¿Qué hacemos sin el Presidente?…urge legislar la vulnerabilidad humana

México, 1 de julio.- La inestabilidad institucional subsecuente a los días revolucionarios, donde lo que abundaban eran caciques regionales con ambición de poder, obligó a desaparecer la figura de un Vicepresidente de la República, con objeto de no provocar una mayor fragilidad.

En pocas palabras, se hizo porque muchos querrían asesinar al Presidente en turno para quedarse con el poder, “legalmente”.
Esos días pertenecen al pasado. Sin embargo, ese mismo principio, de fortalecer la figura del primer mandatario y evitar cualquier “tentación” de usurpar su legítimo poder, permanece como inalterable.
La reciente intervención quirúrgica a que fue sometido el presidente Peña Nieto hace pensar en la vulnerabilidad inherente a la condición humana. Esto de frente a una realidad convulsa, a la posibilidad de que, ante la indiferencia y/o el rechazo de grandes sectores sociales frente al voto, puedan tener mayorías en los congresos partidos minoritarios, a un rechazo artificial o genuino al partido en poder, a infinidad de circunstancias ajenas a las conciencias de millones de mexicanos, lesiona a todos.
Es decir, lo peor que podría pasar en estos momentos para más de 100 millones de mexicanos es que nos quedásemos sin Presidente. Y sin un sustituto viable.
Da pánico imaginar siquiera en que caos mayúsculo entraríamos inmediato a la enfermedad grave o muerte del primer mandatario. Todos, absolutamente todos perderíamos.
Tal vez no sea tiempo para pensar en un “Vicepresidente” plenipotenciario pero sí, definitivo, para prever con lógica, con el mismo amor a la familia que tiene quien hace un testamento, quien tiene arreglada su partida, habría que encontrar mecanismos viables para sustituir al primer mandatario si llega a incapacitarse físicamente o a morir.
¿Tiene verdadero poder el titular de la Secretaría de Gobernación? Diría que exactamente tiene el poder que el mandatario en turno quiera poner en sus manos. Y esto es válido para el resto del Gabinete. En la realidad quien manda, en todo momento es el Presidente.
Esto no es lo que queremos que cambie.
Lo que sí tiene que cambiar es la estructuración política, práctica de la sucesión de ese poder presidencial omnipotente en caso de desaparición.
Nuestra Constitución Política está arraigada a tiempos que no son los actuales. Baste preguntarnos cuántos millones de mexicanos saben quién es el presidente de la Suprema Corte de Justicia o si estaríamos preparados para una nueva elección presidencial a inicios de sexenio…
¿El Congreso? ¿Se imaginan los gritos de la gente de Andrés Manuel exigiendo que fuese “ungido”?
¿Qué mecanismo necesitamos para elegir, con toda conciencia, en el momento de ejercer el voto por un candidato presidencial a quien habría de ser su sucesor en caso de morir o enfermarse gravemente?
Porque sí millones votamos por el PAN o en su caso por el PRI es obvio que millones, esa misma mayoría queremos que ese sexenio termine en manos de ese mismo partido político, que las políticas económicas o públicas que comenzado a instaurar puedan continuar.
Y sobre todo esos mismos millones de electores no queremos que exista una tentación totalitaria frente a una situación de emergencia. Porque ninguno puede garantizar que no salga algún loco, con o sin uniforme, a intentar arrebatar el poder constitucional legítimo en una situación extrema.
Somos una sociedad adulta que puede hablar de la muerte, de la posibilidad humana de enfermarse o accidentarse. Por lo tanto, repito, es urgente legislar en este momento que no es urgente, que no estamos frente a una situación carente de figura presidencial, sobre la sucesión en Los Pinos si llegase a falta el primer mandatario.
Hacerlo de manera moderna, de cara a nuestra realidad en este siglo, midiendo todo lo que realmente sucede y puede suceder. Escribamos este nuevo capítulo en nuestra Constitución cuando podemos hacerlo con libertad y pensando en la viabilidad de la Institución Presidencial…
Isabel Arvide
@isabelarvide
Estado Mayor MX

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