Matar en Cuernavaca

México, 10 de mayo.- Le pagaron cinco mil pesos al sicario.  Un joven drogadicto que seguramente había utilizado la pistola Glock antes, que no  titubeo para disparar pese a la gente que estaba reunida frente a Palacio de Gobierno, incluyendo reporteros con cámaras.

¿Por qué lo hizo?  El fondo absoluto es una falta completa de comprensión sobre el bien y el mal.  Lo que algunos llaman “moral”.  Un desorden social de profundo resentimiento, de ausencia de educación, de familia, de opciones.  Y si se quiere, una gran maldad.

Eso en la estructura mental, interna, del asesino.  En lo práctico alguien, el mismo que le pagó para matar, le garantizó impunidad.  Le prometió que los policías iban a “perseguirlo” pero no a detenerlo.  Que tendría impunidad.  Como sucede con tantos asesinos en todo el país.

¿Qué sucedió?  La presencia de periodistas, fotógrafos, camarógrafos, que salieron corriendo detrás de él.  Y cuya presencia obligó a los policías a cumplir con su obligación legal.

El asesino puede tener graves problemas de personalidad, pero no está loco.  No iba a disparar en esas condiciones sin garantía de que podía huir.

En nuestro país tenemos “N” número de crímenes violentos, de asesinatos que no han sido investigados, tenemos en consecuencia una cantidad inmensa de criminales que no han sido atrapados, presentados ante un juez, encarcelados. Tenemos una inmensa impunidad que provoca que estos crímenes vayan en aumento.

Si no hay un costo, matar para un grupo social es un deporte.

Yo he escuchado a jóvenes hablar del número de víctimas que han asesinado como si fuese un éxito, como si se tratase de una mera diversión. Con drogas de por medio.

Ese es el segmento social que hemos olvidado.

Las instituciones de aplicación de justicia, lo acaba de recordar Alejandro Gertz Manero, son inútiles, son inoperantes, son un horror continuado.  No hacen su trabajo, no tienen como hacerlo.  No cuentan con elementos, incluyendo presupuesto, ni conocimientos ni voluntad.

Y los jueces tampoco hacen su trabajo.  Unos por omisión, otros por indiferencia, otros más por corrupción permiten que los criminales sigan en las calles.

Esta es nuestra realidad.

El mensaje de Cuernavaca es muy claro. Jóvenes que matan por unos cuantos pesos.  Y la participación de la sociedad, de todos los que corrieron detrás del asesino para detenerlo, para obligar a la policía a cumplir con su obligación.  Romper el círculo vicioso de la impunidad es el primer paso para que el horror de los disparos en el centro de Cuernavaca no vuelva a suceder.  Falta que la autoridad judicial, el juez correspondiente, haga su parte.

Por cada asesino en la cárcel, diez criminales no van a disparar…

Es el principio. Si queremos un principio, si queremos que esta pesadilla de violencia termine.

Isabel Arvide
@isabelarvide
EstadoMayor.mx

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