Echeverría

*Fragmento del libro “Mis Presidentes

ECHEVERRIA

No quiero verlo.

Sé que debo despedirme, que no hacerlo va a dejarme un vacío, un arrepentimiento grande.

Que por lo menos debería llamar pidiendo que me reciba y dejar en sus manos la decisión del encuentro.

No quiero encontrarme con un anciano de noventa y un años cumplidos exactamente el 17 de enero de 2013, disminuido de sus facultades físicas. Es el espejo que prefiero mantener cubierto con una gran manta de flores para que ninguno de los dos nos reflejemos en él. Para que no tengamos que asustarnos ante nosotros mismos, los que hoy habitamos estos cuerpos tan ingratos y disonantes con nuestras mentes.

Porque estoy segura de que su lúcida inteligencia sigue igual. No podría ser de otra manera.

Lo vi por primera vez cuando cruzó el aeropuerto de Durango para saludar a la bandera. Y todas las escenas, todas las películas, todo se detuvo en un inmenso silencio. A su alrededor desapareció la realidad. El paso largo, con el dinamismo que me parece escuchar, la guayabera un poco arrugada, los zapatos impecablemente boleados.

“El presidente de los Estados Unidos Mexicanos”, decía una voz en off.

Y yo por primera vez, virgen de todos los políticos, impoluta de todo el poder, lo veía físicamente, de cerca, de verdad, pues. Ahí estaba el presidente. Ahí estaba yo, una entre millones de mexicanos que no sabían nada de Luis Echeverría Álvarez, que ni siquiera había votado en su elección.

Era el 18 de septiembre de 1976. Yo tenía veinticuatro años, unas ganas inmensas de aprender a ser periodista, un hijo, un divorcio, un espacio en el cuarto de mis hermanos en el departamento rentado de mis papás. Había dejado la Facultad de Medicina persiguiendo mi verdadera vocación: escribir. Y por la recomendación de mi amigo Édgar Méndez, Regino Díaz Redondo me había dado trabajo en el diario Excélsior.

En esa redacción me habían comisionado para cubrir una gira presidencial porque yo era la única “reportera” que no estaba harta de las larguísimas reuniones, de los recorridos puebleando de Echeverría. Querían una visión fresca al final del sexenio.

Echeverría ya se iba del poder pero parecía que llegaba.

El resto de esa tarde, la primera de nuestra historia, subí y bajé de autobuses, me crucé con montones de gente, escuché discursos sin estar ahí. Me latía el corazón; yo venía del pueblo, de provincia, y veía al presidente…

Luego, para paralizarme, para caer en estado de shock indudable, ese señor de lentes se abrió camino entre tantos para saludarme por mi nombre. Ya había preguntado. En su estilo, Luis Echeverría siempre sabía todo de todos, conocía hasta las peores intenciones inconscientes antes de que fueran descubiertas por el protagonista. Sabía leer la mirada y tenía un equipo inmenso de espías, o “analistas”, que de inmediato le pasaban una tarjeta con la información que solicitaba.

Me saludó como a la “otra Isabel”, en referencia directa a la presencia de Isabel Zamorano que también venía por Excélsior.

Información es poder. Echeverría provenía de lo que ahora, a la distancia, llamamos los “sótanos” de la Secretaría de Gobernación. Usos y costumbres lejanos.

El recorrido presidencial continuó. Ya era de noche. Había gente en todas las paradas. Le entregaban cartas, le pedían de todo y por su orden. Pasada la medianoche los periodistas ya se habían retirado. Fuimos al palacio de gobierno de Durango, había reuniones pendientes. Echeverría seguía fresco, como si fueran las ocho de la mañana; sus acompañantes estaban al borde del desmayo.

