La Corrupcion de las Aguilas (Fragmento)

Hay una guerra particular entre dos generales del Ejército Mexicano que rebasa cualquier calificativo. La historia del enfrentamiento entre Enrique Cervantes Aguirre y Jesús Gutiérrez Rebollo pertenece a un género literario desconocido.
Lo que cualquier espectador pudiese concluir sobre la avalancha de acusaciones mutuas que se hacen los militares siempre será insuficiente, habrá de quedarse a la saga de lo que todavía permanece oculto. Y, sobre todo, permanecerá un paso atrás de la realidad plena de violencia, de crímenes, de dinero producto del narcotráfico, de ambiciones políticas en que están insertos, ambos.
Sin incluir, pero también sin olvidar, a las amantes que desaparecen con mayor misterio.
Por encima de su situación, del poder extremo detrás del escritorio de uno, del rencor infinito debajo de las rejas impuestas al otro, son dos hombres que vivieron su historia personal inmersos en la más infinita de las disciplinas, que se formaron en el silencio e hicieron voto colectivo de institucionalidad. Su edad debería, para ambos situación “de retiro”, haberlos calmado. No es así, parecería que la pugna los mantiene vivos, los aleja de su condición de abuelos afables.
Los dos, a su manera, fueron por largos años intocables y dignos de rotunda admiración por parte de sus subordinados. Los dos son hoy, por motivos distintos y en todavía más opuesta calificación, objeto de escarnio en los medios de comunicación.
Hoy mucho de lo que ha sido núcleo esencial del Ejército, de lo que los define más allá de su doctrina aglutinadora, puede destruirse entre sus manos, bajo sus palabras. No importa si éstas, las palabras pronunciadas en voz alta por los militares, cuenten o no con valor legal así como moral. La verdad importa pero no es todo, porque las imputaciones, las inhabilitaciones que se han comenzado a cruzar tienen relación íntima con el honor militar, que sale igual de lastimado con una mentira repetida, eficiente.
Lo incuestionable es que el daño al uniforme verde olivo está hecho.
Uno mandó llamar a todos los jefes, en activo y fuera de la vida castrense, para presentarles a su compañero vestido como el peor de los delincuentes. El otro guardó su rabia frente a un plato maloliente de nopales, de cara a la luz artificial que veinticuatro horas del día lo enceguece, para comenzar la ofensiva mayor cuando han dado inicio las fanfarrias del adiós. De frente, también, a la ambición de permanecer.
Entre el comienzo de esta historia en febrero de 1997 y el final del sexenio zedillista todavía puede derramarse una cantidad indescriptible de virulencia castrense. De todo tipo, con cualquier destinatario, por la cantidad de razones personales que correspondan. Digamos que la gobernabilidad futura de la Nación podría estar en juego, para citar lo menos.
Otros generales, de igual carácter, de idéntica formación, con distinta trayectoria fueron enviados a prisión en el entreacto de esta guerra particular para alimentar malas conciencias y los peores miedos. También sobre ellos permean denuncias de asesinato, genocidio, narcotráfico, cohecho, acopio de armas y cocineros sin comisión.
La gran crisis del Ejército está a la vuelta de nuestra realidad, en las primeras páginas de los diarios, de cara a nuestro común estupor tan civil, tan fuera de sus codificaciones y rigideces. La protagonizan, en el papel principal, en el tono más grave, los “hombres águila”. Los generales mexicanos para quienes la fuerza de ser era hasta hace pocos años parte del no ser, del no estar, del no dejarse ver o siquiera fotografiar. Poder pero a la vez atavismo que, pese al escándalo cotidiano, no alcanzan a vencer.
