67 años

Alguno dirá que me salté las trancas, yo respondería que no conocí otra frontera que mi propio entendimiento de lo que veía.  Y vaya que en mi horizonte se sumaron todos los infinitos.  ¿Fue valido?  Hablar en pasado no ayuda.  Fue.  En verdad que fue.  A riesgo de parecer cursi, añadiría que no tengo resentimientos, y que las afrentas están tan guardadas en algún cajón de alguna cómoda olvidada que costaría enormidades sacarlas a orear.  ¿Eso se llama vivir?  Eso lo entiendo como lo que pude, quise, intenté hacer.  La mitad de las veces sin conocimiento de causa, a golpe de audacia y mucha, mucha perseverancia que se confunde con necedad. Son muchos años.  Son muchas vidas aupando en mi espalda, con su peso, con su pesar, con su carga permanente.  Son los tiempos de lo que hice, y lo muy poco que dejé de hacer.  ¿Contamos hasta 67?… eso de repartir la vida en ciclos de doce en doce es tan poco elegante.  ¿Cómo llevar las mañanas de Enero hasta las tardes grises de Diciembre, cómo quedarse en la luz sin perdón de Mayo, cómo guardar la memoria en esos lapsos tan indecentes?  No confieso dolor alguno, es decir dolor alguno que no haya merecido, que no haya podido asimilar, que no haya decidido exorcizar a golpe de llanto enloquecido.  ¿Había de otra?  Entre abandonos y lo que correspondió, perdí.  Añoro mi casa, lamento no haber sido una hormiga previsora que tuviese techos a disponibilidad para los años del final.  Sin embargo, así lo viví, así lo pagué, así lo decidí porque estuve, estoy convencida que la libertad merece todos los precios.  Llego a la edad del nunca jamás, de ser llamada abuela a perpetuidad, de ser anunciada como una señora mayor, de abandonar la invisibilidad por un sillón cómodo y una sonrisa paciente si me tardo en subir la escalera.  ¿Habría querido otra realidad?  No está en la discusión porque mis espejos son tan personales que me responden fieles a una que fui, que siempre seré en nuestra compartida memoria. Amorosa me dispongo al trabajo de madrugada, sin preguntarme si esta debe ser la hora del retiro, porque no existe esa posibilidad.  Menos dispuesta, me dispongo a llegar a fin de mes como si tuviese treinta años y la vida sin resolver.  Así toca.  Así es.  No hay queja porque tampoco hay para dónde hacerse.  Tengo las manos, el corazón, lo que corresponde, plenos con mis nietos.  Una en el umbral de su propia historia, fuerte, decidida, bella, inteligente.  Otro que sonríe desde el primero de los inicios.  Tengo la mente, el alma, lo que debe ser a tope, porque mi hijo ha sido, porque vive con honestidad y valor y permanente gana de cambiar la realidad.  Porque está bien en brazos de su crecida mujer que sabe arroparlo, que manda en su mundo con paciencia inmensa.  ¿Puedo irme?  Cada día estoy cierta que puedo irme sin mayor dolor que el hecho en sí, en paz.  Puedo, también, festejar que cumplo 67 años en compañía de una extendida familia de afectos como el tuyo…

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