De pronto, sobre un escritorio —todo era caótico; yo no conocía las reglas ni sabía de qué iba el poder— pusieron unos tacos sobre papel de estraza. Han pasado casi cuarenta años y parece que los estoy viendo, con toda la grasa desbordada. Yo estaba como hipnotizada, en trance. Detrás de mí la manaza, porque sus manos son grandes, de Echeverría poniendo un taco sobre un papel para dármelo. Y todos viendo.

Uno de los testigos más molestos era el general Gutiérrez, de quien sabría mucho después que era el jefe del Estado Mayor Presidencial; para mí un hombre vestido de uniforme que el presidente esquivaba.

El presidente me dijo, como si fuera una invitada de honor, que todavía se iba a tardar; que al día siguiente íbamos a comenzar muy temprano con una visita a una escuela normal fuera del programa de la gira; que como mi cuarto era muy feo —lo que era cierto, era un cuarto interior horrible que hasta olía mal— ya había ordenado que cambiaran mis cosas al hotel donde estaba él hospedado, y en ese momento me presentó al hombre que lo acompañaba, a quien le estaba pidiendo que me llevara a descansar. Era Arsenio Farell.

Farell Cubillas era director de la cfe. A partir de ese momento nos hicimos amigos para siempre. Cuando llegamos al hotel de la comitiva, tres de la madrugada o por ahí, pidió que le abrieran el restaurante y nos dieran de cenar.

A la mañana siguiente yo estaba lista; en realidad me había dado tiempo solamente de bañarme, todavía estaba oscuro. No recuerdo qué hice con mi ropa, dos cambios que debo haber llevado, el caso es que Echeverría me subió a su autobús.

Y así nos fuimos. Todo el día. El militar, el general Gutiérrez, me empujaba lejos y el presidente me mandaba llamar. Yo tomaba nota de todo en mi libretita. Llegamos al aeropuerto y me indicaron que me fuera al avión de prensa. Me despedí y sin rubor alguno le pedí una entrevista exclusiva. Me dijo que a la siguiente gira.

De regreso al DF escribí una crónica titulada El convoy de la esperanza, que llevó mi firma por primera vez a la portada del diario ese 24 de septiembre. Entonces los éxitos periodísticos se medían por el número de veces que tenías ocho columnas o estabas en primera plana.

Se había cumplido de sobra la intención del jefe de redacción de Excélsior, Alejandro Íñigo, de hacer una crónica distinta de una gira presidencial, así que me asignaron otros temas. Semanas después se apagaba el sexenio y me mandaron a cubrir la inauguración de la Siderúrgica Lázaro Cárdenas-Las Truchas a Michoacán.

Echeverría me vio entre los periodistas al terminar el evento. Me subió a su autobús; yo estaba preocupada porque no llevaba equipaje. Él se encargaría de solucionarlo, afirmó, o qué, ¿no quería mi entrevista? Charlaba conmigo como si fuera el chofer del autobús y no el presidente. Me preguntó por Kafka por una alusión a él en mi crónica que, por supuesto, había leído. Y tuve que ser honesta y responder a sus interrogantes aceptando que no había leído a ese autor.

Al llegar a Ixtapa —entonces se hacían largos recorridos por carretera— uno de sus ayudantes, que después sabría que apodaban Júnior (aparte de los elementos del Estado Mayor Presidencial en su entorno, Echeverría incorporó un guardia civil personal que le respondía exclusivamente a él), hizo que abrieran la tienda del hotel —pasaba ya la medianoche—. Yo escogí, para su burla, una playera, un cepillo de dientes, pasta y aceite para desmaquillarme.

Al día siguiente, horas después, todavía no amanecía, me ordenaron que subiera al autobús. El protocolo establecía que primero subía el mandatario y luego su comitiva, colaboradores e invitados. Así que al pasar por su lugar me detuvo y me dijo que había una sorpresa en mi asiento.

Muchísimos libros desbordaban mi lugar, todos de la autoría de Kafka.

Lo impactante era lo personal. Lo que tenía destinatario. Lo que estaba dirigido a alguien con rostro, con nombre, con historia. Y lo innecesario, lo que hacía distinto el trato del poder hacia tu persona.