Hoy ellos, águilas paradas arriba de la carroña, pelean porque conozcamos su verdad. O porque la verdad, en su caso, jamás sea conocida por la sociedad. No es gratuito que el general de división Gutiérrez Rebollo asegure que hay dos versiones de su juicio, una sobre el escritorio de los jueces y otra en los medios de comunicación. Que se escondan declaraciones de otros expedientes, que se malversen testigos. Como tampoco puede ignorarse el silencio de Cervantes Aguirre frente a todas las imputaciones.
Por su propia decisión, al todavía jefe de las fuerzas armadas le ha faltado capacidad de respuesta ante las desvergüenzas militares que protagoniza, como si fuese necesario ser inválido en la respuesta, como si tuviese algún mérito no contar con el más elemental servicio de comunicación social, como si demostrar estar incapacitados para redactar un boletín fuese un requisito a cumplir.
En contraste, grande, el general Gutiérrez Rebollo ha decidido librar su batalla principal, cuando su “enemigo” todavía cuenta con un capelo oficial a prueba de todo. O, parecería, de casi todo.
Pese a que los conozco, no sólo a los dos protagonistas principales, o tal vez precisamente por mi experiencia, no puedo sino sentir miedo al escuchar sus afirmaciones.
“Asesino. supongo que así se les llama a quienes intentan matar a otro ser humano.Cervantes Aguirre intentó matarme en el Hospital Militar donde fui llevado contra mi voluntad, donde se me practicó un cateterismo para que muriese, sin existir motivo médico alguno. de orden superior” comienza su exposición el general Jesús Gutiérrez Rebollo con la voz plena de odio, de una fuerza que parece venir de muy lejos, que no está relacionado en lo absoluto con su actual indefención.
No es la actitud de un preso, de un condenado a pasar el equivalente a dos vidas en sojuzgamiento legal, sino de un animal mal herido que no quiere guardar ninguna precaución, que ni siquiera teme por los suyos. Explicable en la medida que el otrora poderoso jefe militar que acumuló éxitos en sexenios anteriores ha sido despojado de cualquier jerarquía. Lo que quiere decir de sus asideros existenciales básicos.
Aquí sí se vale la figura literaria del jinete sin caballo, del soldado sin bandera a defender, porque eso es Gutiérrez Rebollo lejos de su uniforme. De ahí que pueda romper códigos muy arraigados en los militares, especialmente en referencia a su jefe directo, el único general de cuatro estrellas con mando correspondiente a su jerarquía.
En su código interno no hay espacio para las quejas por lo inmediato, referidas a su cotidiano existencial. No intenta extenderse en la descripción de su situación, de las indignidades que son su rutina en la prisión de alta seguridad que le quitó físicamente la guerrera pero no logró hacerle olvidar que es un general, que como tal no puede perder el tiempo en remilgos. Por lo tanto sentencia, obligado por mi pregunta, que la vida en Almoloya “es muy pesada, usted sabe”.
Y ya, corresponde a los demás descubrir, él ni siquiera intenta la conciencia respectiva. No será el único de los aspectos a evadir, tampoco quiere hablar de su familia, de los problemas de su defensa, de la falta de dinero, del asesinato de su abogado Tomás González Velázquez, pocos días después del crimen de Irma Lizzete Ibarra, también en Guadalajara, en 1998. Basta la referencia a que antes hubo una advertencia, la DEA habría ordenado “darle piso” junto con Lilia Esther Priego, la abogada con la que vivía en el departamento rentado, de quien adoptó dos hijos varones y engendró otro, hoy desaparecida, y también junto con el empresario Angel Garcés, amigo de Rebollo por su afición a los caballos, quien fuese ejecutado a finales de 1997 en la carretera a Toluca.
¿Novela del horror castrense? ¿Tragicomedia del nuevo siglo en uniforme militar?
