La mitad de la pasión

Un recuento amoroso para los amigos

Cuantificar la vida es el ejercicio más caduco a realizar. ¿Se mide del dolor hacía el sopor, del grito hacía lo tibio, del esperar hasta el llorar?

¿Se podría intentar la suma de los orgasmos como si fuesen mercancías compradas en algún bazar, o la resta de las lealtades como si fuese producto de subasta pública? ¿Las medallas son siempre hojalata a reciclar? ¿Las enfermedades del corazón un salpullido sanado? ¿Cuántas veces perdimos todo para poder reír de riqueza, o ganamos la apuesta con lágrimas profundas como pozo donde ahogarse?

El relato debería tener un principio y un final. Un orden que fuese asidero a compartir, bombilla que dotase de relevancia al recuerdo, sensatez que otorgase esperanza al porvenir. ¿Se vale declararse discapacitada para cualquier contabilidad? Entonces, qué sentido tendría la celebración…

Cincuenta años, dice la canción que me regaló Beatriz, es la mitad del camino recorrido. En el mejor de los casos, agregaría. Es el parteaguas donde las manos ya están plenas de callosidades y líneas jamás adivinadas, de cosechas que no fueron y aniquiladas alegrías que llegaron sin toque de clarín que alertase su fuerza. El tiempo preciso del saber todo aquello que, sin remedio posible, quedará sin respuesta. Es, antes que nada, el espejo que refleja lo que no serás, lo que no habrías podido ser por orden superior.

¿Podría, por tanto, medir el tiempo a partir de la suave convergencia de mi sexo y mi mente, de mi deseo y mi contingencia?

Me gustaría tanto hacerlo en el hilvanar más gozoso de los fracasos, pero algunos dolieron en verdad, traspasaron el umbral del dolor hasta la más ciega devastación. Y, por tanto, no son tema a festinar. Si, por el contrario, optase por desgranar las horas de plenitud frente a la más tibia de las certezas, bañada en la desnudez profunda o revestida del conocimiento más inmutable, pecaría de soberbia. O parecería la peor de las mentirosas, aquella que no sabe inventar nada más allá que el olor del pan siempre caliente, la caricia del mar enlunecido o la justa humedad de un beso abierto.

He perdido. En pensamiento, palabra y obra. Conozco el significado cierto de la palabra “perdimos” en singular, en plural, en verbo ciudadano, en desolación femenina y devastada capacidad intelectual. Tendría que confesar que pertenezco a la raza de los perdedores. De esos colosos de piedra y manteca que al caer desde todos los pedestales suelen, casi siempre, levantarse. Eso sí, también con infinita frecuencia lo hacen sin saber hacía donde seguir, sin comprender cabalmente la magnitud del enemigo que los derrotó, o –lo que es peor- sin la compañía de un fiel escudero. Carajo, con el poeta Sabines habría que decir, a estas alturas de la vida, cuánto he perdido, cuántas derrotas he acumulado y echarse a llorar, después de mandar a la chingada las lágrimas como corresponde.

Pero la vida, esa inmensa selva, es mucho más que el rosario interminable de los puertos que no se han conocido, de las metas sin alcance o los brazos que no serán tu refugio. Aunque estos, muchos más que los nombrados, sean los fantasmas que pueblan tus insomnios a perpetuidad.

He sido amada, en tiempo y verbo imperfectos. En desmedida mentira y compromiso firmado sobre todos los bloques de hielo de la tierra. He sido amada, a veces por aquellos a quienes he amado. He sido amada por razones de bien, por hombres de mal. Y también por hombres de bien que tenían razones de mal. No sólo así, he sido amada por hombres sin razón. Vaya que pesa el carromato de los amores pasados, aunque sepulte soledades y fecunde futuros. He sido tan amada como abandonada, no siempre en los tiempos propicios. He sido amada sin puntualidad, sin edad, sin mezquindad, pero también sin dogma que fuese asidero imperecedero. He sido amada. Lo que no impide mis ganas de ser amada por las razones correctas en el momento indicado del hoy. Lo que no estorba mis ansias de ser amada, punto.

¿Me he sabido amada en su momento? Esa ya es otro canto.

He amado. Punto y aparte. Este es el tema de los cincuenta años. He amado mi capacidad de amar, también. He amado tanto que hoy vuelvo a amar, sin esquema ni memoria que aniquile lo posible.

He caminado. Sola. Acompañada. Detrás de. Delante de. Al lado de. He caminado veredas resplandecientes y montañas de oscuridad inclemente. He caminado porque no he sabido hacer otra cosa que aquel camino al andar que necio cantase Serrat.