A partir de esa gira viajé con el presidente Echeverría los días finales de su gobierno en sus autobuses, sus aviones, en su entorno más inmediato. Prometió una entrevista que,obviamente, nunca llegó, y a partir de esa “exclusiva”, en Excélsior me comisionaron.

Las crónicas que escribí sobre esos viajes se publicaron. Hice mi trabajo maravillada ante los usos y costumbres del poder que no conocía, pero sobre todo frente a un hombre que se comportaba en medio de toda esa parafernalia como un enamorado más que seductor. Todo lo resolvía, todo lo concedía, todo lo supervisaba, como si fueran los primeros días del gobierno.

Todos, todo, lo reverenciaba.

 

Mi cumpleaños

Yo estaba a punto de cumplir, ese noviembre, veinticinco años.

Llegamos a Tampico; el hotel tenía las habitaciones entre los jardines, y con todo mundo detrás, el presidente quiso “acompañarme” a mi cuarto como un acto de “cortesía”. Fuimos a Acapulco a un evento en una instalación de la Marina. Sirvieron de comer, yo estaba sentada entre los invitados, y el plato que le llevaron primero que a nadie lo puso en manos de un ayudante militar con la encomienda de llevarlo a mi lugar. En Tabasco, Carlos Pellicer se encontraba entre los invitados: mandó traer todos sus libros para que yo los leyera.

El recuento de estas imágenes todavía me cierra la garganta.

En el autobús mandaba por mí para sentarme junto a él en algunas etapas del recorrido. Una vez me preguntó si mi hijo había nacido el 6 de octubre; intrigada, le respondí que no. Me dijo que ese era el día de san Bruno. Yo no entendía muy bien. Media hora después, en un evento multitudinario, me mandó llamar para darme un papelito doblado, era la parte inferior de una hoja de agenda con el santoral de esa fecha: San Bruno.

Un vuelo fue especialmente atemorizante. Era un avión muy pequeño; solamente íbamos Echeverría, el entonces director de Pemex, y yo, sentada frente a él, escuchando una conversación que intuía que no debía conocer, sin saber dónde meterme. No entendía, o entendía muy bien pero no sabía qué seguía.

Mi cumpleaños coincide con la celebración del Día del Cartero, 12 de noviembre. La mañana de ese día de 1976 había salido al mercado a comprar lo necesario para la comida en casa; seguía viviendo con mi hijo en el departamento que rentaban mis padres, dos recámaras, tres hermanos… Al regresar mi mamá me dijo que alguien había hecho una broma, o no entendía bien, porque aparentemente el presidente Echeverría me había llamado para felicitarme.

Los regalos de cumpleaños vinieron después. Estilo personal de gobernar, estilo personal para todo: en la siguiente gira unos aretes de plata, de artesanía mexicana muy elaborada, muy bellos, sin valor económico.

¿Regalo de un presidente? Por supuesto que no, regalo personal.

Con el paso del tiempo, Rogelio Castañeda, entonces secretario particular del primer mandatario y hoy amigo mío muy querido, me relató que el presidente lo mandó llamar en Tampico, le describió los aretes que había visto en el recorrido por una casa de artesanías en Guanajuato, y le pidió que fuera por ellos de inmediato, obviamente viajando en aviones oficiales. Eso fue la noche anterior. Rogelio cuenta esta anécdota sin aspavientos, a la menor provocación, en reuniones comunes.

Ese fue uno de mis regalos, entregado en propia mano. Obviamente que él sabía de mi cumpleaños, como de todo en mi vida, hasta de∫ mi divorcio y la identidad de mi exmarido.

El otro llegó a mi casa varios días después. Era un perro. Un cachorro San Bernardo con certificado de campeón.

Un perro de esa dimensión en un departamento compartido con mucha gente… No entendí nada; el ayudante que lo fue a entregar tenía cara de “a mí ni me pregunte”.