Sobra tema, argumento, personajes. Desde la hija que se sabe única hasta el momento en que frente a su padre moribundo debe conocer hermanastros, amantes y demás. Pasando por la inocencia de la esposa, sin evitar el cargo por “Acopio de Armas”, el otro por “Desobedecer ordenes superiores contenidas en el radiograma 42669 del 18 de octubre de 1991” en que le fueron prohibidos, a todos los generales, utilizar a soldados como cocineros en sus casas. Y sin descuidar que no se le ha encontrado dinero alguno, prueba contundente sobre el beneficio supuestamente recibido por sus ilícitos. El más inocente en el papel, en las bocas de sus compañeros es, al mismo tiempo, la peor vergüenza pública de las fuerzas armadas.
Lo cierto es que Gutiérrez Rebollo, de acuerdo al decir de muchos militares estaría muerto si no hubiese habido una llamada de Teresita, su hija, a la oficina presidencial esa primera semana de febrero, si no hubiese llegado el general Antonio Riviello a “visitarlo” en su lecho de enfermo.
Hoy el general quiere hablar. El águila en obligado cautiverio se cansó de su propia coraza construida con silencios inmerecidos, se hartó de sacar lustre a sus insignias en la oscura soledad de su celda.
Quiere hacerlo a tiempo. Como el poema de León Felipe. Antes de que su enemigo, Enrique Cervantes Aguirre, deje el inmenso poder que ejerce. Lo vive como uno de los retos que se ha impuesto desde que cruzar una barrera, tensando las riendas del caballo cada día a mayor altura era todo, era la hazaña a festejar en el lecho caliente de una mujer. Era lo que daba sentido a sus horas como “Dragón”, esa arma del Ejército que tan profundamente marca a sus elegidos.
A mí me interesa, deformación periodística, preguntar por la sangre en sus manos. No sólo porque esté presente para la opinión pública la denuncia, sino porque me parece que permite el más inmediato acercamiento a la profunda intimidad de un hombre que ha mandado a miles sin titubear: ¿Ha matado a alguien general, le temblaría la mano para hacerlo?
Ni siquiera toma aire para responder, contando como si fuese tiempo de amor cada uno de los instantes en que lograremos hablar: “Usted lo sabe bien”.
Yo soy la que siento, como cada una de estas noches de infinita soledad, un cosquilleo incontrolable en la boca del estomago. Yo soy la que quisiera no saberlo bien, daría algo por conocerlos menos pero mi deseo no tiene sentido a estas alturas de mi propia historia. Por lo tanto sigo el hilo de su respuesta, cuando vuelve a insistir: “Usted nos conoce bien, sabe que estamos hechos para.nosotros.se trata de hacer las cosas que debemos hacer, como corresponde.aunque tiemble lo que sea, que importa si no se ve, si no se sabe el miedo”.
No termina aquí porque no se quiere quedar a medias en su descripción del miedo, decide utilizarlo como un símil de homenaje no exento de estructuras militares: “esto del miedo es una de las reacciones en que somos parecidos, estamos acostumbrados, a pesar del temor a decir lo que tengamos que decir, a hacer lo que tengamos que hacer, donde y cuando sea necesario, se trate de quien se trate”.
Es tan poco el tiempo del que habremos de disponer que le sugiero partir de aquello que viene de decir, de las inculpaciones a los otros generales, a Liébano Saénz. “Ojala que el güero (se refiere a Quirós Hermosillo), el otro general, Liébano no confíen en Cervantes.él me pidió que los incriminara desde que yo llegué a la PGR, desde que me nombró como comisionado contra su voluntad el Presidente. No hay nada contra ellos, yo no encontré ninguna prueba, no hay nada. Tan quiere perjudicar a Liébano que mandaron a la cárcel a un muchacho inocente que no hizo nada, que querían que les enseñara sus casas y ese pobre hombre, el secretario del Presidente, nomás tiene una. el subteniente que estaba comisionado con él fue torturado por los policías militares, no podía incriminarlo porque ese, Liébano, no tiene cola”
La novela no dejaría de fluir de entre sus palabras. No era la primera vez que teníamos comunicación. Al contrario, una larga cadena de encuentros especiales, de cartas, de documentos dedicados, de referencias peligrosas han acompañado la redacción de un libro sobre Jesús Gutiérrez Rebollo desde el martes 4 de febrero de 1997, en que crucé la puerta de su oficina de la Procuraduría General de la República para desayunar, como en el cuartel.
