Echeverría en el despojo

México, 6 de marzo.- La fotografía lo muestra como lo que es: un anciano.

Tan anciano que necesita ayuda para moverse, para la rutina de la vida diaria.

Imagino cuánto le debe de molestar, cuánta desesperación debe provocarle a un hombre de su fuerza, de su independencia, de su poder.  Porque si algo caracterizó a Luis Echeverría fue su poder.  En la extensión del vocablo más amplia a imaginar.

Leo: “Condenado por los suyos, ahora vive el destierro familiar en un espacio que se reduce conforme sus hijos venden, pedazo a pedazo, la residencia en que, hasta hace algún tiempo, cuando aún se podía mover, recibía a sus amigos…”.  Reportaje de la revista Proceso de esta semana. ( https://www.proceso.com.mx/573844/echeverria-reo-solitario-en-su-propia-casa-de-san-jeronimo )

San Jerónimo. Recuerdo. La calle de Magnolia. El miedo de traspasar esa puerta.  Los ayudantes que hablaban de “El Señor”, siempre “El Señor”.

El tiempo que todo destruye.  El tiempo tan cabrón.  El tiempo tan aborrecido.

Que los hijos no van a darle ningún espacio.  Que “El Señor” ya no manda. Que la rebatiña ya está en curso. Que en vida terminaron los días en que él ordenaba al universo.

 

Recupero de mi libro “Mis Presidentes”: “… era un perro. Un cachorro San Bernardo con certificado de campeón. Un perro de esa dimensión en un departamento compartido con mucha gente.  No entendí nada. El ayudante que lo fue a entregar tenía cara de a mí no me pregunte. Plan con maña. Porque, en el siguiente encuentro, siempre conversaciones en los viajes oficiales, final de sexenio, le pregunté sus motivos. ¿Qué hacía yo con un perro San Bernardo en el departamento de mis papas?

“Su contestación fue inmediata: Buscarle casa, de preferencia en Tlalpan. Con el paso del tiempo he valorado lo que siguió, mi respuesta, como uno de esos parteaguas en la vida, esas decisiones que cambian el futuro.  Fue automático, me reí, lo recuerdo perfectamente, y respondí que con lo que ganaba como reportera en Excelsior no podía rentar una casa. Me dijo que no la rentara, que la comprara. Volví a reírme abiertamente y me hice guaje. Entendí, pero no iba a aceptar. Para que no me quedasen dudas añadió que debía amueblarla con artesanías mexicanas, que tuviera jardín para el perro, que hubiese sillones, específicamente equipales, para descansar por la tarde… en esos años, para mi generación, depender de un hombre que te “pusiera casa” estaba fuera de discusión. Imposible aceptar.

“La propuesta quedó en el aire. Yo no me di por enterada. Y él entendió que mis intenciones no iban por ese lado. Años después, muchos años después, supe que por esas mismas fechas le compró casa a una periodista tabasqueña, que quería ser escritora, Edith Jiménez Izundegui, por el rumbo de San Jerónimo, cerca de la suya, y quien seguramente saldrá a los medios cuando se dé la rebatiña por los velos de la viudez y la vasta herencia”.

Hasta aquí una parte de mi libro.

Parece que no será así.  Que los hijos no van a darle ningún espacio.  Que “El Señor” ya no manda. Que la rebatiña ya está en curso. Que en vida terminaron los días en que él ordenaba al universo.

Lo vería, años después de este relato, ya expresidente, en París. Bebimos una botella de vino barato en la cocina de su departamento, comimos quesos, pan.  Hablamos, le preocupaba la edad, iba a cumplir sesenta años. Yo tenía veintinueve. Hablamos de un libro de cabecera: “Los Idus de Marzo”.

Vuelvo a mi libro “Mis Presidentes”: “Fuera del poder Echeverría seguía siendo un hombre de infinidad de facetas y grandes conocimientos, alguien fascinante, lleno de temas, visiones, ideas. Con una sagacidad y una fuerza interior tremendas.  Me atraía, como a muchas mujeres, fuera del poder… Y sí, siempre tendré esa memoria precisa, estremecedora, intensa, de París.  Aunque eso no fue lo más importante que me dio, sino una vanidad a prueba de todo, hasta del paso del tiempo”.

¿Hasta del paso del tiempo?  Que ingenua. Lo escribí en 2013. Seis años son muchos. Ninguno  de nosotros está a salvo de la vejez. El paso del tiempo es feroz, implacable, devastador.  El tiempo, ese gran cabrón que todo carcome, destruye desde dentro, enmohece hasta el grito de impotencia sin eco.

El tiempo todo lo transforma.  El tiempo no perdona.  El tiempo te hace vulnerable, moribundo a perpetuidad, ajeno a ti mismo, esclavo de otros, huérfano de tu fuerza. Y fotografía de portada en la revista Proceso,  la sombra de Julio Scherer detrás de la imagen, la cara toda huesos, la silla de ruedas, la boca carcomida, los ojos empequeñecidos.

Testimonio de la soledad en que vive el expresidente Luis Echeverría, quien fuese su asistente muchos años, María Modesta Gil, habla de problemas económicos en la casa de San Jerónimo, donde ya no hay ayudantes militares, donde las plantas se marchitan por falta de cuidado mientras “El Señor” permanece encerrado, preso de sí mismo, en su recamara, esperando por alguien.  O tal vez no.  Quizás ya no espere.

El 17 de enero pasado, 2019, en el futuro que nos alcanzó, segundo mes del tiempo de López Obrador, cumplió 97 años.  Yo lo recordaré siempre dando largas zancadas, recibiendo gente hasta la madrugada, invencible. También lo recordaré de otras maneras.  El poder.  El gran poder…

Isabel Arvide
@isabelarvide

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