Miguel Ángel Godínez Bravo

General Miguel Ángel Godínez Bravo. Foto: EspecialMéxico, 28 de octubre.- Lo conocí hace una vida. Una larguísima vida de los dos. Lo conocí cuando no había descubierto mi vocación castrense, cuando verlo en el entorno más cercano al poder presidencial no tenía traducción alguna. En los días en que mi obsesión era conseguir un gafete de prensa para cubrir las actividades presidenciales, para así obtener un espacio en el diario donde trabajaba. Enferma, obsesa hasta la locura por el trabajo, por la nota diaria a mis veintiséis años.
Es decir, lo conozco hace más de treinta años. Y lo quiero, lo he querido cada uno de los días de esos muchos años. Porque sí. Porque no. Por todo. Lo quise a partir de que me abrió las puertas de sus oficinas poderosísimas en Los Pinos por intervención de Arellano Noblecía, una tarde que se volvió noche y entraban botellas de champaña a su oficina, cuando regalarme un caballo era el más menor de los pecados, cuando me fue a dejar a mi casa en la colonia Roma y asumió que era una mentira, de tan pobrecita que era en su primera versión recién rentada en ruinas, que no podía creer que yo viviera tan jodida.
En estos muchos años lo he seguido como Adelita en sus días de mayor poder y en sus tardes de inmensa soledad cuando todos le comenzaron a dar la espalda. Ha sido un viaje de inmenso privilegio que me ilumina, que siempre habrá de marcar horas del más intenso esplendor.
Con Miguel Ángel se aprende compartiendo, se tiene uno que despojar de cualquier prejuicio, de cualquier juicio y de todos los conocimientos para dejarse ir en su simple, estructurada sabiduría vital.
Godínez Bravo con quien compartí siempre una intimidad en que podía entrar a mi cuarto de hotel en cualquier parte del mundo como si fuera uno más de sus subordinados. Mi general que todos saben que le gustan rubias y pocos conocen las excepciones.
“Sinceramente Compadrito” solemos burlarnos de su frase favorita todos sus amigos.
Miguel Ángel es uno de esos hombres buenos, buenos, buenos, buenos como lo fue mi padre. Como lo son poquísimos seres humanos. Tanto que a su paso hay una cauda inmensa de agradecimientos, de anécdotas, de buenas memorias y mejores añoranzas.
Es, fue muchos años, también un jefe militar de excepcionales cualidades.
La disciplina hasta el extremo de someter a sus propios demonios cotidianamente. Que durante sus años en el Estado Mayor Presidencial se tradujeron en una puntualidad tan enferma en las actividades del primer mandatario que no llegaron a treinta los minutos totales de retraso durante el sexenio. O sea, no hubo retardo alguno.
La lealtad hasta el último momento, en las condiciones menos favorables, frente a los enemigos más devastadores que le guardó a José López Portillo no tiene paralelo. Si el Presidente López fue generoso con Godínez en el poder, mi general lo correspondió con creces.
No ha habido, hasta el día de hoy, una mano que se quede vacía al solicitarle cualquier ayuda. Hombre que ha visto pasar por sus manos miles de millones de pesos sin guardarlos para su usufructo personal.
Hombre de mujeres. Vaya que Godínez lo ha sido siempre. Una leyenda dentro del Ejército por eso. Las que le endilgan públicamente son, siguen siendo pocas. Por eso López Portillo me preguntó un día cuál era mi relación “personal” con el general Godínez para haber estado tan cerca, tan presente, todo el sexenio. Es, también, hombre de sus hijas a las que ama profundamente, tanto como a Miguel Ángel chico, como a sus nietos.
Es un hombre tan lleno de amor que debe desesperarlo no tener la capacidad humana para vivirlo como lo siente, para repartirse en tantos y tantos fragmentos.
Lo recuerdo llorando en el velorio de su padre ya de madrugada. Y en la despedida de su jefe López cuando volamos de Chetumal al DF en el TP 01 aquel día último del sexenio escoltados por sus aviones, abriendo otra vez champaña entre lágrimas, para llegar al hangar presidencial a la última salutación castrense al que entregaría el poder horas después.
Godínez negociador que me llevó de la mano con mi general Riviello, que abogó por mí con su lastimado ego, que pidió para mí una oportunidad que al paso del tiempo se convirtió en la más entrañable de las amistades, en mi permanente presencia en las oficinas del titular de la Sedena y después en la casa de mi general Riviello. Porque Godínez un día creyó, generoso que es, que le correspondía avalarme para bien de todos.
