La Imposicion del General Vega Garcia

Respetado, respetable por méritos propios, el general de cuatro estrellas decía, convencido a fondo, que si se equivocaban al nombrar al jefe de las fuerzas armadas los generales que tuviesen dignidad se irían. Tan simple, tan definitivo.
Esa es la coyuntura que enfrenta la Secretaría de la Defensa Nacional ante la imposición, arbitraria e inmoral, del general Ricardo Vega García como titular.
No se trata de una empresa comercial, ni siquiera de una paraestatal que debe transformar sus criterios de productividad. El Ejército es la única institución con que cuenta el próximo mandatario para lo que se ofrezca en tiempos difíciles, para lo pertinente si la ingobernabilidad se convierte en algo más que una amenaza latente.
Vicente Fox tiene todo el derecho a desconocer las entrañas de las fuerzas armadas, pero no a ignorar los riesgos de un error de tal magnitud. Dentro del Ejército, que es un mundo absolutamente diferente al civil, las reglas son rígidas para que así pervivan disciplina y lealtad. Romper este esquema, y eso es el nombramiento arbitrario de Vega García, implica la mayor descomposición a imaginar. No sólo por el descontento, legítimo, de los jefes militares sino porque el mensaje va, directo, en contra de los valores esenciales para la institución, así como para el Estado Mexicano.
Y quién sabe cómo o quiénes puedan, entonces, atreverse a confiar en lo que habrá de venir.
Así de grave.
Porque nombrar a un general que de acuerdo al escalafón, al mando piramidal, a su historia dentro de la institución no cumple con los requisitos para convertirse en el jefe de todos, implica la destrucción de valores que son raíz, cuerpo que da unidad para los militares. Sin importar rango.
Ricardo Vega puede ser un general con cualquier cantidad de cualidades, pero indiscutiblemente no tiene la antigüedad como general de división que lo coloque como jefe de otros generales de igual jerarquía.
Esto, tan simple e indiscutible para los militares, parecería no haberle sido explicado al señor Fox.
Aquí no se trata de imponer a favoritos o de escuchar los intencionados consejos del que se va, el precio a pagar es mucho más alto que volver a nombrar a otro. La institución tiene preceptos a respetar, especialmente desde fuera, desde el ámbito de quien habrá de convertirse en el comandante supremo.
Para convertirse en general un militar debe pasar muchos años de privaciones, de entrega, de desvelos, de obediencia a sus superiores, de cumplir con requisitos escolares, de estar en excelente salud, y también de tragar mierda sin fruncir el entrecejo. Para ascender dentro del mal llamado “generalato” a estas especificaciones (semejantes a las existentes en una orden religiosa) debe agregarse el haber recorrido el mando práctico, aquel de las zonas militares, de la realidad del país como jefe, como verdadero comandante responsable.
El camino, una vez que durante más de treinta y cinco años, desde el primer día de clases en el H. Colegio Militar, se siguieron los pasos pertinentes y se demostró cada día ser el mejor entre los mejores, es muy complicado. Un error, un imponderable que escapa de las manos, puede cancelar cualquier posibilidad de ascenso. A la vez que un paso en falso, un favoritismo exagerado del jefe, puede destruir futuros.
Una vez que se tiene el águila, con una estrella, debe pasar un tiempo exacto para agregar la segunda estrella y, sobre todo para convertirse en un “general de división” con la tercera. Los tiempos son precisos, forman parte de la ordenanza militar, de lo escrito en la Constitución. En el caso, ya muy conocido, del general Rodolfo Reta Trigos haber ascendido antes de tiempo a divisionario ha sido un estorbo.
Así de rígido es el escalafón militar.
Este año sólo hubo cinco ascensos a generales de división. Entre ellos, después de servir con extrema lealtad, sin un solo incidente a lamentar, estuvo Roberto Miranda, jefe del Estado Mayor Presidencial.
Los civiles no suelen tener en claro qué difícil, de que manera tan complicada se logra este grado.
Luego, esto tendría que haberse estudiado en detalle, viene el ejercicio del mando como jefe que sólo tiene dos superiores en el escalafón: el secretario de la Defensa Nacional y el Presidente de la República. Se trata del grupo de mando real, por eso pesa tanta la antigüedad.
A manera de simplificación, habría que decir que manda más quien tiene mayor tiempo de ostentar ese grado, de ejercitar ese poder.
De ahí que no sea simple aceptar que de abajo, de un menor tiempo con la tercera estrella, un general pueda convertirse en comandante supremo.
