Jose Antonio, el Escribidor.

¿Qué lleva a un político a escribir un libro?
No me refiero, sería triste la referencia, a un expresidente como Carlos Salinas de Gortari que asume la palabra como medio para difamar, para provocar a una sociedad de por sí agraviada, sino a un funcionario público que ha anunciado su intención real de retirarse de la política.
Cuando, además, se trata de un hombre de vocabulario simple, de convicciones igual de sencillas, que tiene los pies sobre la tierra la mayor parte del tiempo, el ejercicio resulta enriquecedor. Para quien lo hace, como parte del proceso de crecimiento interno, y para quien lo lee, como uno más de los ladrillos con los que se construye el entendimiento.
José Antonio González decidió, supongo que a partir del lógico insomnio colectivo que provocase el dos de julio, escribir sus razones. Y, al hacerlo, permea también sus sinrazones, sus desencuentros con la realidad, sus puntos de vista en conflicto con el resto del mundo.
De eso trata. Por eso se vale publicar lo que es obsesión privada, lo que es simple reiteración mental de lo que sucedió. Y, sobre todo, también explicación en voz alta de lo que no debió suceder.
González Fernández escribió “Trazos”, su nuevo libro, como podía, como debía hacerlo: a partir de sí mismo. De su protagonismo excepcional a través de todos los puestos públicos a imaginar, en el menor tiempo a contabilizar. Se nota el esfuerzo, que en él viene desde dentro, desde el fondo de su disciplina más constante, para no desgastarse al saltar de responsabilidad pública. En lo personal me parece, lo conozco mucho, que lo logró. Pero lo importante es constantarlo, incluso disentir al respecto al leer las 123 páginas publicadas bajo el sello de editorial Diana.
Es, lo sabemos sus beneficiarios, sus amigos, los objetos de tanta lealtad, un hombre muy generoso. Por eso invitó a quien no debía, nunca, a presentarlo. Por eso consiguió borrar la fuerza de su libro en un acto que no tuvo traducción política. Que no tuvo sentido alguno al llevar a uno de los más desprestigiados titulares de la Defensa Nacional, que no se puso siquiera el uniforme en público, como presentador de su libro.
Fue su manera, extraordinaria, de vivir la amistad. Pero no tenía necesidad, no había oportunidad política ni recomendación literaria al respecto. Lástima que haya sido así, tal vez sin la presencia del general Cervantes Aguirre hubiese sido más fácil acercarse a su texto.
El hecho es que después de ese desafortunado acto “político” permanece el libro. Que en sí mismo ya es trascendente, pero que lo es mucho más porque no tiene otra pretensión que decir así fue, así perdimos, así entiendo la política, así cumplí con mi parte al frente del PRI, así pudimos cambiar la historia de este país.
Es obvio que no dice sino lo que quiere decir, lo que institucionalmente decidió que debía decirse. Se equivoca, por tanto, quien espere encontrar una sola crítica a su jefe, al todavía primer mandatario. Pero esto no deber sorprendernos, en lo privado como en lo público José Antonio González sería incapaz de cometer una descortesía con el hombre que lo ha utilizado, maltratado, aventado, llevado de aquí para allá sin siquiera darle una explicación lúcida sobre sus motivos.
Eso es, para mí, lo que pervive de su texto.
La lealtad, la honestidad consigo mismo, la congruencia entre lo que dice ser y lo que dice hacer, la reiteración a su institucionalidad, la explicación sobre los motivos políticos de actos políticos que (al menos algunos) escapan necesariamente a su responsabilidad.
No es, no podría ser, motivo de escándalo. Sí, sobre todo cuando los días finales de este sexenio sean recuerdo, es tema para la reflexión. Que un funcionario público tenga la sensatez, la honestidad para recapacitar en voz alta sobre su desempeño es, a priori, una cualidad digna de reconocimiento.

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