Plan con maña.

Porque, por supuesto, en el siguiente encuentro —siempre conversaciones en los viajes oficiales que eran casi diarios— le pregunté sus motivos: ¿qué hacía yo con un perro San Bernardo en el departamento de mis papás?

Su contestación inmediata fue: “Buscarle casa, de preferencia en Tlalpan”.

Con el paso del tiempo he valorado lo que siguió —mi respuesta— como uno de esos parteaguas en la vida, esas decisiones que cambian el futuro.

Fue automático: me reí, lo recuerdo perfectamente, y respondí que con lo que ganaba en Excélsior no podía comprar ni un coche en abonos, menos todavía rentar una casa.

Me dijo que no la rentara, que la comprara. Volví a reírme abiertamente y me hice guaje. Entendí, pero no iba a aceptar. Para que no quedaran dudas añadió que debía amueblarla con muebles y artesanía mexicanos, que tuviera jardín para el perro, que hubiera sillones, específicamente equipales, para descansar en la tarde.

En esos años las mujeres de mi generación queríamos ser libres, autosuficientes, productivas. Tener éxito de manera individual, por una misma. Depender de un hombre que te “pusiera casa” estaba fuera de discusión.

La propuesta quedó en el aire. Yo no me di por enterada y él entendió que mis intenciones no iban por ese lado. Años después, muchos años después, me enteré de que por esas mismas fechas le compró casa a Edith Chiquis Jiménez Izundegui, por el rumbo de San Jerónimo, cerca de la suya, y quien seguramente en su momento saldrá a los medios cuando se dé la rebatiña por los velos de viudez y la vasta herencia. Pareja establecida cuya fotografía juntos puede verse todavía en la fonda San Francisco, donde venden chiles en nogada, en el centro de la Ciudad de México.

Edith quiso ser periodista, o lo fue, no recuerdo bien. Escribió una novela, la que con el peso de Echeverría se filmó sin mayor relevancia. Resulta interesante que su primer marido, quien protagonizó un escándalo en Villahermosa antes del divorcio por un presunto noviazgo con otro hombre, apareciera convenientemente asesinado en su casa, un día entre esta fecha de finales de los setenta y los noventa.???Asesinato pasional, dijeron los medios tabasqueños.

Seguí viajando con él. Por quién sabe qué motivos, llegando a la Ciudad de México una vez fuimos a San Jerónimo, a su casa. Todavía me estremece recordar la oficina presidencial en Palacio Nacional que conocí a su lado, el elevador privado. Seguía recibiendo obsequios sin valor económico, cosas que le regalaban y él me daba. Me tenía frente a él en espera… en espera de todo, siempre.

Y no me dio la entrevista.

Además, en las últimas horas de ese noviembre no interesaba noticiosamente lo que Echeverría tuviera que decir.

López Portillo tomó posesión; yo regresé a la redacción a escribir quién sabe qué, temas intrascendentes, cuando una tarde de diciembre apareció un ayudante de Echeverría buscándome. Era Júnior.

Salí de la redacción para hablar con él; los reporteros que habían cubierto la fuente presidencial lo reconocieron y había cuchicheos. Me dijo que el “señor” —así fue siempre, presidente o no su gente se refería a él con reverencia— quería verme al otro día, que él pasaría a recogerme como a las siete de la noche.

Punto.

No era una propuesta sino una orden. O proposición previamente aceptada.

A un presidente, a un “señor”, no se le dice que no. Yo estaba francamente intrigada, emocionada.

Diciembre. Hacía frío. Júnior llegó puntualmente.

El encuentro

Bajamos juntos, muy apretados por su gran estatura —de ahí el apodo de Júnior— en el vetusto elevador de Reforma 18, la antigua sede del diario Excélsior. Me subió a un automóvil equis que él manejaba. Yo iba, como si fuera hoy, con la piel chinita.

