Cervantes Aguirre Queria Saber Si Riviello Estaba Detrás…

Quiere que le tengas confianza, ese es su recado… por favor.

Un amigo mutuo insistía, el general Secretario mandaba decir, de hecho exigía que no siguiera escribiendo sobre la detención del general Gutiérrez Rebollo.

Habían pasado ya tres meses del escándalo militar. El Jefe militar contra quien existían dos procesos penales, a punto de cumplir 63 años recluido en la prisión de máxima seguridad de Almoloya, había pedido a sus abogados que me informasen que los únicos derechos sobre un libro me pertenecían.

De hecho la documentación llegaba a cada día a casa. La sorpresa, el resquemor, no terminaban. Rebollo comenzaba a significarse como una herida abierta en la piel militar. Del enojo consecuente con la publicación de su vida marital sus compañeros pasaban a la carcajada mezclada con indignación por la acusación formal, de acopio de armas.

En ese ambiente respondí a quien por muchos años había considerado mi amigo, el nueve de mayo de 1997, por escrito: “Confianza tengo hoy, como siempre he tenido en el uniforme.

Confianza tengo hoy, también, en el general Gutiérrez Rebollo.
Largamente he hablado de esto con muchos jefes militares, con generales que conocí cuando eran mayores o tenientes coroneles. Justamente discuto con ellos sobre el valor de la confianza.
Cuando tú quieras, mi general, Enrique, puedo sentarme a hablar contigo de otros valores. De pruebas. De razones. De verdades. De evidencias.

Dentro del esquema de mando que lo ha colocado en la altura mayor, el general Cervantes Aguirre “dio instrucciones” para que fuese citada a su oficina el martes 20 de ese mes, a las 13.00 horas.

Por primera vez pensaría mucho antes de acudir al edificio donde en sexenios anteriores había tenido profundas empatías con el alto mando militar. Recordé hasta el cansancio que de esa oficina había salido Rebollo para el hospital militar sin su consentimiento. Y también por primera vez tuve miedo de ponerme en manos de un hombre que portaba el uniforme que tanto había defendido durante mi vida.

Pero no había de otra.

Desde el primer día de la desaparición del General Rebollo, cuando una filtración de Javier Ibarrola alertó sobre un atentado contra el entonces comisionado para el combate de las drogas, había insistido en señalar las incongruencias de su acusación.

La reunión, en su oficina, sentados ambos a la mesa de juntas que me pareció entonces inmensa no fue en lo absoluto fácil. Cervantes Aguirre estaba enojado y no podía disimularlo, al contrario. Sus argumentos iban de la razón superior al conocimiento personal.

Yo quería saber. Me era urgente conocer la verdad.

Y el hombre que había conocido veinte años antes en la antesala del general Miguel Angel Godínez, esperando por ser recibido, del que me había hablado maravillas mi amigo Javier García Paniagua, el que me había invitado a desayunar precisamente un día antes de que fue fuese público el anuncio de su nombramiento como Secretario de la Defensa Nacional estaba dispuesto a hablar.

A expresar lo que era “su verdad”. Y la que a mí me aterró. En especial a partir de su aseveración dramática de que en esa misma mesa había reunido a un grupo de generales, algunos de los cuales yo conocía, para interrogar a Rebollo.

¿Había un juicio sumario? Ese día me lo pareció.

Era una opción más creíble que los delitos que se le imputaron.

Sobre todo cuando hizo una referencia a si iba o no armado, pregunta que Cervantes aseguraba tenía origen en su preocupación para evitar que su subordinado se “suicidara”.

Y aquí continuó con la descripción de la agresión física entre ambos que, como todo, tiene varias versiones. La del propio Rebollo que asegura que hubo golpes, la del titular de la Defensa Nacional que habla de “una descomposición” que me pareció su inmediato internamiento en el nosocomio militar, bajo las más estrictas medidas de seguridad.

Esa había sido la noche de un lunes, el día tercero del mes segundo, la familia no supo de Rebollo hasta que su hija fue enterada días después de un “coma diabético” que ponía en peligro su vida. Y la comunicación interna, entre las familias, fue tan eficiente que a la lectura de Ibarrola el general Antonio Riviello Bazán acudió al Hospital Militar.

Ahí le fue impedido el paso en una acción excepcional, sin explicación alguna, que provocó que hiciera valer su jerarquía, las cuatro estrellas que sigue portando, para llegar hasta el general que fuese su subordinado. A quien encontró absolutamente aislado y dopado.

Y ahí, según la familia de Jesús Gutiérrez Rebollo, se evitó que fue asesinado.

