselitista de Don Javier, de otro hombre de lealtades sin parangón, de García Paniagua, por Tlaxcala había habido un pleito de amantes en mi cuarto compartido con Tulio Hernández y de ahí se había corrido el rumor de golpes.
Y si los hubiese habido, como existió tanta pasión violenta y devastadora en nuestra relación, lo habría admitido. No era así. Y mi querido, entrañable Sami David me dijo que todo estaba en la oficina de Don Pancho.
Obviamente no había escuchado hablar de él. Y menos podía, comenzaba en el oficio, de mujer y de periodista al mismo tiempo, imaginar tanto poder detrás de un escritorio civil, de una oficina común en un edificio de la Zona Rosa.
Preguntar y aterrarme fue lo mismo. Ese hombre, me dijeron, todo lo sabía, todo podía publicarlo en todos los espacios, todas las “honras”, todas las carreras políticas podía destruir a voluntad. Y Tulio, entonces gobernador, antes de la aventura triste de Silvia Pinal hoy bufa en su ancianidad maquillada, había roto la puerta del cuarto solamente.
Todavía puedo sentir el pánico en mi piel primeriza cruzar su umbral para contarle la verdad. Para pedirle una solidaridad que jamás me negó, en tantos años, de cara a tanto.
A partir de ahí se dio una complicidad, una profunda religión amistosa que duró hasta el final, hasta estos días en que yo sabía que no quería ser visto en su vulnerabilidad, en los estragos de la edad que apagaban lentamente sus capacidades y lo humillaban inevitablemente. Nos quisimos, nos respetamos, nos contamos historias, nos dimos la mano, nos supimos del mismo lado del Río, nos divertimos en maldades, nos acompañamos en las soledades y, juntos nos condolimos por un tiempo que se nos iba entre las manos.
Dejamos de pelear por un espacio en el “Champs Elysees”, de montar liturgias de mesa a mesa, de desayunar en su lugar, de hablar de política incluso porque nos invadieron hombres y mujeres de otros usos, porque la pequeña cofradía de los de siempre nos fuimos ocupando en sobrevivir en un mundo tan hostil como ajeno.
No obstante Galindo Ochoa no ha dejado de estar en mi escritorio, en mi página en blanco donde me obligo, siempre, a recordar que los periodistas no somos dioses. Y menos ha dejado de ser la referencia obligada de mis relaciones, de mis amores, de mis “lealtades”, donde siempre lo sabe mi más querido Juan Bustillos a quien abrazo llorando, tengo presente que la vida, la amistad es como decía él, como Galindo Ochoa vivió cada día: “De ida y vuelta, como el Paseo de la Reforma”.
No estuve para darle un último beso porque no había un avión disponible para regresarme de Saltillo a tiempo, mi hijo que lo respetó a través de mi profundo cariño fue a compartir la expresión dolorosa de sus hijos. Esto no quiere decir que no viva el duelo, el llanto callado, por todos nosotros. Por todos nosotros en verdad, porque con Don Pancho se cierra el tiempo de las lealtades políticas, de la amistad como razón del poder público, y su ausencia simplemente me confronta con todo lo que hemos perdido ya…

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