Algo debe haberme platicado en el camino, muy corto, hasta la colonia Condesa. Lo estaban esperando porque se abrió un portón. Entonces no había celulares ni muchos avances tecnológicos que hoy son cotidianos. Se bajó para abrirme la puerta y me llevó a una sala. La casa era como las viejas edificaciones de esa zona, con recovecos, de dos pisos. Había una mesa puesta con platos de quesos y carnes frías. De alguna bocina salía música de tríos.

Esperé. Me gustaría mucho agregar a este trozo de memoria una botella de champaña. No lo sé. Pasaría mucho tiempo para que abriéramos juntos una botella. Lo cierto es que llegó, hablamos, me regaló de Navidad el prendedor de plata que hacía juego con mis aretes.

Y luego.

Y luego, recuerdo dos instantes exactos. Uno, el cobertor eléctrico, color rosa, que estaba prendido sobre la cama y que nos tapaba. El otro, que pensé que tenía un cuerpo muy joven para su edad. Yo tenía veinticinco, el “señor” —porque nunca dejé de pensar y hablarle como tal— tenía cincuenta y cinco.

En algún momento se levantó, me abrazó, y me dijo que Júnior me llevaría.

Muchos años después un expresidente me preguntó, sin ninguna intención, si era posible enamorarse de un presidente de la República. Le contesté que no. O mejor dicho, enamorarse como tal, sí, pero que nada es real. Y uno lo sabe.

Siguió la vida.

Semanas después, ya en 1977, fui requerida a sus oficinas nuevas, las del Centro de Estudios Económicos del Tercer Mundo, que estaban en San Jerónimo, a la vuelta de su casa.

Por quién sabe qué motivo yo lo que quería era ser periodista; acepté trabajar ahí, o más bien “aprender”. Mi sueldo era el doble de lo que me pagaban en Excélsior, pero seguía siendo equivalente al salario de una recepcionista; no tenía coche y era una bronca llegar y otra peor regresar en la noche.

Porque la chamba —que era la no chamba—, era de todo el día. Yo estaba en una oficina y analizaba documentos, leía libros, historia, iba a seminarios al Colegio de México —recuerdo uno sobre China—, y asistía a los eventos que se realizaban en el Centro. Mi oficina tenía unos ventanales que daban a un pasillo donde Echeverría, fiel a su estilo presidencial, se paseaba con sus invitados. Él me veía; yo lo veía.

Me mandaba a recorrer pueblos; a visitar otra vez las industrias del pueblo. Yo obedecía. Aprendía.

Y me enteraba de viejas, muy viejas y complicadas historias, como la de la exmujer de Sergio García Ramírez, que llegaba dando órdenes como si fuera la novia del jefe.

El señor seguía siendo eso, trabajaba dieciocho horas diarias. Y si veía a alguien tuvo que haber sido entre cuatro y seis de la mañana. Yo estaba intrigada.

Siempre había apartes, como en las giras presidenciales, para comentarme algo, para hablar, para regalarme alguna chuchería. Una noche me preguntó cuánto me costaba el taxi para regresar a mi casa en la colonia Roma, y al escuchar mi respuesta dijo que cuando eres presidente se te olvida traer dinero. Ordenó a uno de sus ayudantes que todas las noches me llevaran en coche.

Y así seguimos hasta que ocurrió lo de Australia, que conmocionó al Centro. Con el anunció de “el poder no se comparte” que hizo López Portillo vino, también, su nombramiento como embajador.

Obviamente ocultaba la rabia, la decepción de que su amigo, su compañero de juventud, con quien recorrió caminando la carretera del df a Veracruz, lo hubiera exiliado. Nunca aceptó, creo que no lo pensó así, haberse equivocado en la decisión. Estuvieron enojados muchos años, eso sí.

Como muchos fui llamada a sus oficinas. El diálogo personal-impersonal en el trato fue afectuoso pero entre desiguales. Y de ahí salí para El Sol de México, que estaba bajo el mando de Mario Moya Palencia, con el nombramiento de reportera de Asuntos Especiales. Echeverría se fue.

