Respuesta de Isabel Arvide a Ciro Gomez Leyva

(En su columna, publicada en Milenio el miércoles 29 de noviembre del 2000, Ciro Gómez Leyva afirma: “Leía entusiasmado el artículo de Isabel Arvide. hasta que topé con una frase del penúltimo párrafo: nada de que se advierte en el futuro inmediato puede otorgarnos el privilegio de la esperanza. ¿Nada, Isabel? ¿Nada, porque lo políticamente correcto es repetir ad infinitum que la esperanza es un estado de ánimo inaceptable en un país con tantos millones de pobres y un tanto más de miserables? ¿Nada, porque, como dice la izquierda exquisita, el fascismo ha llegado al poder, o como reza la derecha ultramontana, ahora sí los auténticos vuelatrenes gobernarán la capital?. Veo las encuestas: 75 por ciento de los mexicanos creen que de alguna manera nos irá mejor con Fox y con López Obrador. La esperanza, a fin de cuentas es el mejor remedio, y el más barato para todos los males. ¿Por qué les quitas ese privilegio, Isabel?”)

Querido Ciro:

Profundamente halagada por tu lectura, me permito unas reflexiones sobre la esperanza.
Pregunto, supongo que no soy la excepción en esta histeria colectiva de culto a las botas, si puede existir esperanza cierta, social, de futuro para la Nación de frente al espectáculo que hemos presenciado estos días. Si la ignorancia extrema sobre las fuerzas armadas llevó al primer mandatario panista a elegir a dos hombres, independientemente de cualquier cualidad que pudiesen tener, que no cumplen con los requisitos mínimos de antigüedad en grado. ¿Qué garantía significa la llegada del general Vega García a la Secretaría de la Defensa Nacional si ignora, intencionalmente, los graves problemas internos y de relación con la sociedad para privilegiar la obediencia personal en su discurso?
¿Qué esperanza existe de frente a la soberbia inmensa de Martha Sahagún, primera vocera que no tiene respuesta para los periodistas, tan inteligente como tartamuda en público, como presentadora que lee con faltas de ortografía? ¿Dónde sostener la “esperanza” cuando se regocijan con las sirvientas, cuando se presume de libros sobre la ventaja de la viudez, cuando el empresariato está libre de culpa por ignorancia de la política? Y, además, se impone a un militar sin respeto alguno en su medio como procurador general de la República.
Eso sin mencionar la falta de respeto al Senado, el desprecio intencional sobre su papel como contrapeso del poder presidencial. No queremos, supongo que ese era el compromiso, regresar a los tiempos imperiales en que no importaba la sanción del Congreso a las decisiones presidenciales.
En un país de tradición liberal, justamente porque padecimos los excesos del poder eclesiástico, vuelve a hablarse de “Dios” como autoridad práctica. A la vez que se incorpora, a la manera de Hamlet supongo, la disyuntiva sobre tener o no tener un changarro. Se presenta a una jueza provinciana como responsable de la Reforma Agraria, se promete “eficientar” Pemex como si fuese cualquier transnacional con un director que piensa en inglés. Se ignora el trabajo de los públicos coordinadores de áreas para imponer a desconocidos, alguna de ellas con acta de nacimiento norteamericana. Se niega el acceso al Gabinete a cualquier ciudadano “producto de la cultura del esfuerzo” y, cereza de cualquier helado, se coloca a Santiago Levy en el Seguro Social.
¿Cómo podría hablar de esperanza?
Sin embargo, acepto con humildad, hay algunos espacios luminosos en los nombramientos de estos días. Y no me refiero al gobierno de la Ciudad de México, conste. Diría que habría que creer en el talento, en la honestidad, en la fuerza de cambio que existen en Alejandro Gertz Manero. Con o sin bendiciones de los hermanos jesuitas, se trata de una garantía para cualquier futuro de existir éste, de haber una posibilidad de recuperar nuestras ciudades de las manos de la violencia. También está Francisco Gil Díaz, que paradójicamente ha resultado lúcido y sensato, lo que podría bastarnos para sentirse a salvo de errores de diciembre por venir. Y la necedad norteña de Francisco Barrio Terrazas en la Contraloría tendría, necesariamente, que ayudar al optimismo.
¿Es suficiente? Perdón por insistir, en lo personal me agobia en número, en fuerza, en porras y ordeñamiento de vacas, el resto del Gabinete. Ojalá cantaran, todos, mejor las rancheras. No encuentro cómo documentar mi esperanza, pero tampoco tengo el derecho de escatimarla a la población. Espero, por todos, equivocarme. Y tener que aceptarlo en el más corto de los plazos.
Afectuosamente.

ISABEL ARVIDE

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