59 años

Cumplir vida, que no años, significa acudir a una cita con el espacio mayor de mi intima intimidad, con todo aquello que va encorvando la espalda en equipaje innombrable, que continua por estorbar mis huesos cada grada, que insiste en romper los espejos hasta despojarme de cualquier confrontación. Una es quien es, diría.  Y punto.  No es así, una es quien ha venido siendo en espera de que la vida estalle en arcoíris perfecto, es quien quisiera haber sido aunque eso sea, en mi caso, una parte mínima.  No, me digo que debo certificarles a los míos cada vez que la muerte es algo más cercano, en verdad que no tengo arrepentimiento alguno. Me he hartado de lo que corresponde a destajo, destiempo y desamparo correspondientes. En paz, con las deudas pertinentes.  Con las afrentas suficientes, con ningún rencor que signifique dolor innecesario.

Vivir cada día en la apuesta de ganar, de obtener la ganancia mayor que a estas alturas de la partida no es sino el trabajo dadivoso que pretende, todavía, cambiar la realidad.  Y la cercanía de los míos que son los mismos, incluidos los muertos que me visitan para tomar café cada madrugada. Necia que soy defiendo a los otros, insisto en situarme en el lado más incorrecto de lo conveniente, ya no por vocación sino por irremontable destino, recordarán en su momento que no me gustó la rutina ni en cuestión política.

Veo mis canas sobrepuestas a las cirugías de mis amigas, a las tinturas de mis compañeros, a las disparatadas batallas ajenas contra el tiempo.  Y me siento en la banca de enfrente a ver pasar a todos quienes creen que van a vencer, con una sonrisa iluminada por el sol, comiendo helados imaginarios, recordando besos con gusto a mamey. Soy la que fui, aunque les cueste, nos duela tanto reconocerlo. Soy la que soy, la que he sido, la que seré amortajada e irreconocible.

He aprendido a descubrirme abuela Isabel en voz de Jorja como si ese fuese el pasaporte al futuro, he recorrido sobresaltada el camino de la cruzada contra volverme invisible al gozo de saberme, precisamente, invisible en ese espacio privilegiado donde asumirse ajena es lo ideal.  Soy, insisto en ser, mujer sin sonrojos ni frente a la edad ni de cara a la aventura, ahora en minúsculas insalvables, todavía pasajera de mis sueños.  O sea, quede claro, no me he retirado, y me sigo vistiendo de fiesta para acudir a Palacio Nacional solamente que ya no pierdo mi zapatilla, que ya no corro por las escaleras detrás de los príncipes de chocolate y uniforme.

Estoy en plena conciencia de mis pasiones, correspondidas por todo, desde el olvido hasta  el deseo con que alguno habrá de pronunciarse en su sola soledad acompañada. Porque fui, porque he sido, porque seguiré siendo la que decidí ser un día en que la libertad entró por la ventana de mi casa primera para instalarse en credo redentor de todas mis acciones.

También, a ratos, me gustaría saber rezar.  Pedir por lo que atañe, acudir a una voluntad superior que consolara este ejercicio infame e enriquecedor que llamamos vivir. Sigo temiendo al aburrimiento, sigo en pleito con la estupidez, sigo comprometida con esa entidad complicada que llamamos “Patria”, sigo cargando balas que matan y llorando en silencio por los que no alcanzaron a salvarse, sigo peleando contra los zaparrastrosos que ensucian mi suelo, que tomaron las calles sin permiso. Hago mi fajina para que todo cambie. Porque creo en esta guerra, defiendo a mi Presidente, a mis generales, pago mi parte y camino en carrozas blindadas que no se vuelven calabazas a tiempo.

Y escribo, también escribo olvidando las cartas de amor, pensando en plural, pendiente de mi nuera, de los achaques de mis amigas tan encerradas en su pasado, viendo telenovelas fuera de la pantalla.  Escribo callando las amenazas, escupiendo las antiguas necias verdades.

Insisto soy la misma.  La que mis amigos saben capaz de entregar todo, aunque no sea a su manera.  La que mi hijo festeja y padece como ha hecho desde la eternidad que lo unió a mi vientre en la única vocación que he cumplido a cabalidad extrema: Madre de Bruno, que no es cualquier cosa. La que mi madre no termina de entender.  La que mis hermanos cargan en un bagaje nunca ligero.  La que mis sobrinos, mis sobrinas nietas, mis ahijados, mis raíces del futuro habrán de escudriñar sin comprender bien a bien. La que encuentra a los suyos en la cárcel, también en los amaneceres, en el hospital, en las trincheras del Congreso, en el Uniforme, en las fiestas del pueblo, en la joda diaria de la cuartilla en blanco, en los brechas más angostas de la historia, y hasta en las oficinas públicas.

Soy la que ustedes saben, Isabel a secas como dice Jorja, Isabel de todas las historias compartidas, de todos los amores sin corresponder, de todas las manos generosas cubierta, que cumple 59 años como si fuese posible… La misma Isabel que quiere tu abrazo para creer que la muerte se pudiera evitar como todavía dice la misma canción…

ISABEL ARVIDE

 

Festejaremos este viernes 29 de octubre, del año del Bicentenario, 2010

En casa, a las 21.00 horas, vestidos de fiesta y amorosa gratitud hacía quien corresponde.

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