He parido. Eso ha sido el momento estelar. He parido a un millón de hijos que se llaman Bruno, que se suman hasta conformar un hombre de libertades que tiene su propia historia, su más individual capacidad para erguirse sobre la mía, para convertirse en un humano de bienhechoras intensidades sobre todo lo que yo no he sabido ser, o que he sido a mi manera, libre de convencionales festividades maternas en mayo. A veces sin justificación que atenúe mi pecado, fuese ausencia o exceso, presión o licitud regalada. Otras con el caparazón inamovible del trabajo.

Parí, una y mil veces, a lo largo de estos años en el momento preciso a la persona más amada de mi tiempo. Eso estuvo muy bien.

He trabajado, he escrito, he llorado, he gritado contra tantas impunidades como aplaudido con profunda convicción verdades temporales que sigo padeciendo. Hubiese preferido ser más fácil para convencer. También me hubiese gustado padecer cualquier clase de ceguera oportuna y gratificante. No he estado a salvo del error, de la necedad ni tampoco de pedir perdón plenipotenciaria de humildad.

Elegí mi profesión como si eso fuese sinónimo de vida, como si el resto (es decir amor, dinero, prestigio, espacio, seguridad) tuviese que llegar en paralelo. No fue así. No me arrepiento de mis usos y costumbres, no lamento sino el espectro de menor libertad que, a nuestra edad, amenaza a quienes no hemos sabido acumular fortuna.

He construido. Como los hombres entendí, hace muchos años, que debería dotarme de techo y paredes. He entregado mi casa como precio a pagar por mi libertad de palabra, he colocado mis pertenencias en la mochila del presente para caminar otros palacios, para inventarme barco que se mece en el puerto. Me vestiré, de ser necesario, de mis palabras. Me desvestiré, de ser necesario, de todo aquello que no sean mis palabras. En esta materia, de casa y palabra dicha, he concedido lo único que no tenía valor de cambio en mi corazón. Seré, una y mil veces, mi libre casa de agua y aire.

No hay balance que lleve a la mesura. No existe puntualización de haberes que pueda restar los “debes”. Nada de lo vivido conduce al olvido de lo que habrá de vivirse. No consuela, no garantiza ni amortigua. Y, por tanto, la ecuación sigue siendo tan inmensa como aquel mar abrigado que es mi primer recuerdo. El vértigo experimentado sin tregua alguna.

¿La primera mitad de qué?

¿Los tiempos por venir, dónde están, qué tormentas acusan, que vientos propicios anuncian? Desconozco suele decir un hombre que enerva mis sentidos con palabras y humedece mis deseos con silencios.

Tal vez ese sea el misterio magnifico que conlleva rezar cuarenta veces cada hora el rosario de la libertad. Desconozco señoras y señores, jueces todos, confieso ser una ignorante a perpetuidad del sentido de la vida. Me asumo incapaz siquiera de imaginar qué viene a la vuelta de la esquina, que infinitos agobios habrán de confundirse en la vorágine de risas y besos, de páginas terminadas y poemas por leer, de camas deshechas y cuerpos por descubrir, de adioses inclementes y bienvenidas asombrosas, de noches hambrientas y amaneceres colmados. ¿Me mantendré resguardada del rencor en el aliento joven del amor? ¿Me cubriré los largos velos del envejecer en las más propicias fantasías fálicas? ¿Encontraré la fuerza para reírme de mí misma de frente al escalofrió aterrador del espejo?

Lo cierto, en todo esto que es verdad adolorida, es que me descubro discapacitada para todo aquello que no sea la pasión.

Cumplo cincuenta años. Eso es todo. ¿Soy joven? ¿Soy vieja? Soy una mujer que sigue viva. Que cree en la humildad de saberse viva, es decir parte mínima de un algo infinito para lo que no tiene punto de referencia a nombrar. Fecha que no es la mitad, ni el principio, ni el final sino una parte más de. Una hoja reverdecida que se cae, una flor amarilla que existe, una estrella salina en el fondo del mar, una palabra cantada perfecta en el oído, una mañana con sol convaleciente, todo tiene un sentido que desconozco. Incluida mi vida trasegada.

Todo es ignorancia, aunque debería decir que casi todo, porque en este caminar conservo cierto y permanente el abrazo cálido de quienes son mi gente, mi mundo, mis amigos, mis privilegios más espléndidos. Por eso, contigo, con ustedes, con quienes me conocen, padecen y cubren con su amor, quiero celebrar.

Ciudad de México, noviembre 12 del 2001.

 

 

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