Juan Alcazar, un cuerpo, un recuerdo

* Texto para la exposición conmemorativa de Juan Alcazar en Oaxaca, julio 2019

Algunos días, hace muchos soles, salía de mi casa en Oaxaca imaginando, “maga” en ciernes, personaje de Cortázar, que en alguna calle encontraría a Juan. Y, mágicamente, sucedía. Entonces la noche dejaba de ser oscura, se convertía en un largo callejón de sorpresas, en ese caminar para quedarnos, siempre, en la orilla del pozo, agarrados a esa piedra caliza sin lanzarnos al agua, sin convertirnos en suicidas. Con la palabra en los labios silente, necia, borracha de negaciones.

Juan Alcázar es, fue siempre, un hombre de plenitudes aterradoras. De fuerza primaria que podía cambiar los rumbos del viento, desbaratar las buenas conciencias, retar cualquier presagio de desastre. Llamar una inundación. Y, a veces, endulzar tu plato de sopa.

El es, era, fue sexo. Semen. Saliva. Una erección interminable. Lo sé. Lo supe siempre sin envolverme en sus brazos ni bajar mi boca al sitio preciso. Hombre árbol. Hombre nube. Hombre cabrón.

Hombre. Eso era Juan Alcázar.

Lo conocí hace cientos de países, toneladas de lluvia, millones de palabras, cuando llegamos a Chiapas con las ganas de colgar cuadros en paredes grises. Y nunca nos soltamos. Nunca. Nunca. Porque en la distancia siempre ha estado en mi cama, en mis paredes, en mis penumbras. Y en mis masturbaciones. Vivo rodeada de sus cuadros. De sus grabados. Algunos dedicados. Todas sus mujeres. Todos sus hombres. Todos están en mi más íntima intimidad. Y estarán al final de la historia.

Otra pintura, la más grande, la que atestigua mis soledades en la sala de todas mis casas, me tiene de modelo. Los dos lo supimos. Otros lo sospecharon. Sin haberme visto desnuda supo desnudarme, supo verme impúdica, con las piernas abiertas, el sexo dispuesto y las tetas inmensas desbordadas como si estuviesen llenas de leche. Ahí, de cara al deseo, pintó también una constelación unida…

¿Puede una constelación pintada sobre el cielo imaginado estar unida? Si Juan lo decidía así, claro que puede. Mi pintura es un acertijo de líneas rectas que contrastan con la mujer desbalagada, entregada, rebosante de deseo que fui. Que sigo siendo en la inmovilidad del color.

Y, también, tiene la luna. Una luna grande como la lujuria de las lenguas.

Alcázar era hombre de lunas. Como también lo fue de mujeres. Gozosamente de mujeres. Entregado a las mujeres que aparecen siempre en sus sueños plasmados en colores, en tantos colores, y a veces en oscuros que dan miedo.

Yo nado por las mañanas de cara a una mujer, que también se me parece, aunque fue hecha por sus manos después de Oaxaca, una mujer que vive protegida por tortugas. Imposible imaginar algo más bello. El mar. El sexo libre mojado. Las tortugas. Y él, Juan, el hombre que siempre estaba presente en sus lienzos, a punto de llegar.

A punto. Cerca.

Juan Alcázar es uno de los pintores, y de los grabadores, más importantes de Oaxaca y del país y de lo que sigue después del país. Lo es porque nunca dejó de ser fiel a sus pasiones, a sus pocas razones, a su piel, a sus pesadillas, a sus vuelos nocturnos. A los dictados de su cuerpo. Un cuerpo constreñido a la imaginación, cuerpo dotado, miembro apegado a lo cierto, a la tierra, al mar, a los otros cuerpos.

¡Cuántos cuerpos pintó Juan!

Cuerpos barco. Cuerpos universo. Cuerpos vencidos. Cuerpos abiertos. Cuerpos amorosos. Cuerpos despojados.

Cuerpo de Juan.

¡Cuántos cuerpos pintó Juan en el mismo cuerpo femenino! En esa mujer que era madre dadora de placer, panocha dispuesta, culo presente, pezón chupado. Mujer morena. Mujer de cabello tan largo como el de Justina, su compañera pese a tanto, a tanto de tantos.

Jaime Sabines habla de aquellos que se encuentran y, de pronto, lo saben todo. En las pinturas de Alcázar ninguno sabe de otra cosa que de su olor. Porque sus cuadros, sus grabados, huelen.

Huelen a sudor, a vida atrapada en un instante perfecto. Ese instante del que habla Octavio Paz: “… en algunos momentos el tiempo se entreabre y nos deja ver el otro lado”.

Eso es lo que hacía con sus trazos fortísimos Juan. Cada día, cada mala tarde, cada que es cada tiempo, de vez en siempre, veo a Juan en mis paredes y, una vez más, obligada, veo el otro lado. Ese lado lúdico. Ese lado de placer. Ese lado donde estar desnudos equivale al poder contra la muerte.

Juan Alcázar fue muchas cosas. Fue muchos amores. Muchos dolores. Muchos alcoholes. Muchas ausencias. Muchos talentos.
Yo recuerdo al Juan Alcázar que me llevaba, literal, a bailar entre tragos de mezcal. Al que me enseñó la luz, esa luz interminable de Oaxaca. Yo tengo a docenas de Juanes que serán siempre míos. Pero, por sobre todo, tengo al Alcázar que quedó en cada color, cada trazo, cada mínimo movimiento sobre el papel. Porque Juan consiguió lo que siempre quiso: permanecer.

Porque Juan permanece en los brazos de muchas mujeres, porque Juan habrá de permanecer en los sueños de muchas mujeres, porque Juan seguirá vivo en las figuras, en las parejas que van a tocarse, que van a penetrarse en un baile etéreo y eterno. Sexo trascendido. Sexo imposible de trascender. Sexo que nos recuerda que somos nuestro sexo.

Para mí, Juan está. Está. Punto.

Termino con unas frases del poeta Octavio Paz: “Nos perdemos como personas y nos recobramos como sensaciones. A medida que la sensación se hace más intensa, el cuerpo que abrazamos se hace más y más inmenso. Sensación de infinitud: Perdemos cuerpo en ese cuerpo. El abrazo carnal es el apogeo del cuerpo y la pérdida del cuerpo”.

Con Juan. Ese abrazo. Ese cuerpo. Ese olor. Ese todo.

Isabel Arvide

 

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