Justo un día antes de su “juicio sumario”, de la detención de que fue objeto sin leyes ni papeles en la oficina de Cervantes Aguirre donde, al decir de muchas versiones, hubo golpes entre ellos, por lo menos.
Hasta él me llevaba en esa fecha la instrucción del Procurador Jorge Madrazo para que el caso de una amiga, desaparecida en Ciudad Juárez en noviembre de 1995, fuese reabierto una vez más. Me encontré frente a un militar que se sentía incómodo con su vestimenta civil y muy confortable con mi lenguaje castrense. Todavía le duraba el encorajinamiento por haberlo sacado de su ámbito, de la carrera para la Defensa Nacional. De eso hablamos largo.
En pocos minutos ambos veníamos de saber, como acontece entre los muros del uniforme, de qué pie cojeábamos. Cual acabados de desensillar nos supimos las mañas pues. para que la relación, y obviamente mi personal investigación sobre Heidi, quedasen suspendidas por su confinamiento, con el resultado ya conocido del escándalo de las narcofosas que desde ese entonces le pedí a Rebollo investigar, exactamente donde fueron encontrados en Ciudad Juárez, a principios del año 2000, los restos humanos ya identificados.
Pero si bien llegué a su despacho civil como “enviada” del procurador Madrazo, su jefe, esto no fue argumento de peso para intentar ocultar su fobia: “Si Madrazo fuera Pinocho la nariz le crecería casi del tamaño de su ineptitud”. Sin interrupción, como si la mención de uno le recordase al otro, insiste en su planteamiento nodal: “Yo le estorbaba a Cervantes. por eso todo, por eso me quiso matar”.
“Que no se hagan. todo consta en mi expediente.con que quieran verlo. a todos agarré, de todos colores y sabores, de todos los carteles, me cansé de dar buenos resultados, ahí están de todos.me fui contra ellos. Mi general Riviello decía: usted se mete demasiado a fondo, allá usted sabe. Por igual contra unos y otros. O ya se olvidaron de que yo agarré al “güero Palma”. ¿Y de quien era el segundo ese cabrón?. Pues de Amado. y luego, que no se hagan si la única vez que agarramos a Amado fui yo. Y sobre los Arellano Félix, existe una relación de documentos que aseguraron de la que fue mi oficina en el desaparecido instituto nacional para el combate a las drogas, ahí están los expedientes con toda la información escrita y gráfica del Cartel de los Arellano. En mi archivo del grupo de informadores de la Quinta Región estaban los originales, entre más de mil expedientes que teníamos, en la Sedena existe otro tanto de toda esa información. Samuel González informaba a los gringos puras mentiras, los operativos contra los Arellano no los hizo la policía judicial federal, sino en noventa por ciento personal de la Quinta Región Militar”. Se quejaría como en recitación escolar de corrido, sin tomar aire para escupir su exasperación.
Lo cierto es que el general encarcelado tiene motivos para estar enojado, como también es verdad la detención de Amado Carrillo. En 1989, siendo jefe de zona militar en Sinaloa, sin existir orden de aprehensión en su contra, sin mayores elementos que su conocimiento, que “sus huevos” porque de eso trata el combate a los narcos según el militar, detuvo a quien apodaban “El Señor de los Cielos”. Ni ilícitos ni flagrancia, “los huevos” que para eso están.
Se subió a un avión militar con el narcotraficante para traerlo a la ciudad de México, donde se lo entregó de palabra hablada a Javier Coello Trejo, entonces subprocurador. Y ahí, en las oficinas de la PGR en la calle de López, lo tuvieron por más de 60 días sin poderle probar nada.