De las muchas fotografías que existen de ambos hay una, en la sala de mi casa, donde me toma de la mano y parece que vamos a bailar… tal vez siempre hemos estado a punto de iniciar una danza cómplice, personal, sin necesidad de escuchar a la orquesta tocar ninguna melodía.
Duro cuando hay que serlo, Godínez Bravo es el único jefe militar que ha encabezado en tiempos modernos una guerra. Que la vivió desde sus orígenes en que no pudo, no lo dejaron vencer al enemigo y la padeció con sus muertos silentes en horas de combate que no deben repetirse.
Hombre religioso Godínez Bravo confrontó valientemente al obispo Samuel Ruiz cuando indígenas “zapatistas” asesinaron; con gran crueldad; a dos de sus hombres meses antes del inicio de la guerra.
Godínez en Los Pinos, en Oaxaca, en Tampico, en Roma, en Chiapas, en el retiro. Godínez siempre jefe, siempre amigo, siempre adorado.
Uno es el Godínez que encabezó el Estado Mayor Presidencial en los días de mayor poderío a imaginar, entre mujeres, caballos, frivolidad y esplendor petrolero, poder tan grande en sus manos que a veces parecía superior al del titular de la Sedena. Uno, el mismo pero distinto, es quien con humildad ejemplar se fue a encabezar una zona militar a su salida buscando comenzar, desde cero, una carrera militar dentro del mando operativo del Ejército. Uno, que seguía siendo el mismo pero aburrido, es el Godínez que aceptó disciplinadamente irse a vivir a Italia como agregado militar. Uno, el mismo con el uniforme camuflageado, es el que encabezó la guerra de Chiapas entre balas y periodicazos, entre razones del combate a ganar y la rendición política del Presidente Salinas de Gortari.
Porque Godínez siempre ha sido el mismo. Con sus vicios humanos, con sus calenturas humanas, con su carácter humano, con su uniforme de humano sobrepuesto al militar.
Y vaya que por eso le tienen que pesar todos los muertos de Chiapas.
Mi general, Miguel Ángel, Godínez de quien nunca he escuchado a un jefe militar decir algo en contra, insultarlo, referirse con desprecio, acusarlo de corrupción.
El recuerdo. Uno de los muchos. Godínez Bravo está frente a mí, a mí quien es abrazada por su jefe Juan Arévalo Gardoqui, en una casa que era un restaurante privado conocido como “Chateau Camacho”, en la colonia Roma, en su despedida privada porque se va a vivir a Italia, ambos bebíamos un whisky melancólico y nos reíamos contentos con la bonhomía del entonces titular de la Sedena, otro hombre excepcionalmente humano y generoso. Ambos sabíamos, supimos siempre, que no le iba a gustar vivir en Europa.
Y vuelve a estar frente a mí al bajarme de un avión en Tuxtla, con instrucciones de su jefe, mi general Riviello, de mostrarme meses antes de aquel primero de enero de 1994 que hay una guerrilla, que hay un ejército que va a comenzar una guerra contra el poder legítimo y establecido de la República. Nota exclusiva que me enorgullece nunca haber publicado.
Cuando mi general Galván vino a mi casa ya Secretario de la Defensa y miró la fotografía en la pared de esos días me pidió que le preguntara si tenía memorias de esa “guerra”. La respuesta de Godínez no pudo ser más generosa: Dile que todo está en tu libro de Chiapas, que ahí lo escribimos todos los militares…
Guerra que viví en los cuarteles, a su lado propiamente, por instrucciones superiores.
Guerra que documenté compartiendo sus raciones, escuchando sus temores, cada día, cada noche.
Guerra que para Godínez comenzó en abril de 1993 cuando le escribió al obispo Samuel Ruiz: “… nos preguntamos con tristeza y decepción cómo es posible que sacerdotes de religión que la mayoría de los militares profesamos defiendan a criminales que con tanta perversidad, saña, impiedad y crueldad privaron de su existencia a dos seres que se asomaban a la vida…si sus intenciones de dejar sin castigo a criminales llegaran a triunfar México quedaría como un país sin ley y sin justicia…”
Un mes después descubriría un campamento guerrillero en el paraje conocido como “Las Calabazas” del cerro de Corralchem, municipio de Ocosingo, Chiapas. Ahí estaban los uniformes, las reproducciones de los cuarteles militares, los equipos de radiocomunicación, las pruebas que Salinas de Gortari no quiso ver o prefirió políticamente manejar a su manera. Fue tan grande este hallazgo que el mismo subcomandante Marcos declararía al respecto: “La primera acción militar es en mayo del 93, cuando el ejército descubre accidentalmente el campamento… Entonces el ejército procede como debe proceder un ejército, descubre un enemigo, empieza a desplegarse y a cortar, trata de acabar con los guerrilleros, pero de pronto, a los pocos días se sale… Eso no fue una decisión militar”.
