Maten al mensajero…barbarie contra periodistas

México, 22 de agosto.- Para algunos, tal vez incluso para muchos cientos de miles de personas, el periodista decapitado estaba loco. Para otros fue un héroe de la libertad.

Quienes hayan estado, así sea alguna vez, frente a la comunidad de periodistas empeñados en cubrir guerras en todo el mundo, saben que simplemente era uno más de los convencidos de su trabajo. Sin importar los riesgos.

Víctima de una adrenalina muy especial. De esa fuerza interna que surge de la convicción de que dejar constancia de la realidad es un deber.

Que esto, credo si los hay, es lo que ilumina el camino del reportero a perpetuidad.

Dejar constancia de la violencia de una guerra no implica, no obligadamente, tomar un “lado” del conflicto. Aunque los hay, periodistas, convencidos de alguna ideología.

A James Foley no lo asesinaron de una forma tan horrorosa por su “ideología”, así lo hayan obligado a pronunciar un testimonial contra la guerra y hasta contra su país, sino por ser fotógrafo.

Y quienes hemos conocido a fotógrafos de prensa en situaciones extremas sabemos que su vocación está profundamente negada al peligro. Se trata de alcanzar el perfecto instante que puede reflejar una verdad, que puede definir la esencia misma de la vida, de la violencia, del miedo, de la muerte.

Foley, como muchos otros, venía cubriendo guerras en todo el mundo. Cubierto de chalecos antibalas, cargando su equipo y también un casco, como si hubiese sido soldado. Con la diferencia de que su arma era una cámara fotográfica. Su ejecución fue filmada como un mensaje contra el mensajero no, como algunos pueden haber entendido, como una respuesta a temas bélicos, a las acciones de violencia ordenadas por el Presidente de Estados Unidos.

Esta exhibición, espantosa en verdad, tuvo como objetivo asustar a quienes se dedican a dar testimonio, a conmover, a modificar la conciencia colectiva con su trabajo.

Lo que sucede, sobre todo, en conflictos bélicos. Y sin ir más lejos, tenemos los testimoniales gráficos sobre la reciente confrontación en Israel.

James Foley sentía, tenía esa perfecta y envidiable convicción de cumplir con su “deber” cuando fue secuestrado hace dos años en Siria.

Como sucede con reporteros en nuestros países, vulnerables a los ataques de grupos criminales a los que denuncian, o a acciones de dictaduras ideológicas todavía vigentes en muchas sociedades latinas, fue víctima abandonada por el Estado.

Quienes pudieron evitar la ejecución, quienes pudieron utilizar todos los recursos del Gobierno, de sus ejércitos, de sus agencias de inteligencia, no lo hicieron para rescatar a un reportero secuestrado.

En esa parte del mundo están vigentes razones fundamentalistas que nos resultan profundamente ajenas, pero que son una razón de vida que trasciende el velo o las creencias religiosas. Con el brutal asesinato de Foley millones de ciudadanos conocemos más de su brutalidad.

Y, paradójicamente, con su muerte se logró una expresión de comunicación, de periodismo que trasciende.

Que el verdugo del periodista sea inglés le agrega una realidad estrujante al análisis, porque estamos hablando de inteligencias educadas en el mundo occidental al servicio de una violencia brutal y sin sentido alguno. Porque Foley, como tantos otros periodistas, no era sino un testigo, una víctima, una “baja casual” de una guerra que le era ajena, que no estaba instalada en su vecindario.

El “yidahismo” que profesa el verdugo vestido de negro que decapita brutalmente el periodista es ahora, contra lo que se pretendió conseguir con este asesinato, un villano a quienes autoridades de todo el mundo pretenden extirpar como “un cáncer”.

En nuestra realidad somos ajenos a este fundamentalismo, lo que debe alegrarnos profundamente. No obstante, los riesgos para los reporteros, para los periodistas que viven para dar testimonio de la realidad son los mismos, y sobre todo, la vocación de ser “testigo” iguala la peligrosidad del mensajero a quienes muchos quieren eliminar, como si al hacerlo pudiesen borrar la realidad.

Habrá que rendir homenaje a James Foley precisamente en el ejercicio cotidiano del periodismo independiente, y exigir al Gobierno, al Estado que cumpla con su obligación de proteger nuestra libertad.
Isabel Arvide
@isabelarvide
Estado Mayor

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