El silencio de Rivapalacio…

México, 1 de enero.- Traía en mi bolsa mi entrevista con Mario Villanueva en su escondite, tocando puertas a ver quién quería publicar la exclusiva y Ciro Gómez Leyva la llevó con Rivapalacio, que la publicó en portada del Semanario Milenio el 14 de febrero de 2000. Era una exclusiva que, periodísticamente, lo valía.

Así lo conocí, por mi trabajo.

Poco después me invitó a escribir para Milenio. Y cuando salió de la dirección editorial de ese diario, por una deformación existencial, renuncié.

En la mitad de esta historia, una más del periodismo mexicano donde la corrupción no se refiere exclusivamente al dinero, una tarde fui a verlo para hablar de Chihuahua, donde yo había vivido. La entrega de un premio al dueño del Diario de Chihuahua daba espacio para una investigación periodística.

El punto de partida era que este señor, tan importante, había exigido al Jefe de la Zona Militar que no revisaran sus aviones. Lo que veinte años después es juego de niños, al conocerse las atroces complicidades que han permitido que el Estado se haya subordinado a criminales. ¿Por qué un poderoso empresario periodístico, Osvaldo Rodríguez Borunda, necesitaba impunidad para lo que transportaba en sus aviones, justo en la frontera más codiciada por los narcotraficantes?

Rivapalacio mordió el potencial periodístico. Fui a Chihuahua. Investigué. Tuve información fidedigna. Primera página de Milenio del 2 de julio de 2001 publicaba los vínculos del entonces gobernador Patricio Martínez con narcotraficantes como Raúl Muñoz Talavera, Chuy Sotelo, los hermanos Solís Poggio y el dueño de los diarios. Mi reportaje contaba con datos tan precisos, como una llamada del hermano del entonces director de seguridad pública del Estado, al ser detenido. O el sello que llevaba la cocaína confiscada.

Más documentado no podía estar, daba a conocer la forma en que el gobernador Martínez impedía el paso militar al rancho de su cuate Crispín Borunda, reconocido criminal… Años después, series de televisión, libros, documentales, harían mi reportaje insignificante pero en 2001 teníamos otra realidad y Rivapalacio se regocijó titulando: “Total complicidad de las autoridades locales con los narcotraficantes, el procurador un cero a la izquierda”.

Al día siguiente, me llamó para decirme que el dueño había pedido una especie de disculpa por nombrar a éste. El gobernador no importaba, pero a su “cuate” Borunda había que pedirle perdón. Fue una larga discusión que terminó en un bodrio donde los editores se disculpaban, pero no lo hacían. Rivapalacio conocía mis fuentes de información que eran inobjetables.

Al pasar los meses todos a quienes mencioné fueron ejecutados o detenidos. La entonces PGR los investigó y hubo órdenes de aprehensión no cumplidas contra quien fuera después ascendido a procurador, Jesús “Chito” Solís, y contra su hermano, uno de los jefes criminales de la entidad. Excepción de Patricio Martínez a quien le otorgaron una senaduría priista.

Vino su salida de Milenio, avisada por Martha Anaya. Y de inmediato comuniqué al diario que me iba por solidaridad con quien me había llevado. Tonta, tonta, tonta porque me quedé sin trabajo, sin un espacio para publicar, pesadilla del reportero. ¿Y Rivapalacio?

Yo esperaba, mínimo, una llamada para invitarme a comer. Para platicarme sus planes, que ingenuamente sentía “nuestros”.

Yo ya no era, en lo absoluto, una primeriza en esto de salirte de un diario, pero sí me sorprendió el silencio del “director”. Cosas de la vida, me dije. ¿Era válido? Era una hijez de la chingada.

Un año y un mes después fui detenida por esta publicación, en Chihuahua al viajar en el avión del entonces presidente del PRI, Roberto Madrazo. Y lo demás es historia, mi abogado era pagado por la PGR, que envió un avión oficial a trasladarme al salir de la cárcel, y comisionaba a toda su delegación estatal para protegerme cada vez que me trasladaba a esa ciudad para presentarme ante el juez. Esto porque sabían que la verdadera pretensión de las autoridades era “levantarme”.

Meses después me volvieron a detener por el mismo artículo que seguía vigente en Internet. El dueño del diario, Borunda, retiró su demanda ante presiones internacionales. Y, me explicó, había sido una “petición” del gobernador. Fui culpable, inocente, juzgada, y exonerada en un periodo de más de tres años. Gracias a este caso, con tanta atención mediática, Manlio Fabio Beltrones consiguió la derogación del delito de difamación.

En esos muchos meses hubo cartas públicas de solidaridad, infinidad de artículos publicados en mi defensa, entrevistas… porque se trataba de un ataque a la libertad de expresión, de utilizar toda la fuerza de un gobierno corrupto, al servicio del narcotráfico, coludido, contra una periodista por escribir la verdad. Una verdad que nunca fue cuestionada ni negada.

¿Y mi director, el responsable de la publicación de mi reportaje, el que conocía mis fuentes de información, el que lo había mandado a primera página? Silencio, silencio, silencio.

O sea, ni una llamada, ni un renglón en sus publicaciones. Otra vez una hijez de la chingada.

¿Por qué? En su momento asumí que Raymundo era un absoluto misógino. También que no quería comprometer alguna alianza $$$$ con los priistas, tanto el gobernador Patricio Martínez como Madrazo. Hoy pienso que ni siquiera. Que Rivapalacio representa a una manera de hacer periodismo pisoteando a los peones, a los escribidores, a los que siempre aspiramos a firmar en la primera página.

Una corrupción más del periodismo que ha terminado con las “benditas redes sociales”, donde la libertad y la responsabilidad y tanto más tienen otro formato.

De Milenio nunca supe nada. Un día, en uno de esos restaurantes punto de encuentro político que ya no son concurridos, me presentaron al hijo del dueño. En la boda de la hija de Liébano Saénz me sentaron junto a Raymundo, ¿qué tal cómo te va?…
Y, en otra boda, Patricio Martínez me quiso saludar…

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