El esfuerzo de Rebollo fue inútil porque al pretender encarcelarlo legalmente no hubo ninguna prueba, ningún elemento para hacerlo. “entonces era distinto, ahora Cervantes, todos estos que están a sus ordenes como Madrazo que no valen nada, primero te detienen y luego investigan, sin respetar las leyes”. A Amado Carrillo se le levantó un acta por la posesión ilegal de su pistola, en cuya cacha estaban incrustados cualquier cantidad de diamantes.
Lo demás es historia conocida.
Los jóvenes hijos de Rebollo, Cesar e Israel, los de Lilia Priego que lo reconocen como su único padre, lo recuerdan vivamente porque en esos días tuvieron que irse a vivir a Mazatlán. Reitera el general: “Cómo iba a protegerlo, son estupideces, si cuando lo soltaron vino Coello a Guadalajara, a comer conmigo, para pedirme que me cuidara, que Amado estaba muy molesto y usted ya sabe qué quiere decir eso con esa gente”
Respondo como retrasada mental, o como mujer normal que no, que no tengo ni idea que querrá decir eso: “Quería matarme”
Jesús Gutierrez Rebollo fue acusado de protector de narcotraficantes, concretamente de Amado Carrillo porque en el departamento que compartía con Lilia en la Ciudad de México, encontraron diez mil dólares, un cuerno de chivo, una carta dirigida al “Señor de los Cielos” y una botella de tequila con sus iniciales. Ni pruebas ni otros testigos que los militares cuya subordinación a designios superiores no está en duda y los pagados por las autoridades.
Juan Galván, subteniente con 42 años de servicio en el Ejército, que se desempeñaba como conductor de Rebollo, aseguró ante las autoridades que tenía una “relación habitual y directa” con Amado Carrillo, que dicho delincuente lo citaba vía telefónica para platicar con él, que en enero de 1997 recibió como “regaló” 50 mil pesos de sus manos, que antes le habría dado por Navidad otros 300 mil. Por eso “se enteró” de la relación de protección que le proporcionaba su jefe. Misma que no han logrado poner en acciones concretas en el expediente, y menos encontrar alguna cuenta o indicio del beneficio económico que debió acarrear para el general Rebollo.
Este testimonio es una de las “pruebas” contundentes en su contra. Utilizadas en un doble proceso, tanto militar como civil, que considera además de ilegal “único en el mundo, yo soy el único juzgado dos veces, por los dos fueros, por los mismos delitos, con las mismas pruebas.a eso hay que agregar el juicio en los medios”.
Adentrarse por los caminos del horror que ha vivido Rebollo estos años sería conformar una narración por el lado fácil. Pero lo que hace falta es escudriñar los verdaderos motivos de su aprehensión. Insisto en mi pregunta ya muy hecha, para encontrarme a diferencia de hace años, como si la detención de Acosta y Quirós hubiese sido un detonante importante en su estructura mental, la mayor disposición a hablar: “Yo le estorbaba, ahí está la información concreta de una relación nunca investigada a fondo, que no se ha investigado, que se da entre la familia Velasco, el suegro del Presidente Zedillo, con los Amezcua.”