Lo cierto es que el general Riviello ignoraba los hechos. De manera similar el procurador Jorge Madrazo Cuellar no fue informado hasta la mañana del sábado ocho de febrero sobre la verdadera situación de su “empleado”, por una llamada de la red presidencial. Ignorante de los graves delitos que se le imputaban hasta la tarde del viernes había estado llamando preocupado por su “salud”.

Una y otra vez Cervantes Aguirre negaba todas mis dudas, mis interrogantes, mis expresiones, cerraba las puertas a cualquier razón distinta a la ya publicada. Se aferraba a la versión oficial, absolutamente infantil, de la denuncia del chofer del general. Prometía mostrarme pruebas, reunirme con el Procurador Macedo de la Concha.

Había pasado más de una hora, ya se había revisado el tema de la supuesta vinculación de la familia de la señora Nilda Patricia Velasco con el narcotráfico que había negado en su estilo castrense, asegurando que ningún jefe de zona, ningún general tenía los tamaños para atreverse a hacer una investigación como esa, y muchos menos sin su autorización, que bien debía yo saberlo porque los conocía.

Todo lo que había hablado ahí en esas paredes plenas de solemnidad, menos cálidas que las de la oficina presidencial, donde las puertas parecen verdaderos tapias, murallas que dividen al mundo del inframundo, me llevaba de la mano a la percepción de que existía un enfrentamiento más profundo, de naturaleza mucho más violenta entre Cervantes y Rebollo. Que detrás de todo había un asunto de poder imposible de plantearse en voz alta.

Eran los días en que la popularidad interna del general Secretario no era la mejor, en que su papel con la fallida incursión militar en Chiapas, donde murió uno de los yernos del general Marcelino García Barragán le había significado un costo interno de popularidad, se había magnificado el rumor de una enfermedad terminal que obligaría a renunciar en poco tiempo.

Por lo tanto el tema del poder, interno, relacionado al mando aparentemente disputado, estaba dentro de los parámetros lógicos. A lo que debía agregarse que eso, con todo y los arranques, los golpes, las palabras fuertes, hasta hacer uso de su pistola, era parte de la leyenda del general Rebolllo. Cualquier militar hubiese dado el crédito a este enfrentamiento por el mando que se le ha negado a su responsabilidad en delitos de narcotráfico.

Días después en una cena, el procurador Rafael Macedo de la Concha aceptaría que hubiese sido mejor que lo matasen pero que hacía dentro, cuestiones de poder militar otra vez, la imagen de Cervantes se había “fortalecido” con su detención.

En ese tenor, tan castrante , Enrique Cervantes Aguirre me preguntó lo único que aparentemente le era trascendente de mi proyecto, el los derechos de un libro que había dado a conocer Jesús Gutiérrez Rebollo (“Quiero que sepa que por su valentía y cariño que siente el Ejercito Mexicano tiene también los derechos de mi afecto y amistad, aunque por el momento le resulte peligroso”), yo no daba crédito a mi asombro al escuchar al titular de la Defensa Nacional.

La pregunta fue directa, simplemente quería saber si detrás de todo, es decir de mis artículos y del libro, estaba Riviello.

O sea, quería conocer si había una conjura en su contra que encabezara mi amigo el general Antonio Riviello Bazán que alguna vez, hablando para las grabaciones de su teléfono, textual para que lo oyese su comandante, habría dicho que yo era “intocable para el Ejercito”.

Cervantes Aguirre en la mitad d una crisis que había llegado hasta el vecino país, quería saber de propia voz cual era el papel del general Riviello Bazán en un asunto que estaba cierta que no existía sino en la imaginación desbordada de alguno de sus subordinados. ¿Cuál conjura?.

Solté la carcajada. La primera, la más franca posible. No habría manera de que mi general Riviello tuviese relación con nada fuera de lo institucional, de lo más apegado a la institucionalidad vertical que era interna, parte de su uniforme, de su personalidad.

Cervantes aceptó que era… bueno, de esas cosas que luego le vienen a decir a uno…

La conjura detrás de la conjura. Que, ambas, escapan hasta el momento a la percepción civil pero que son determinantes, así sean imaginarias para la historia no sólo de este sexenio.

Después, sin mucho espacio para la réplica, me diría el general Jesús Gutiérrez Rebollo: “Iniciamos la historia del Ejercito
Mexicano en este siglo por concluir con un general nefasto, Victoriano Huerta, y lo terminamos con otro igual aunque con diferentes procedimientos y consecuencias por la época que vivimos, de nombre Enrique Cervantes Aguirre…en su caso cabe el adagio de que más vale calidad que cantidad, actualmente valen más como hombres y militares muchos que como mayores portan en sus uniformes una solitaria estrella con dignidad, que quien denigra a su antecesores y tiene sobre sus hombros cuatro estrellas”.

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