Mi Primer Cuartel

Badiraguato,1983*VISITA A BADIRAGUATO 1983.

*EL GENERAL JUAN LÓPEZ ORTÍZ

A principios de 1983, el general Juan Arévalo Gardoqui, en uno de los desayunos que teníamos con frecuencia, siempre con “mimosas” para agradecer mi “desmañanada”, me pidió que visitara Badiraguato, donde comenzaba la guerra contra el narcotráfico con una “Fuerza de Tarea” llamada Cóndor.

Como tratar con reporteros era muy poco habitual para el alto mando de las fuerzas armadas, mi “viaje” se organizó como una expedición.  Un asunto muy importante para el señor Secretario.

A cargo de esta excursión fue comisionado el general de brigada, DEM, Salvador Álvarez Nahra, entonces subjefe del Estado Mayor de la Sedena.

 

 

Lo más importante del recorrido, también fuimos a Guadalupe y Calvo, fue visitar Badiraguato.  El comandante de la primera Fuerza de Tarea Cóndor era el general brigadier Juan López Ortiz.  Reconocido por su combate a la guerrilla, por haber rescatado al gobernador electo de Guerrero en la sierra, por haber ascendido sin ser diplomado.  Un cuartelero legendario en todo sentido.

Las fotografías de esa visita me fueron entregadas en un álbum que he conservado al paso del tiempo.  Fue una lección más que singular, un remojón inmenso en las aguas militares, y un regalo de la vida haber conocido a mi general López Ortiz con quien coincidiría más adelante.

Como consta en las fotografías estuve en los honores a la bandera, me enseñaron las camas recién tendidas, me dieron una conferencia sobre la droga, amapola, sobre todo, el coronel Juan Alfredo Oropeza Garnica. En 1983 yo tenía 32 años, quede constancia.

 

 

Primero en Badiraguato, y luego cuando nos alcanzó en Culiacán, el general López Ortiz insistía mucho en un permiso, dirigiéndose al general Álvarez Nahra.  Acababa de nacer su hijo más pequeño, en Tenosique, Tabasco y quería conocerlo.

Durante ese viaje, me impresionó enormidades esta necesidad de conocer a su hijo, ya de meses, y que, en su baño, del cuartel, al que entré estaba tendida una trusa color rojo…

De regreso el general Álvarez Nahra, que no creo que haya tenido mucho trato con mujeres fuera de la jerarquía del uniforme militar, me puso la mano sobre una pierna, como si fuese un objeto a disposición.

 

 

En mi reportaje, para Ovaciones, escribí de esto.  Tanto de la trusa roja como de los avances del subjefe de Estado Mayor de la Sedena.  Yo, vuelvo a puntualizar, tenía 32 años.  Y una gran cercanía, de mucho cariño, de mucho consentimiento, con mi general Arévalo Gardoqui que ya me había llevado en su avión a presenciar maniobras de fuego real, que venía a comer a casa de mi amiga Heidi, aunque no tuviese muebles.

Eso, definitivo, explica mi valentía, o desafío al escribir lo que había sucedido.

De orden superior Álvarez Nahra dejó de ser Subjefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional.

Muchos años después, mi general López Ortiz seguía contando divertido esta “anécdota”.  También escribí sobre el primer intento militar, en ese sexenio, de combatir el narcotráfico.  Me aprendí bien la lección.

 

 

En las fotografías a continuación consta que me regalaron un par de botas… me hizo recordar la risa de mi general Secretario cuando se lo conté.  No creo haberlas usado…

Sí, en cambio, un abrigo militar hecho a mi medida para la gira presidencial a China.

 

 

Por la cara que tenía debe haber hecho mucho calor, y el rancho no debió ser muy apetecible.

 

 

Muchos años después estuve en Chiapas, con los cadáveres sin levantar, con Juan. Pasamos largas jornadas durante una guerra que su talento militar ganó.  Mi general se impuso en la batalla más importante de Chiapas. Lo vivimos juntos. Después, en la Ciudad, comimos varias veces.  Nos vimos siempre con gran afecto.  Una tarde su mujer me llamó para decirme, con llanto, que mi general se había muerto.  Y yo acompañé sus lágrimas.

Mucho de la lealtad, de la disciplina, del talento, de la disposición a dar la vida, de los sentimientos más valientes que encarna el uniforme militar estaba presente en Juan López Ortiz.  Para mí, la imagen viva de un buen jefe militar en quien se podía confiar ciegamente.

Y todo empezó cuando vi, secándose, en el baño, su trusa color rojo…

 

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