Pero no es suficiente, no justifica tanta violencia en su contra, tanto descrédito para la institución a no ser que hubiese habido un descubrimiento rotundo, un expediente completo con pruebas que incriminasen a los habitantes de Los Pinos. Le pido, parece que estoy exigiendo por la vehemencia con que lo hago, que me amplíe esto: “No hay pruebas concretas, yo sólo estuve dos meses ahí, antes no tuve nada que ver en eso.fue una investigación que me pidió la DEA directamente, ellos querían que yo la hiciera desde mi oficina porque en la PGR, la gente de Madrazo se había clavado la lana que les daban los gringos para hacer ese trabajo. A mi me dio vergüenza. antes de eso había rumores, yo no los trabajé, no me correspondía”
Entonces, general, le reviro poco respetuosamente, yo pensaría que no es por ahí. Y se ve obligado, diría que le gana la tentación de decirme lo siguiente porque era una información para mí, que me había guardado, que yo entendería y sabría valorar: “Se las está dando de puro. dé dónde.Yo estaba en la Quinta Región Militar, yo fui quien le entregó las maletas llenas de dinero que ahora no aparecen. esa es la verdadera razón, supongo. Yo era el comandante de la Quinta cuando el general Nolasco (El entrevistado habla, con la costumbre militar de usar el segundo apellido, del general Guillermo Martínez Nolasco en octubre de 1995 jefe de la decimotercera Zona Militar con sede en Tepic, Nayarit) agarró una avioneta con esa lana y fui yo, porque así debía hacerlo, quien se la llevé a sus manos a Cervantes, como consta en actas militares. ese dinero no aparece, no lo entregaron a la PGR, ahí me enteré de todo. que no se las dé de puro ahora”
El 10 de octubre de 1995, cerca de la comunidad de Soquipan, en el municipio de El Nayar, efectivos militares decomisaron una avioneta Cessna 210, matrícula XB-GGV. Dentro había varias maletas conteniendo, exactamente, 12 millones 2 mil 610 dólares. Los tripulantes, Netzahualcóyotl Gaxiola Meza y Carlos Hernández Vizcaino, fueron detenidos por los militares. Procedían de San Luis Río Colorado, Sonora, donde el dinero les fue entregado. Al ser aprehendidos esperaban por “El Cholo”, un narcotraficante de apellidos Navarrete González, a quien debían entregar el dinero.
Supuestamente el mes anterior habían cargado, en la misma avioneta, varios paquetes de cocaína en las cercanías del poblado de Yago, municipio de Santiago Ixcuintla. ¿Se habrá sabido alguna vez el nombre del dueño de la avioneta?
La acusación es grave, fue hecha con absoluta contundencia por el general Gutiérrez Rebollo quien asegura que todo consta en actas, que dicho dinero debió haber sido ingresado a la oficina de bienes asegurados de la PGR desde entonces.
Supongo que comprobarlo no debe ser difícil para las autoridades correspondientes.
A estas alturas de la entrevista, con el tiempo en contra, no había sino continuar el cuestionamiento sobre la corrupción en esas inasibles esferas de poder. Le pregunté si Cervantes Aguirre había cometido algún ilícito relacionado con el tráfico de drogas, de acuerdo con aquella publicación en la prensa norteamericana. Su respuesta fue para congelar a cualquiera, me remito a repetirla con el mismo escalofrío que sentí al escucharla: “. puede ser que esté metido. pregúntele al güero ( se refiere al general Francisco Quirós Hermosillo) que de eso sabe, por eso lo detuvieron. para que no le vinieran responsabilidades a Cervantes. insisto en que le pregunte, y también dígale que se cuide”
Pero yo quiero preguntarle a Rebollo, insisto, sobre lo que sabe. él debe responderme rápido, no sólo sobre su jefe, también respecto a Jorge Madrazo: “. Tenemos el tiempo rayado. Madrazo no está metido, aunque es un enemigo del Ejército que hace lo que le dice Cervantes, usted lo sabe, acuérdese de Chiapas. quien sí recibe lana, mucho dinero es Navarrete Prida, a él sí pueden armarle cualquier responsabilidad. recibía dinero, tengo nombres, entregué pruebas.Cervantes estaba con Benjamín Arellano, estaba trabajando, pactando con él para. pregúntele al güero por esto” Alcanza a decirme antes de que se cancele nuestra comunicación.
El tiempo para la hablar termina momentáneamente. Porque todo indica que el general Jesús Gutiérrez Rebollo piensa que su tiempo, el de intentar poner a cada cual en lo que considera es la realidad, ha llegado. Al tiempo diría Renato Leduc.

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