Profundo Rechazo a la Imposicion en la Defensa

¡Cuanta ingenuidad¡
Y, también, que desconocimiento tan profundo sobre la idiosincrasia militar.
Lo cierto es que la llegada de un general de división con menor antigüedad que aquellos que, supuestamente, debe mandar no podrá ser bien recibida en el grupo de mando real de las fuerzas armadas. Digan lo que digan los civiles. Que al malestar existente, cierto e incuestionable, contra el general Enrique Cervantes Aguirre habrá de agregarse uno más, nuevo y grande, por el asalto al poder de sus incondicionales.
No está el horno para bollos.
Quien conozca, así sea en el nivel en que un civil puede adentrarse a las entrañas del Ejército Mexicano, lo que en realidad está sucediendo no podrá dormir tranquilo. Que no es el caso, por lo visto, del Presidente Vicente Fox ni de su equipo de colaboradores. No, al menos, por el momento.
Pero no hablemos de corto, mediano plazo. Porque la vida da sorpresas. Y no serían las primeras dentro de la institución armada. ¿O es que ya se nos olvidó el impacto, más reflejado en el ámbito civil que en el militar, de ver desfilar a un grupo de uniformados con el estandarte de la Virgen de Guadalupe?
No por tratarse de un acto aislado, con gran efecto publicitario y poca traducción hacía dentro de las fuerzas armadas, puede descuidarse el hecho como un signo de los tiempos. No sólo de los ya transcurridos sino de los que pueden venir.
Los militares son cuadrados. Para decirlo de una manera fuerte. Pero cada uno de sus “lados”, de sus esquinas, de sus encuadres son exactos. Obedecen a una formación plena de reglamentos, de ordenes a obedecer, de formas para lograr a su vez ser obedecidos. Están conformados de manera distinta a los normales, al resto de los hombres y mujeres. Tienen otros asideros, tanto en lo interno como en lo externo.
Y justo a estos valores se les ha atestado un golpe mayor. Injustificado, sin traducción, sin otro sentido que la imposición del general Secretario saliente.
Con lo que no sabemos, no podríamos conocerlo los civiles, hasta qué punto se ha desbaratado internamente uno de los vínculos de respeto, por tanto de subordinación cierta, al poder civil.
Que esto, esta destrucción interna de convicciones, no tenga traducción en hechos inmediatos. No pueda ser medida por acciones violentas, como la renuncia o el retiro voluntario de varios de los jefes militares ofendidos por la designación de quien fue en los hechos su subordinado hasta hace poco tiempo, no quiere decir que no exista. No nos llamemos a errores, no midamos la verdad por lo que trasluce, por lo que se alcanza a saber de un mundo hermético.
Lo cierto, lo que no puede ser negado bajo ninguna premisa, es que el nombramiento del nuevo titular de las fuerzas armadas sin apego a las reglas de antigüedad, de mando real, de tiempos, de valores castrenses ampliamente arraigados en la mente de todos los jefes militares, ha sido una sacudida inmensa hacía dentro. Es decir a la mente, al corazón de los militares.
Y que su respuesta, por inédita, puede conmocionar a la sociedad mexicana. Hoy o dentro de tres meses, dentro de cualquier cantidad de tiempo, eso no es lo importante.
La subordinación a un superior es parte esencial de la cultura castrense, de sus modos de vida, de su vinculación profunda con la realidad. Implica, obligadamente, respeto. A veces, no pocas, en la práctica esto no es sencillo, no existe naturalmente, pero se compensa con estructuras rígidas de antigüedad, de mando.
De esto, de estas “estructuras” obvias, han sido despojados por una decisión unilateral del general Enrique Cervantes Aguirre, porque no se trató -una disculpa a quien corresponda- de una decisión libre del señor Vicente Fox sino de una imposición excepcional, que nunca se hubiese tolerado con otros gobiernos, de un militar sobre un nuevo régimen sexenal.
Los días por venir serán, sobre todo en lo interno, en aquello que no trasciende, en lo que importa para quienes lo saben y lo viven, muy complicados en el Ejército Mexicano. Irse con la finta de que no sucedió nada, de que todos los jefes militares aceptaron de buena gana a su nuevo jefe, es un pecado mayor. Que, desafortunadamente, puede obligarnos a penitencias de la mayor gravedad a millones de mexicanos.
Por lo menos, ese será el único privilegio que nadie puede arrebatarnos, no compartamos la omisión supina. No juguemos a la ingenuidad colectiva como exorcismo anticipado, sepamos que otros son los demonios, que otros son los reactivos, que otros son los factores de la realidad que no deben ser negados.

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