La oficina del tercer piso…

México, 23 de enero.- Un día salí a la mañana siguiente.  Pero fue de una comida, que se alargó al infinito, con el Jefe de Estado Mayor. Cuya oficina estaba muy cerca. Lo cierto es que la primera vez que fui a la oficina del tercer piso, la del secretario de la Defensa Nacional, no le concedí mayor importancia.  Sus muebles que parecen barnizados cada fin de semana, sus cuadros, sus esculturas, ese ambiente mucho más formal que en lo que era la oficina presidencial en Los Pinos, no me impresionó se sobre manera.  Era muy joven, obvio.

En la puerta me esperaba quien llegaría a ser el general García Ochoa, para subirme por el elevador especial, a la oficina de mi general José Ángel García Elizalde, secretario particular, que entonces debe haber sido teniente coronel o coronel.  Ahí había café, buen ánimo, mucha disposición.
Lo que más recuerdo, de mis visitas a la Secretaría, eran los desayunos.  Cuando mi general Juan Arévalo Gardoqui tenía una botella de champaña para el jugo de naranja, para compensarme por lo temprano de su horario.

Después fui muchas, muchas veces a través de los años.

Mi general Sandoval no tenía prisa. Parteaguas en la historia de la Secretaría de la Defensa Nacional, el primer titular que ha admitido públicamente que puede haber un “Secretario” civil, no tenía prisa.

La primera vez que entré a la oficina del tercer piso, con mi general Antonio Riviello, fue una visita de paso para desayunar, en el comedor oficial, larguísima reunión donde pusimos todas nuestras verdades sobre la mesa.  Lo que nos permitió una relación de muchos años y mucho cariño. Muchos retornos.

En el sexenio siguiente fui varias veces con el general Enrique Cervantes Aguirre.  Unas gratas, otra muy difícil, tanto que deje dicho que, si tardaba más de dos horas, denunciaran que algo malo, muy malo me había pasado.  Eran los días en que el tema de mi defensa del general Gutiérrez Rebollo estaba lo que sigue de “candente”.

Y con mi general Galván Galván fui tantas, tantas veces, tanto que nos dijimos y coincidimos… tanto afecto. Con la presencia tan humana, tan afectuosa del ahora general Ricardo Vallejo, entonces jefe de ayudantes, cuyo edificio premiado, la Escuela de Ingenieros, veo cada mañana desde la ventana de mi recamara.

Siempre subí por el elevador privado.  Que es en sí una ceremonia especial.

Esta vez iba con hormigas en el estómago. Por lo nuevo, primer encuentro formal.  Y también porque significaba un regreso, después de todo llegué a esa institución hace 37 años, primer año del sexenio de Miguel de la Madrid, 1982.

Y me querían subir por las escaleras.

Resulta que mi general Luis Sandoval ha puesto de moda otro estilo.  Mucho más informal.  Menos estricto.  Y a él, cosas de los tiempos modernos, le gusta subir por las escaleras.  Encontrarse a los militares que manda, ser accesible, hablar con ellos.  A veces de madrugada.

Al final me llevaron por el elevador. No el privado, que ni siquiera me enteré si sigue en uso. La oficina del tercer piso.  Y sí, los muebles siguen viéndose como si los barnizaran cada fin de semana.  Todo es reluciente.  Todo es formal.  Todo es magnificente, para impresionar a cualquiera.
Yo intenté desahogar mi “agenda” en quince minutos.  Mi general Sandoval no tenía prisa.  Parteaguas en la historia de la Secretaría de la Defensa Nacional, el primer titular que ha admitido públicamente que puede haber un “Secretario” civil, no tenía prisa. Hasta nos tomaron una foto, uno de sus ayudantes, primera vez que lo hago.  Tan en confianza.

Que privilegio tan grande hablar con un general de cuatro estrellas que no tiene prisa…

 

Isabel Arvide
@isabelarvide

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