Los jefes militares están lastimados, confundidos por las medidas implementadas por el todavía Secretario Cervantes Aguirre. A ello se habrá de agregar una molestia infinita por la llegada, como parece eminente, de un general que hasta hace muy poco tiempo era subordinado de quienes son los auténticos jefes.
Y aquí, a diferencia de lo que sucede en una empresa privada, el cargo no hace al mando.
Vega García, además, es un general que no ha tenido contacto con la realidad del país. Que ha estado confinado a oficinas, que viene de una burbuja de poder sexenal, de un ambiente supuestamente intelectual, que para los efectos del mando real se contabiliza como puntos en contra.
¿Por qué su llegada abrupta?
Esta es la lectura más grave. Porque así lo decidió, así lo impuso el actual titular de la Defensa Nacional. Y, todo lo indica, valió más la fuerza del general Cervantes Aguirre que la realidad. Que los hechos. Que el curriculum, que los méritos de otros generales que le daban, a él y a millones de mexicanos, una garantía indispensable de institucionalidad. De control, de capacidad para volver a reagrupar a las fuerzas armadas.
Otra vez, se vale insistir, ¿por qué imponer a Vega García?
Simplemente por su incondicionalidad al general Enrique Cervantes Aguirre. Justamente en tiempos de sospecha, cuando existen acusaciones graves en su contra, cuando hasta los norteamericanos han señalado supuestas complicidades del titular de la Defensa Nacional con los narcotraficantes.
Con la llegada del general Rafael Macedo de la Concha a la Procuraduría General de la República, así como la designación del Ricardo Vega García se le proporciona una patente de impunidad a Cervantes Aguirre, exactamente contra las promesas de campaña que hiciera el titular del Ejecutivo. Con esa “pinza” de amigos, ya colocados en esos puestos, seremos los mexicanos quienes no tendremos derecho a enterarnos de todos los millones de dólares que no aparecen en las cuentas de bienes asegurados. Y eso es, desafortunadamente, una pequeña cereza de un pastel que se repartieron con la cuchara más grande.
Antes que Vega García, que sólo tiene un año como general de división, que únicamente ha estado ese tiempo al mando de una región militar, hay quince generales de división con más de cinco años de antigüedad. Para ellos su nombramiento es mucho más que una patada en sus partes blandas.
De hecho fue la oficina de Fox la que filtró, con absoluto interés, el nombre de cuatro generales de división que cumplían de sobra los requerimientos para convertirse en titulares de las fuerzas armadas: Mario Delfino Palmerín Cordero, Mario Renán Castillo, Luis Montiel y José Domingo Ramírez Garrido Abreú. Fueron estos apellidos los que se manejaron durante las últimas semanas, junto con la fundada mención a otros divisionarios con una carrera igual de valiosa.
Para cualquiera de ellos, que coinciden en lo esencial sobre los cambios indispensables para modernizar al Ejército, era su tiempo. No así para el general Ricardo Vega.
Los militares pueden, saben hacerlo a su manera, escribir libros igual o mejor que el publicado sobre seguridad nacional por el ya conocido como “caballo negro” de la sucesión en la Defensa Nacional. Puede ser un elemento que “apantalle” a los seudo intelectuales enquistados en el equipo de Fox, pero que hacía dentro no tiene traducción. No es parte del curriculum de mando, no es lo que define la historia castrense.
Lo que veremos en los próximos días puede ser el experimento más caro del gobierno mal calificado como de “transición”. Con los hombres de uniforme militar no debe jugarse, por el bien de la Nación. No debería actuarse a partir del desconocimiento brutal, desvergonzado, de su propia moral. De sus usos y costumbres.
Quienes se sientan agraviados por su nombramiento, que serán todos los divisionarios con mayor antigüedad pero no únicamente ellos, pueden tomar caminos que los civiles no sabemos hoy por hoy hacía donde nos conduzcan. Y esto va desde un acto de “dignidad” que los lleve a pedir su retiro adelantado, hasta otros procesos mentales inéditos. Lo cierto es que les costará mucho, en todo sentido, digerir esta imposición civil. Que no es, no podría serlo, un buen augurio.
Lo indiscutible es que el nombramiento de Vega García sólo favorece a un grupo de militares cercanos al general Enrique Cervantes Aguirre que deberían estar, para muchos, sujetos al escrutinio de las autoridades, de la sociedad.
¿Cómo podrá pedir respeto, subordinación, lealtad infinita Vicente Fox a quienes no ha respetado con esta designación? Y, sobre todo, preguntemos en voz alta cuál será la respuesta de estos hombres educados para mandar. Cuestionemos cuál será la conclusión de los jóvenes generales, de los mandos medios que ven pisotear los principios por los que deben regirse.

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