El enemigo está en casa

El Enemigo está en CasaEl enemigo está en casa

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Los dos hombres estaban distantes de esto, aunque colocados en el centro mismo de acción. De hecho estorbando al paso. A ninguno parecía afectarle que el cadáver que observaban, francamente deslumbrados por el sol que a esa hora era inclemente, no tuviese cabeza. Daban la impresión de estar más dispuestos a buscar la sombra que a escudriñar seriamente el cuerpo femenino o el paraje donde había sido encontrado.

El olor era denso, penetrante pese a que el proceso de descomposición del cadáver no había comenzado; de hecho, la mujer conservaba en buena parte aquello que pudiese calificarse como “su belleza”. Al hablar, el hombre mayor se tapaba la boca con un pañuelo descolorido, con la más leve de las inclinaciones, sin esfuerzo corporal de por medio, intentaba mover el cuerpo con ayuda de una rama que había recogida del borde de la carretera, justo como si hubiese sido depositada en ese sitio en espera de ser utilizada por el policía judicial. Ese era el vocablo a usar con toda propiedad: depositado. No sólo la rama, sino el cuerpo mismo estaba ahí dispuesto por algún director de escena. Había llegado corno quien carga cuidadosamente un objeto precioso que puede romperse y, luego, lo coloca con toda precisión en un sitio elegido de antemano.

 

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