Cuarenta años

La edad en que uno comienza a temer los espejos y repetir tiempos pasados en los verbos. Del recuento de haceres y el cambio de piel, de la suma sin ambición de multitud.

Cumplir cuarenta años es igual a ser vieja que comenzar a madurar, convertirse apenas en adulta a punto de ser demasiado mayor, Cuestión de la serenidad cotidiana con que se juzgue o de la bicicleta que no se habra ya de aprender a montar.

En el mejor de los casos equipara la certidumbre de haber gastado la mitad, ¿o lo mejor?, de tu vida casi sin darte por enterada, aún con el poema por escribir, ignorando las canas y la carne que no toma su sitio. A veces con asombroso parecido a tus retratos.

Equivale, también a la magia de libertad. Al reposo de la ternura y la sopa caliente ganados a pulso.

Se llega. A querer o no. Y la fecha marca nuevos viejos rumbos. Hoy con otro equipaje, con la casa a cuestas, el conocimiento de tantos caminos y la ruta más clara aunque con menos prisa. Arriba con el “corazón en calma” que no tuve entonces, guardada por mi familia, privilegiada por mi hijo bendición cierta, amada por el mismo hombre y con la fortuna del trabajo que crea, en el que se cree.

Mi historia no existiría, nada sería válido sin la participación generosa de todos quienes, en una etapa u otra, han creído en mis locuras y acompañado solidarios mis tropiezos. Haber tenido tantas manos abiertas y conservar amigos es motivo de sobra para celebrar y, con ellos, dar gracias a quienes corresponda, a la vida que me ha dado tanto…

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