Jacobo, excepcional periodista y mejor hombre

México, 7 de julio.- El dolor de cabeza era mortal de necesidad cuando me pasaron la llamada, era Jacobo que pedía reunirnos a la una de la tarde de ese día, primero de diciembre de 1994. La cita fuera de la oficina, para tomar un café a solas.

Meses antes había llegado a Televisa por deseo expreso de Emilio Azcárraga, quien me asignó el salario más alto que he ganado, una oficina y un equipo de personas para prepararme lo que incluía camarógrafos, estudio, vestuario, maestros de dicción…
No tenía programa ni fecha. Solamente pululaba por las instalaciones de Televisa y escribía para Ovaciones. Las condiciones pactadas con “El Tigre” eran de absoluta libertad a cambio de total exclusividad con la empresa. Y yo la ejercía cotidianamente. Divertida, con los ojos plenos de emoción y asombro.
Una tarde Jacobo me citó para hablar de mi columna, un análisis severo sobre la esposa del candidato Zedillo que había fustigado el trabajo femenino.
Me dijo que ese no era el estilo de la empresa, palabras más o menos. Y le repliqué envalentonada, ingenua que fui, que Emilio me había autorizado. Para demostrarlo al día siguiente escribí sobre las empresas constructoras del padre y los hermanos de Zedillo. Hace más de veinte años, cuando la apertura periodística era una utopía lejos de Televisa
Por su parte, Azcárraga me festejaba. Decía que todo lo que mostraban en sus noticieros no provocaba reacción oficial y una nota mía hacía que le llovieran llamadas. Parecía metido en el juego con igual gozo que el mío. Una y otra vez me llamaba a su oficina para reírnos de mis críticas.
Un día, antes de terminar la campaña presidencial, Jacobo me invitó a comer. Nos habíamos conocido con mi recordado José Pagés Llergo, precisamente en sus míticas reuniones de los viernes, donde todos eran grandes protagonistas del poder y el periodismo, y yo una novata. Tal vez por eso Zabludovsky era muy generoso y cercano, así, como pateando un bote, sin darle trascendencia, me propuso dirigir el diario SUMMA, mientras Emilio decidía sobre los programas críticos (años después vendía Tercer Grado con su idea original) que pensaba transmitir conmigo. Era una tentación del millón de millones. Mi sueño: dirigir un periódico.
Jacobo me ofreció total libertad. No tendría otro jefe que él, podría elegir a mis colaboradores, hacer lo que quisiera. Su mando sería “simbólico”, una llamada al día para estar enterados.
Yo acepté con una sola condición, que fuese de verdad la directora de SUMMA, con todo lo que implicaba y Jacobo se comprometió a que así sería. Los meses siguientes fueron maravillosos. Un ejercicio periodístico de excelencia, ninguno que creía que SUMMA fuese de Televisa. Se cambió el formato, tuvimos presentaciones, reportajes audaces, encabezados subversivos, logramos penetrar un nicho de formadores de opinión.
Por eso, porque habíamos compartido el esfuerzo, porque festejaba los avances del diario, porque fue un proyecto que vivimos y gozamos juntos, Jacobo estaba apesadumbrado. Yo pedí un whisky, todavía más agobiada porque ese día, primero del nuevo sexenio había sido la única directora de un diario que no había estado invitada a la toma de posesión de Zedillo.
A valores entendidos algo estaba muy mal en mi futuro.
La noche anterior no le había llamado intencionalmente. Era mi libertad pactada con él. Y sin consultarlo decidí que el encabezado sería “Decepcionó el Gabinete”. Frase lapidaria que se adelantó por semanas al “Error de Diciembre” que tanto empobreció a los mexicanos. Me reclamó, le recordé su compromiso.
Jacobo tenía pena, inmensa pena, lo recuerdo como si fuese hoy, al decirme que las instrucciones de Emilio eran que debía aceptar un “censor” de Presidencia, de la oficina de Carlos Salomón, director de prensa entonces, para supervisar lo que publicaría SUMMA al día siguiente. Cuando me miró compungido se le salían las lágrimas y yo comencé a llorar. Éramos dos periodistas fracasados.
Le dije que quería ver a Emilio para renunciar… insistió en que nadie renunciaba en Televisa y quería abrazarme y quería pedirme perdón y el tiempo se nos acababa y me llevó, de la mano a comer con sus hijos y yo me tragaba lágrimas sin saber qué decir y Jacobo no se separaba hasta horas después en que recibió mi oficina, la renuncia de 39 reporteros y trabajadores de SUMMA, mientras llegaba la policía y todo era una confusión inmensa en las oficinas que compartíamos con Ovaciones…
Años después me lo encontré en Madrid en una librería, nos abrazamos y le pregunté cómo estaba. Con ese estilo suave y rotundo, un poco cínico, pero bonachón como todos los que han crecido en vecindades me dijo que estaba muy contento porque había logrado hacer lo que yo había hecho toda mi vida: Periodismo en libertad.
Por eso, por tantas cosas, lamento profundamente la muerte de un periodista excepcional y un mejor hombre.
Isabel Arvide
@isabelarvide
Estado Mayor MX

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