Ahora París

Deben haber pasado dos años. Echeverría regresó a México al cambiar su nombramiento de embajador en Australia por el de representante ante la Unesco en París.

¿Lo busqué? ¿Me llamó? El pentimento??? sobre la memoria no me deja hurgar. De pronto estaba en sus oficinas de San Jerónimo. Otra vez todo el día, varios días esperando hablar con él; en su antesala; con sus ayudantes; hablando a trocitos; me volvía a citar…

Su estancia fue muy corta. El último o penúltimo día me entregó cincuenta mil pesos. Me dijo que eso costaba el boleto de avión en primera clase a París, pero que la primera clase era igual que la clase turista, solo que en esta no te daban champaña gratis, así que podía comprarlo en turista. Me dio la fecha, el número de vuelo de Air France y me dijo que irían por mí al aeropuerto.

Yo lo compré en primera clase, claro.

Y su secretaria fue por mí para llevarme a unos edificios muy cerca de la Torre Eiffel que eran como unas suites amuebladas, y yo que soñaba con el lujo europeo, invitada por el expresidente… Pocos minutos después llegó. Me dijo que el cansancio del avión se quitaba con un largo baño de agua muy caliente y nos metimos a la tina.

Fueron días intensos, muy en la escala humana, con largas pláticas. Lo veía por las noches; cada mañana su secretaria venía por mí con un programa organizado pero yo se lo cambiaba. Desde el primer día se quedó sin dinero para “pasearme” porque yo quería conocer los restaurantes.

Fuera del poder Echeverría seguía siendo un hombre de infinidad de facetas y gran conocimiento, alguien fascinante, lleno de temas, visiones, ideas. Con una sagacidad y una fuerza interior tremendas. Me hubiera atraído, como a muchas mujeres, lejos del poder.

Una noche cenamos en su departamentito que estaba muy cerca de la sede de la Unesco. Tenía dos puerta con puerta, uno que usaba como oficina y otro donde vivía, como de estudiante, de espacios pequeñísimos. Ahí, sobre la mesita de la cocina, abrimos una botella de vino blanco que sacamos del refrigerador, y que dijo que era bueno y barato, y comimos quesos y pan. Hablamos de la edad, de su preocupación por envejecer, por llegar a cumplir sesenta años.

Y de pronto, corte, se acabó la película.

Una tarde pidió a su secretaria que llegáramos más temprano que de costumbre. En el pequeño espacio del departamento me encontré a un hombre que me miró con ojos de odio jarocho. La piel me avisó.

Antes de entrar al despacho del “señor” le pregunté a la secretaria quién era ese señor con actitud de dueño de la casa. Era un académico equis que estudiaba un posgrado en París, bien parecido, joven, que jugaba tenis habitualmente con el “señor”.

La conversación con Echeverría esa tarde fue a valores entendidos. Le habían surgido muchas ocupaciones, no iba a tener tiempo para verme, era mejor que me regresara. Preguntó si quería hacer una escala en algún país. Escogí Grecia. Se despidió de beso. Me llamaría al día siguiente.

Mi vuelo saldría un día después, me avisó. Él pasaría a recogerme para llevarme a comer, antes, a un lugar muy especial.

Casi alucino que comimos con uno de sus ayudantes, incluso con su secretaria, tal vez fue solos, pero en mi memoria siento que estábamos acompañados. Me llevó a Au Pied de Cochon, me contó la historia del restaurante, que fue antes sitio de encuentro de carniceros. Conocía el menú; escogió la comida y el postre, ponderando la copa de helado con merengues, y luego me envió al aeropuerto en su coche.

Y sí, siempre tendré esa memoria precisa, estremecedora, intensa, de París.

Aunque eso no fue lo más importante que me dio —aparte de los aretes de plata, que conservo—, sino una vanidad a prueba de todo, hasta del paso del tiempo.