Godínez recibió la orden de replegarse, la obedeció y meses después, delante de jefes militares reunidos por una condecoración presidencial el 13 de septiembre del mismo 1993, le reclamó a su manera al Presidente Salinas de Gortari. Para que quedara constancia.
Y así Miguel Ángel Godínez encabezó las acciones militares acotadas por la política que le correspondieron históricamente, con todos los muertos que oficialmente no existen, con todos los costos que siempre han permanecido en la memoria colectiva de los militares. Nunca tantos jefes militares estuvieron bajo el mando de un general divisionario para retirarse, para no atacar, para regresar a sus cuarteles y dejar que los “guerrilleros” impusieran sus normas. Y así hasta la fecha.
Godínez Bravo es un hombre de esplendores difíciles de asimilar a simple vista, representante que es del militar mexicano en físico, en color, en costumbres, en expresiones coloquiales. Pocos podrían ser tan sencillos, de tanta transparencia como él. Por eso, también por eso, tan difícil su paso por la Cámara de Diputados donde se aburrió hasta decir basta. Donde volvió a ratificar que la política no es su fuerte, que el lenguaje doble de los legisladores no le corresponde a su naturaleza franca.
La nobleza que todo olvida. Porque Miguel Ángel es de los hombres que vuelve a abrazar a su enemigo, a quien lo ha traicionado como si no hubiese habido afrenta, como si el tiempo le hubiera explicado en privado las razones del otro para su conducta. Como si ser benevolente no fuera sino un aspaviento más.
¿Qué pasó con Luis Echeverría? Que no obstante ser Miguel Ángel Godínez, entonces teniente coronel y luego coronel, jefe de la seguridad de su campaña presidencial, el mandatario decidió traer a ese puesto a un hombre que no conocía, a un militar ajeno al mundo del Estado Mayor Presidencial.
¿Y con López Portillo? Que desde el primer día se entendieron como agua con agua, como pares, como cuates de siempre. Y Godínez fue su sombra bienhechora, su confidente, su amigo y su más eficiente colaborador. Fue, también, el gran inspector de la obra pública nacional, el ogro temido por todos los políticos, secretarios y gobernadores.
¿Qué sucedió después? Que, se vale reiterarlo, en lugar de vivir cómodamente de su pasado, decidió comenzar de cero, en un ambiente muy poco propicio precisamente por el exceso de poder que tuvo en sus manos. Y poco a poco, muy lentamente, se fue ganando un espacio y a sus jefes.
¿Y más después en Chiapas? Que de manera teórica y operativa puso a funcionar el gran potencial del Ejército mexicano en contra de un enemigo en una situación completamente irrepetible hasta aceptar una retirada que ni siquiera el enemigo comprendió.
Luego encabezó, vaya que al principio no lo quería para nada, la lista que el general Riviello hiciera de precandidatos a sucederlo. Y no fue Secretario de la Defensa Nacional, tal vez la influencia de Salinas de Gortari, el estilo de Ernesto Zedillo. Después llegó la edad de retiro, vinieron cambios que no logró nunca asimilar como la detención de su queridísimo amigo Francisco Quirós Hermosillo, suegro de su hijo además. Y se fue encerrando en su casa al lado de su nueva mujer que sigue a su lado como si fueran aquellos años de esplendor y poder.
Isabel Arvide
@isabelarvide
Estado Mayor MX

  1 comentario en “Miguel Ángel Godínez Bravo

  1. alejandro rodriguez herrera
    28 octubre 2015 a las 20:40

    Mi amigo el General Godinez, siento la ausencia que deja su espacio terrenal en éste mundo de formas, sé que allá en el lugar en el que hoy se encuentra la luz y los sonidos desbordan los sentidos y que cualquier parecido a lo mundano sería profano.Usted mi General me obsequió durante los últimos 4 años de su existir el convivir con usted mes a mes, al hacerme el excelso honor de invitarme a desayunar en su hogar y sabe mi General Mariscal, que le aprendí, en ese tiempo? Algo muy simple , ser humano,humilde y artesano del amigo…gracias Señor se le recordará por siempre con tristeza porque ya no está en presencia, con alegría porque su soplo vuela por el universo…

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