Francisco Labastida Ochoa Cava la Más Triste de Sus Tumbas

El ayudante, por igual atento que enfermo de rigidez, interrumpió nuestra conversación. La cena transcurría en la más absoluta bonhomia, fuera de las controversias políticas que han convertido en irrespirables los últimos días del sexenio. Mi anfitrión se disculpó con un gesto mitad de fastidio y otro tanto disciplinado. Ninguna duda podía existir sobre el rango, superior, de quien estaba al otro lado de la línea celular.
O, por lo menos, respecto a la costumbre de acudir a un llamado de alguien a quien se ha visto como su jefe durante largo tiempo.
Al regresar, como quien necesita tomar aire, hablando para sí mismo, justificó: “Era Pancho”. Lo que explicó su generosidad, a la vez que abundó en su hartura.
No necesité mayor información. En este país, así sea en el umbral del inicio de la era empresarial, sólo existe un “Pancho”. Obviamente, respondí, que su llamada era por el desmadre del PRI, incluido el destape de Roberto Madrazo. Y en nuestro diálogo subsecuente coincidimos: “no entiende”. Pero fuimos, ambos hermanados en la largueza del cariño, más lejos: “tendría que irse”. Que quiere decir fuera del país, por un tiempo grande.
O, se me ocurre, que encerrarse en su burbuja. Para lo cual, punto de partida esencial, necesitaría crearse un mundo aparte, lejos, sin contaminación con la realidad política.
Pero eso no es posible porque lo arrastran los mismos que antes. Porque lo encandilan, lo manipulan, lo hacen tantas cosas que da pena ajena.
A muchos, pero en primer lugar a él, se les olvida que Francisco Labastida Ochoa es el paria más empobrecido de este país. El único perdedor para siempre, el que todavía no entiende cuánta irritación puede despertar entre quienes estuvieron siempre de su lado. No fue, no podría haber sido bajo ninguna óptica, una pelea. No es el combate de campeonato que permite, en el mejor de los casos, soñar con recuperar el cetro perdido.
Labastida Ochoa fue derrotado por la realidad. Por el Presidente Ernesto Zedillo. Por el tiempo que gobernó, con corrupción y errores graves, el PRI. Por la mercadotecnia azul. Por sus colaboradores que sólo sumaron el enriquecimiento propio, que tanto le restaron cada día. Lo cierto es que Francisco fue aniquilado por todos sus enemigos, pero también por su incapacidad para remontarlos. Para simplemente dejar atrás todo el lastre acumulado.
Y en la práctica esto es “la raya”. El punto de no retorno. La capitulación de cualquier proyecto político, la expresidencia sin haber tomado posesión.
En su día el sinaloense apostó con otras cartas, desde otra perspectiva. Fue él quien insistió en decirlo tantas veces, fue él quien asumió siempre estar preparado para el futuro. De eso trataba todo. De una vida llena de vida que seguiría adelante.
No es así.
Pancho no quiere escuchar. No quiere espejos que le reflejen verdades incomodas, no acepta la discrepancia como interlocutor. Diría, más triste todavía, que ni siquiera tiene la capacidad para el recuento accidentado de lo que aconteció, para enhebrar silencioso la gran cadena de yerros.
Pero, sobre todo, no se da cuenta de que su participación en procesos políticos, en asuntos internos del PRI sólo logra confundir, entorpecer todavía más los hechos. Que no ayuda ni con la esperanza a la manera del cuento de Juan Rulfo.
Que todos pierden con su presencia, pero en especial su propio mito, su fuerza, su figura política. Que en su insistente hacer sólo logra cavar una tumba: la suya.
Así, hoy confrontamos que el ser humano pleno de cualidades humanas, valga la redundancia, está sepultado por todos los uniformes que al resto, jauría sin llenadero, le conviene proporcionarle. Que su motor es la avidez ajena por el poder. Porque, desde antes, no lo guía la ambición. Que sería la más flaca y emputecida de las ambiciones a señalar. Son las voces interesadas las que mueven sus brazos, su voluntad, sus pensamientos como si fuese parte del espectáculo, como si fuese el muñeco a sacar del baúl cada noche.
Las hienas sin otra naturaleza a obedecer lo rodean, lo ponen en el peor sitio, en la humillación más constante a que podría estar sujeto un hombre. Lo han hecho rodar en la búsqueda imposible de liderazgos. Un día por el PRI, otro por un espacio en un diario nacional, el que sigue por la intriga palaciega con su antiguo jefe.
Tránsfuga de todo, pero más que nada de su sombra, Francisco recorre el país sin carreta, sin presidencia, sin tesoro, sin proyecto, sin otro equipaje que lo poco que pueda quedarle de su propio nombre. Y esas son las monedas de su bolsillo, pero también parte del tesoro de la política nacional, que va gastando. Va desperdigando, como quien pisotea años de amor, doce millones de votos que fueron. Que son la parte más cierta de lo que sucedió ese, hoy tan lejano, dos de julio mortal.
No es su tiempo, no es su espacio, no es su hora para levantar vara ni tampoco para imaginar ferias de pólvora multicolor.
Pero no lo quiere escuchar. No ha tenido el tiempo emocional para darse el privilegio infinito del silencio, del no estar, del camino preciso a su hacienda imaginaria. A ese sitio donde, cuando otro sea el planeta sexenal del poder, puedan -podamos- ir a buscarlo porque es, tan sólo eso, necesario.
Y por eso, porque él lo propicia, duele tanto su espectáculo. Su tanda nocturna en el teatro de revista, sus llamadas, sus manejos, sus intenciones abiertas, su desperdicio existencial perenne.
Hoy el país enfrenta el riesgo mayor de la ingobernabilidad. Poco podrán hacer, a la vez que aprenden a ser, quienes han sido electos para gobernarnos. Desde el desprecio que asocia la voluntad de la sirvienta con la política social hasta el desconocimiento de los manejos del poder real en las instituciones, pasando por la rebeldía militar nada de lo que hemos presenciado en estos días de profecía pública puede documentar el optimismo.
Y vaya que millones de mexicanos querríamos, a cualquier altura del partido que ya estamos presenciando, que al Presidente Fox le fuese bien, todo lo maravillosamente bien que fuese. Pero nada de lo que se advierte, para mal común, puede otorgarnos el privilegio de la esperanza.
Por su parte el PRI, lo que queda de ese otrora invencible partido político, se hunde en su propio miasma, en la ceguera colectiva y la codicia agrupada. Se pierde en el océano de sus vicios ancestrales.
Quienes quedaron en el organigrama de este tiempo, miembros del poder legislativo, no terminan de entender la dimensión histórica de cada uno de sus días, de sus decisiones.
De ahí que en este panorama resulte tan triste ser interrumpidos por una llamada de Pancho que, otra vez, quiere.¿lo mismo? Ni siquiera, que quiere lo que otros dijeron que debería.
De ahí que nos sea, en segunda persona del plural, tan dolorosa su muerte cotidiana, su destrucción que desmembra hasta el recuerdo.

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