A Echeverría le debo la infinita confianza en que podía vivir y resolver lo vivido que me acompaña hasta la fecha.

¿Pensé que era bisexual? Era un hombre muy libre, muy abierto en lo sexual, con intereses y relaciones muy pasionales con algunos hombres más jóvenes. Ahí está la historia de endiosamiento que vivió Carlos Armando Biebrich para luego hacerlo caer hasta el fondo del barranco. Algo muy extraño, semejante, había pasado con Tulio Hernández, que nunca terminó de contarme bien a bien, pero que lo llevó a un tiempo de ostracismo por un desencuentro con el entonces titular de Gobernación.

Diría que no me sorprendería que lo hubiera sido y que tampoco me parece como para rasgarse las vestiduras y salir gritando; mi generación vivió una cultura sexual anterior al sida.

Volvimos a vernos.

Aquel académico joven, de buen ver, terminó asesinado.

Encontraron su cadáver en la cajuela de un coche años después y nunca se supo nada. Es más, se me olvidó su nombre…

 

Regreso a la Condesa

Creo que la calle donde estaba “la casa” era Yautepec. O alguna paralela. Esa noche, años después, llegamos juntos. Veníamos de San Jerónimo. Yo había ido a verlo; fui muchas veces durante los años siguientes, espaciadas. Era finales de 1981, habían destapado a mmh, yo estaba a punto de irme a cubrir la campaña. Estaba desolada de que hubieran optado por un “tecnócrata”.

Recuerdo su argumento porque marcó mi sentir los meses siguientes: estaba actuando como un viejo priista, y por lo joven que era, 31 años, Miguel era bueno para el país, para el futuro de los jóvenes.

De alguna manera terminamos juntos, lo que se dice juntos. Y nos despedimos cariñosos y me llevaron a mi casa.

Con el paso del tiempo nos volvimos a ver, siempre en su oficina de San Jerónimo.

Fui al velorio de su hijo, consternada porque en mis días de “agregada cultural” en el Centro de Estudios Económicos del Tercer Mundo lo había tratado mucho. Éramos como una familia grande que hacía todo junta, incluso comer. La historia que me contaron fue estremecedora.

Rodolfo tenía conflictos con el papá respecto a su divorcio, la pensión alimenticia, malentendidos sobre el manejo de recursos. Tuvo un enfrentamiento muy fuerte, a gritos, en su oficina. El “señor” siguió siendo el “señor” siempre; salió muy enojado y Rodolfo se fue a nadar a la piscina de la casa.

Supongo que era una manera de combatir el enojo. Tenía un problema de flebitis y horas después, exactamente en el recorrido de medianoche, encontraron su cadáver flotando en la alberca. No había —insisto en que no era tiempo de celulares— dónde localizar al “señor”.

Cuando llegó, lo primero que hizo fue asegurarse de que nadie hubiera entrado, de que no fuera un asesinato. Llamó al procurador, a los médicos, a la estructura de poder: todo lo que corresponde hacer antes de dejarse llevar por el dolor. Cuando todo estuvo bajo su control le avisó a la “compañera”, doña Esther, que como era su costumbre se había ido a dormir muy temprano.

A continuación, siguieron los preparativos del velorio, las esquelas, la organización, pues. Y supervisó personalmente cada detalle, sin una lágrima.

Fue una de las pocas veces que regresó a la casa paterna —por lo menos hasta esa fecha, después ya no sé —el hijo mayor, el que fue marido de Rosa Luz que no le hablaba. En su círculo más cercano siempre se dijo que la relación con la nuera había sido excesivamente personal, y que él la había llevado al ámbito de jlp.

Años después, en una cita más, yo quería saber cómo estaba el tema de jlp: todavía no se habían reconciliado; y sobre Flora Mariscal, y sus novias… Me dijo que debería escribir una telenovela con esos personajes.

Adelante, opina: